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Vendrán tiempos mejores, Emma Bonino

14 de septiembre de 2026 22:10 h

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Ha muerto Emma Bonino. En una campaña para hacerla presidenta de la República, en 1999, la presentaron con el lema “Finalmente, l’uomo giusto” (“Por fin, el hombre adecuado”). En el diario La Repubblica (que le ha dedicado seis páginas) la han presentado diciendo que “ha sido la mejor presidenta de la República que Italia nunca ha tenido”.

La conocí en Barcelona y congeniamos al instante (a veces los caracteres muy diferentes se atraen a primera vista). Entonces yo fumaba casi tres paquetes al día, y ella mucho más. Una vez se lo comenté y se encogió de hombros, con un gesto resignado. Ha muerto de un cáncer de pulmón que arrastraba desde 2012. 

Uno podía estar más o menos de acuerdo con sus posiciones, siempre radicales, siempre inmediatas y tajantes; pero, en cualquier caso, de resignación nada de nada. ¡Cuánta energía, qué enorme empuje político! Estaba siempre en las barricadas, con un Partido Radical que capitaneó haciendo tándem con Marco Panella; un partido que hizo mucho ruido, estuvo muy de moda, y ha desaparecido prácticamente con ella. Combatió por la reforma del derecho de familia, por el divorcio, por el derecho al aborto, por la objeción de conciencia, por el voto a los dieciocho años, por el Tribunal Penal Internacional; contra las dictaduras, contra el hambre en el mundo, contra la pena de muerte.

La legitimidad de quienes se apuntan a tantas causas nobles no se consigue despotricando desde el sofá. Esa legitimación, Emma Bonino se la ganó a pulso y con creces, incansablemente. En Italia lo han reconocido respetuosamente casi todos, del presidente de la República a Giorgia Meloni y Elly Schlein. El Papa Francisco, diametralmente contrario a algunas de sus posiciones, la visitó en su domicilio en noviembre de 2034, después de una intervención quirúrgica, y dijo que era “un ejemplo de libertad y resistencia”.  

La Repubblica escribe que “la estrella que ha iluminado los últimos lustros de vida de aquella que The Economist definía en 1999 como un ‘astro naciente de la política europea’ ha sido el gran sueño de los Estados Unidos de Europa. Una verdadera federación, con un presidente elegido directamente, un solo ejército, una sola diplomacia. A esta misión se dedicó en cuerpo y alma”. Ella recordaba con orgullo los años en los que fue comisaria europea, con una cartera que incluía la ayuda humanitaria. Ejerció un Soft Power europeo con coherencia y a cien por hora: en Ruanda, en Somalia, en el Kurdistán iraquí, en Bosnia, en Afganistán, donde fue detenida por los talibanes, en Oriente Próximo…

El ex primer ministro italiano Mario Monti, que fue comisario europeo con ella, ha recordado que Emma Bonino se perdió la primera reunión de la nueva Comisión Europea, en 1994, porque “estaba en Nueva York trabajando para la formación del Tribunal Penal Internacional, y esa era su prioridad”. Ha añadido un comentario triste: «Encuentro espantosamente simbólico que Emma nos haya dejado precisamente en los días del triunfo de la AfD, cuando Trump exhorta a los aliados a trabajar por la abolición del Tribunal Penal Internacional y en Italia se afianzan partidos soberanistas que sobre Europa, y sobre las mujeres, tienen las posiciones que sabemos». 

«Los tiempos están cambiando», aquel canto emblemático de la juventud de Emma Bonino (y de sus coetáneos, hoy octogenarios, hoy supervivientes) tenía resonancias inequívocamente optimistas: “El orden se deshace deprisa / Y el primero ahora será el último / Porque los tiempos están cambiando”. La canción manifiesto de Bob Dylan tenía, en los años 60 del siglo pasado, un sentido muy claro: acompañaba en los EE. UU. al movimiento por los derechos civiles y por la paz en Vietnam, y se entendía en el mundo entero como un himno por la justicia y la libertad. 

Ahora los tiempos también están cambiando, y de momento no para bien. A diferencia de entonces, el viento sopla ahora hacia la derecha y hacia atrás. En Europa, sin ir más lejos, decir ahora que «los primeros serán los últimos» suena más a profecía de declive y retroceso que a exigencia de mayor igualdad. El fracaso de las políticas neoliberales de las últimas décadas ha abierto la puerta a fuerzas nacionalpopulistas, iliberales, que defienden un capitalismo más desregulado, más depredador, y amenazan la democracia. Lo menos que se puede decir es que no abundan los motivos para el optimismo. 

 Sin embargo, el pesimismo puede generar sus propios equívocos y engaños, tanto o más que el optimismo,. Entre el optimismo generacional de hace 60 años y los temores de hoy puede haber un punto en común de credulidad, de candidez ingenua, con sus posibles malas consecuencias. Un exceso de optimismo puede llevar a la pasividad (el progreso vendrá por sí solo) del mismo modo que el pesimismo puede llevar a la apatía del todo es inútil, del no hay nada que hacer. 

Emma Bonino se revolvió contra estas dos ingenuas pasividades durante toda su vida. Lo hizo con pasión (“con sentimientos tibios no se llega a ninguna parte”, decía) y con una esperanza que no hay que confundir nunca con el optimismo beato. No era la suya una evasión subjetiva frente a la realidad sino una energía que empujaba a la acción incluso cuando las perspectivas parecían muy poco prometedoras. Esta es su lección. No todo se puede cambiar, pero nada se puede cambiar si no se actúa.