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Los Jinchos

Vero Barcina

30 de junio de 2026 13:03 h

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“Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo”. Es el inicio de La familia de Pascual Duarte, novela arraigada en la españolísima tradición de pícaros, rufianes y malhechores víctimas de un determinismo asumido como ineludible fatalidad. La literatura combina la ficción y el realismo trágico para alumbrar personajes como Lázaro de Tormes, Monipodio, el Tempranillo, el Vaquilla y colectivos como la Legión en sus orígenes, donde prófugos y convictos pasaban de delincuentes al rango de caballeros legionarios.

La identificación de la ciudadanía con este tipo de maleantes corre paralela a la incultura que mitifica la marginalidad como universo propio para quienes tienen vedado el acceso a los paraísos frustrantes que la sociedad de consumo vende como posibilidades. En una época en que la juventud deserta de la Escuela y se entrega disciplinada a las sectas del algoritmo, el bulo y la desinformación, proliferan delincuentes que se hacen millonarios de un día a otro bajo la peligrosa bandera de la autocracia, la violencia y el reguetón.

Si el fascismo explotó los caladeros de militancia ciega a su servicio de la redentora Legión o la alimenticia Guardia Civil, sus herederos ultras han encontrado un excelente caldo de cultivo en las redes sociales, los fondos radicales del fútbol y las masas de zombis que siguen la “música” autómata y artificial acompañada de unas letras frecuentadas por odios y fobias que se pensaban superados. La violencia, la represión, el sectarismo, el individualismo y el materialismo consumista son parte del catecismo 3.0 que engancha a la juventud como en los 80 lo hicieron el caballo y el SIDA: una apuesta suicida de lo marginal.

¿Para qué engañarse? Sí el estilo Jincho es el mejor atajo para adquirir fama y dinero y el sermón de la violencia cala como ninguno en audiencias retrógradas, ¿para qué perder el tiempo predicando el buenismo? Ejemplos ilustradores son quienes predican la cultura del esfuerzo y practican la codicia, el esclavismo salvaje sin más norma que el látigo ni más límite que el beneficio empresarial a mayor gloria de la patronal que no sabe qué es sudar.

El Jincho Abascal sabe perfectamente en qué consiste vivir de puta madre a expensas de paguitas públicas en chiringuitos creados a su medida y también sabe lo que es mangonear las finanzas de su partido en beneficio de su persona. A pesar de todo, es un ejemplo de maldad personificada: sin más motivos que el odio ideológico y la impunidad, no duda en señalar y condenar a cuantos no tienen el color de su piel, no profesan su catolicismo de hojalata, no hablan su castellano y practican la diversidad sentimental y de pensamiento.

Otro ejemplo de Jincho malencarado con querencia por el alcohol, los modos portuarios y la pendencia navajera es el ventrílocuo canoso y desvergonzado que maneja a la presidenta de la Comunidad de Madrid, chula y altanera cuando el Jincho barbudo le escribe la letra, una caricatura cuando, sin chuleta, se limita a tararear la música desganada. ¿Motivos para ser malos? Dinero y clasismo son suficientes para justificar 7.291 cadáveres.

El Jincho desgraciado que triunfa en las redes sociales es un subproducto de los Jinchos ideológicos que no dudan en marcar distancias respecto a la igualdad entre hombres y mujeres y mostrarse como herederos nostálgicos de un mundo cavernario con la mujer al servicio caprichoso del macho, aunque el capricho consista en violar a una menor con discapacidad, porque ellos, los Jinchos desgraciados que votan Vox o PP y adoran al Jincho criminal, corrupto y putero que habita en la Casa Blanca, piensan que se lo merecen.