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Rapidez, productividad, resultados

Joaquín Bohórquez Sánchez

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Estaba por exteriorizar la “brizna” de ánimo y esperanza que brindaba el triunfo de la “Lista de Estudiantes” en las elecciones de Serbia y la de Lula da Silva en Brasil, cuando sobrevino el trágico accidente de trenes en las proximidades de Urda, Toledo.

¡Qué desgracia para las familias y amigos de los fallecidos y heridos graves! Mis condolencias.

¡Qué desgracia para los controladores por el estresante momento vivido!

¡Qué desgracia para la ciudadanía que ahora desconfía, con razón, del sistema ferroviario que fue un orgullo para el país!

Y qué desgracia, también, para la prudencia que se requiere en estas situaciones ante la aparición de “enterados de todo” y tertulianos “expertos” que, posicionados desde su trinchera, imparten su doctrina de odio a cualquiera del otro lado. Siniestro.

Contados son los técnicos y profesionales que, desde la falta de información, tratan de comprender y deducir lo sucedido.

El mantenimiento y supervisión es vital para el buen funcionamiento de cualquier tipo de infraestructura o sistema, si no, los accidentes y desastres resultan inevitables.

Unos desastres son más impactantes y desmoralizadores que otros por la crudeza y rapidez con que ocurren: inundaciones, erupciones volcánicas, terremotos, descarrilamientos, etc., son eventos que no se esperan y causan pavor.

Pero hay otros que no causan tanta impresión y son igual de graves y deplorables. Se presupone que van a ocurrir, pero prefieren mirar a otro lado antes que corregir una mala gestión, previsión o falta de mantenimiento.

La sanidad y la educación que están transferidos a las comunidades autónomas, con la idea de acercar la administración a la ciudadanía y hacerla más eficaz, son buenos ejemplos.

En 2020, la pandemia del COVID cogió desarmado a todo el sistema sanitario y se tuvo que improvisar en muchos aspectos. Los sanitarios todavía exigen mejores condiciones de trabajo.

Y con la educación otro tanto. No se aprecia a primera vista el impacto que produce menoscabar, año tras año, el financiamiento de la educación pública, ni la unificación de programas de estudio. Hurgando un poco en el pensamiento de un creciente número de estudiantes se puede descubrir la falta de sentido crítico que acusan. Ansiar vivir en una “dictadura” es una muestra de que Ética, Filosofía, Historia, Civilidad, etc. brillan por su ausencia en su formación.

Resulta excepcional el trabajo de investigación que realizan medios como elDiario.es a la hora de informar sobre estos sucesos trágicos. ¿Acaso esto no es un buen ejemplo para que una oposición parlamentaria sea más seria? Se ha preferido boicotear toda iniciativa, insultar, sembrar caos y generar desconfianza en las instituciones que cumplir su verdadero papel de estar siempre encima de la gestión de los recursos del estado que hace el gobierno de turno.

Ante una pregunta periodística, un señor que perdió a su esposa en el accidente hizo una reflexión profunda sobre la causa que está detrás de estos desastres. Más o menos dijo que todo es producto del “capitalismo” en que vivimos, que exige rapidez, productividad, resultados. En nuestra manera de vivir, rodeados de tanto ruido y tanta prisa, un momento que puede ser vital es tan efímero que no lo apreciamos atendiendo tanta exigencia y distracción.

El 29 de noviembre se vota para elegir gobierno, y los sondeos auguran otro desastre que se ha venido forjando en años. Políticos ultras, si llegan al poder, tienen en perspectiva volver a imponer una ideología que se suponía descartada hace medio siglo. Se cierne un riesgo enorme sobre las conquistas sociales con el argumento de que “no hay libertad sin libertad económica”. Es decir, la ley del más poderoso.

La educación, la sanidad, la vivienda y las pensiones son nichos de mercado en los que el capital todavía no logra hincar el diente con la “libertad” que quisieran.

El bienestar común, las conquistas sociales logradas en años de trabajo están ahora seriamente amenazadas. Estamos advertidos.