Volver a casa
Pasa que vuelvo a casa. Pasa que bajo del avión y leo que Alguien, en mayúsculas porque, probablemente, ese Alguien tenga nombre de país, ha advertido de amenazas de bomba en vuelos europeos; pasa que no es el mío y respiro aliviado, porque ya era suficiente odisea con el eterno caminar arrastrando una maleta, la inmutable agonía del ruedín contra las baldosas, con el subir y bajar de ascensores, andenes y el cruzar de puertas automáticas, como para enfrentarme a un atentado terrorista o, peor aún, a un retraso del avión. Pasa que llegamos a Alicante, que recogemos un bonito coche de alquiler, que remontamos la vega del Segura como truchas sobre el asfalto; que saltamos al bordillo en Santiago el Mayor y que subimos por el ascensor, esta vez sí, por última vez, acompañados del atribulado, inacabable y nimbado de exasperación arrastrar de las maletas. Pasa que vuelvo a casa.
Pasa que me siento, como todas las semanas, a escribir esta columna y pasa, como pasa todas las semanas, que siento un irresistible e irrefrenable impulso por escribir cualquier chorrada neocostumbrista, tardobarroca o incluso epopéyica y la negrura del contexto me corrige. Pasa que, una vez más, siento que desperdicio las pilas de este pequeño altavoz, del megáfono de mano que con tanta generosidad pusieron en ella los responsables de esta sección, si busco los tres pies al gato y vuelvo a escribir sobre las obras de enfrente de casa o sobre la pulsión cleptómana de la lavadora y su relación casi objetofílica con mis calcetines, porque el escenario reclama, exige, reivindica, que me siente a analizar encuestas, discursos y panoramas políticos y que hable de Trump, de Talarico, de Feijóo —ay, el chisgarabís de Feijóo— o de cuantísimo zanguango hay, que diría mi tía Menchi, “con pelos en los huevos ya”, decidiendo mi futuro porque yo solo soy uno y ellos son un mogollón y tienen todos doce años.
Pasa que uno es resistente a sus impulsos, y pasa que si puedo estar seis meses apenas —este “apenas” daría para otra columna— sin fumar, puedo aguantar al analista que crece en mi interior como una inflamación entre las costillas y hacer lo que mejor se me suele dar, que es escribir sobre escribir. Y lo hago, porque pasa que casi tiene más mérito a veces ser el violinista del Titanic que el tipo del equipo de rescate, si es que lo hubo —siempre me duermo viendo películas—, el capitán del barco o el gafotas pedante que siempre tiene un lo que sea que decir. A veces es mejor silbar la melodía más pegadiza que uno se sabe que entonar el cántico gregoriano del apocalipsis junto al resto de agoreros, cenizos y gente sabida de todo. A veces es mejor ser uno mismo cuando todo se está hundiendo y ser el que dice que hay tiempo de comer de sobra mientras los cielos se vuelven rojos y el relinchar de los caballos acorazados se acerca galopante.
Pasa que, aunque el mundo se acabe, la casa está hecha un desastre, y pasa que con qué cara se puede uno preocupar del Estado de la Nación si ignora abiertamente el lamentable Estado del Salón; pues con las letras, casi que pasa lo mismo: con qué cara me miro al espejo, con qué dedos escribo estas líneas, si pongo un bozal a mi voz interior y finjo que lo que pasa ahí fuera es más importante que lo que se cuece dentro; si hay más urgencia en renovar las almohadas que el Consejo de Ministros, porque uno no reposa la cabeza en Carlos Cuerpo, porque total, qué más da, si uno utiliza, de vez en cuando, el micrófono que tiene para cantar una canción. Una canción despreocupada, aunque sea solo una vez, aunque pueda ser la última.