Trump tiene un TOC con las fronteras y los mapas

23 de enero de 2025 22:22 h

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No es un geógrafo ni un explorador, pero está obsesionado con las fronteras y los mapas. Una de las decisiones inmediatas de Donald Trump ha consistido en declarar la emergencia nacional en la frontera sur. Ha mandado al ejército y está haciendo redadas contra los migrantes: la frontera como lugar donde se juega la seguridad y la prosperidad nacional. ¿De qué siglo es esa idea? De las invasiones bárbaras por lo menos.

Cuando Trump reclama anexionarse Canadá o comprar Groenlandia está hablando de expandir las fronteras de Estados Unidos: un anacronismo. Parece un viejo gobernante del siglo XIX, cuando se entendía la grandeza de los países en términos físicos, porque más territorio significaba más riquezas naturales. Hoy la atención mueve gran parte de la economía, y es global. Sus perrillos tecnomillonarios saben que el mundo digital carece de fronteras, pero no dirán nada para no perturbar el TOC del jefe. Bastante desquiciado está ya. 

La CIA y el Departamento de Estado han cambiado otra frontera. En el nuevo mapa oficial, el Sáhara Occidental (territorio pendiente de descolonización, según la ONU) ya figura incorporado a Marruecos. Más fronteras cambiantes: lo que todo el mundo sigue llamando el Golfo de México, ahora él lo llama Golfo de América.

Frontera significa ejército. Frontera significa guerra (esa energía masculina que Zuckerberg echa de menos en el mundo). Bertrand Russell, uno de los grandes pacifistas europeos del siglo XX, dijo: “De todos los males de la guerra, el peor es el puramente espiritual: el odio, la injusticia, el repudio a la verdad, el conflicto artificial”. En la chatarra que Trump tiene por vida interior bulle esa cultura de la guerra, con todos sus accesorios.

No digo yo que las fronteras no tengan una función política y administrativa relevante. Además, articulan la cultura de la guerra. Sospecho que eso prevalece en la mente de Trump (o lo que quiera que tenga dentro de la cabeza). En 1945, sobre los escombros de la II Guerra Mundial, Europa empezó a construir cultura de paz. Los movimientos pacifistas vivieron su auge a partir de los 60. Con la caída del muro de Berlín en 1989 se fortaleció la idea de que se podían modificar fronteras, regímenes y libertades sin guerras. No es una sorpresa que la desintegración soviética le parezca a Vladímir Putin el momento más aciago de la historia del siglo XX. 

Con su guerra de Ucrania Putin también busca modificar fronteras a la antigua usanza. Él ha sido el gran valedor de la cultura de la guerra en los últimos tiempos. Podía haber quedado en un bache cultural, pero con Trump se convierte en tendencia. La cultura de la guerra está en pleno auge. 

La Unión Europea representa lo opuesto: la cultura de la paz. Por eso llevamos décadas suprimiendo fronteras europeas, evitando conflictos con antiguos enemigos, colaborando y logrando prosperidad. Sin fronteras todos los europeos nos sentimos más cerca. Schengen frente a las bravatas expansionistas. La cultura de paz es la idea profunda que Trump quiere destruir. Y hoy esa cultura la encarna la Unión Europea. 

La rápida extensión de la cultura de la guerra opaca todo lo que de dinámico, solidario y positivo tiene la sociedad estadounidense. Y nos obliga a preguntarnos dónde desembocará. El odio, la división, el desprecio a la verdad, la injusticia, pueden acabar conduciendo a una guerra material, sobre todo si se combina con afanes expansionistas y gobernantes dementes. Lo veremos, pero no perdamos de vista que para los nacionalistas la guerra presenta enormes ventajas: fortalece la comunidad de destino, la nación. Y altera de forma radical las prioridades: la crisis de vivienda, la deuda, la desigualdad, todo se posterga mientras dura la guerra. Que mueran muchos ciudadanos resulta secundario.