Viva España, pero solo durante 90 minutos
Es una triste paradoja que las características que distinguen al equipo español en la Copa del Mundo masculina de fútbol se alaben en los estadios y se desprecien fuera de ellos.
Estos días vemos cómo quienes hablan con embeleso de la importancia del trabajo colectivo para superar retos, de estrellas que se ponen al servicio del grupo aportando su capacidad individual al esfuerzo común, de la solidaridad como secreto del éxito, de la diversidad como riqueza del equipo o del buen humor como seña de identidad, crispan el gesto cuando se topan con esos mismos rasgos en su vida cotidiana.
Agitan la bandera de España con el mismo entusiasmo para animar a esta selección durante el partido que cuando se manifiestan contra las virtudes que encarna. En cuanto el árbitro pita el final, vuelven al sálvese quien pueda, al individualismo, al juego bronco y feo, al gesto torcido y al diente afilado.
No dudo de que, si nuestra selección perdiera la final contra Argentina, tras el sofoco inicial se irían a la cama pensando: “al fin y al cabo, esa no era mi España”.
Pero no perderá porque ya ha ganado.