El cariño de Narciso
El hombre vive entre alabanzas y entusiasmos. Una vida de acción y movimiento que lo agota al llegar la noche. Se levanta muy temprano para llegar el primero a la oficina: nadie se atreve a hacerlo antes que él. Desde su despacho va anotando mentalmente la hora a la que aparecen sus colaboradores. Solo los más ambiciosos y audaces se le acercan, preparados para resistir desde temprano el torrente de órdenes, preguntas, exigencias, sarcasmos y frases hechas con las que Narciso se comunica con el resto del mundo.
De aspecto impecable, su sonrisa es el lugar común para un éxito de revistas que él persigue y necesita en cada minuto. Por eso los que tienen acceso a su persona lo riegan con halagos y adulaciones, festejan sus alcances, le ocultan los errores y encumbran sus aciertos. Narciso los recompensa con ascensos, distinciones, regalos y nombramientos, según cuál sea su estado de ánimo en ese instante. Para el resto quedan los desprecios, los castigos y las amenazas.
Narciso se siente un rey satisfecho en este mundo de dádivas y escarmientos: su mundo. Razón por la que alarga las jornadas de trabajo: la suya y la de los serviles; también la de los castigados que aún no han podido salvarse de sus garras.
Al término de la jornada, después de que el conserje le brinde la última reverencia del día, el hombre penetra en su apartamento con las mejores vistas a la ciudad. Cada noche siente horror por este instante, pues, al cerrar la puerta, una zarpa de soledad le aprieta la garganta por la que apenas logra deslizar la dosis de somníferos que precisa. Una dosis con la que compra un sueño que lo desprecia y que le hace olvidar que no tiene a nadie que le ofrezca lo que de verdad necesita.