Los Jinchos
“Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo”. Es el inicio de La familia de Pascual Duarte, novela arraigada en la españolísima tradición de pícaros, rufianes y malhechores víctimas de un determinismo asumido como ineludible fatalidad. La literatura combina la ficción y el realismo trágico para alumbrar personajes como Lázaro de Tormes, Monipodio, el Tempranillo, el Vaquilla y colectivos como la Legión en sus orígenes, donde prófugos y convictos pasaban de delincuentes al rango de caballeros legionarios.
La identificación de la ciudadanía con este tipo de maleantes corre paralela a la incultura que mitifica la marginalidad como universo propio para quienes tienen vedado el acceso a los paraísos frustrantes que la sociedad de consumo vende como posibilidades. En una época en que la juventud deserta de la Escuela y se entrega disciplinada a las sectas del algoritmo, el bulo y la desinformación, proliferan delincuentes que se hacen millonarios de un día a otro bajo la peligrosa bandera de la autocracia, la violencia y el reguetón.
Si el fascismo explotó los caladeros de militancia ciega a su servicio de la redentora Legión o la alimenticia Guardia Civil, sus herederos ultras han encontrado un excelente caldo de cultivo en las redes sociales, los fondos radicales del fútbol y las masas de zombis que siguen la “música” autómata y artificial acompañada de unas letras frecuentadas por odios y fobias que se pensaban superados. La violencia, la represión, el sectarismo, el individualismo y el materialismo consumista son parte del catecismo 3.0 que engancha a la juventud como en los 80 lo hicieron el caballo y el SIDA: una apuesta suicida de lo marginal.
¿Para qué engañarse? Sí el estilo Jincho es el mejor atajo para adquirir fama y dinero y el sermón de la violencia cala como ninguno en audiencias retrógradas, ¿para qué perder el tiempo predicando el buenismo? Ejemplos ilustradores son quienes predican la cultura del esfuerzo y practican la codicia, el esclavismo salvaje sin más norma que el látigo ni más límite que el beneficio empresarial a mayor gloria de la patronal que no sabe qué es sudar.
El Jincho Abascal sabe perfectamente en qué consiste vivir de puta madre a expensas de paguitas públicas en chiringuitos creados a su medida y también sabe lo que es mangonear las finanzas de su partido en beneficio de su persona. A pesar de todo, es un ejemplo de maldad personificada: sin más motivos que el odio ideológico y la impunidad, no duda en señalar y condenar a cuantos no tienen el color de su piel, no profesan su catolicismo de hojalata, no hablan su castellano y practican la diversidad sentimental y de pensamiento.
Otro ejemplo de Jincho malencarado con querencia por el alcohol, los modos portuarios y la pendencia navajera es el ventrílocuo canoso y desvergonzado que maneja a la presidenta de la Comunidad de Madrid, chula y altanera cuando el Jincho barbudo le escribe la letra, una caricatura cuando, sin chuleta, se limita a tararear la música desganada. ¿Motivos para ser malos? Dinero y clasismo son suficientes para justificar 7.291 cadáveres.
El Jincho desgraciado que triunfa en las redes sociales es un subproducto de los Jinchos ideológicos que no dudan en marcar distancias respecto a la igualdad entre hombres y mujeres y mostrarse como herederos nostálgicos de un mundo cavernario con la mujer al servicio caprichoso del macho, aunque el capricho consista en violar a una menor con discapacidad, porque ellos, los Jinchos desgraciados que votan Vox o PP y adoran al Jincho criminal, corrupto y putero que habita en la Casa Blanca, piensan que se lo merecen.