Votar o no votar, responsabilidad o calentón
Con la desgracia de estos días atrás: un horrible accidente de tren, los sucesos de Ceuta, etc., vivo dándole vueltas a mis convicciones más básicas y a lo poco que puede hacer uno, que a veces no es más que emitir su voto.
Este accidente es síntoma de muchas cosas. De que parece que preferimos inaugurar un AVE o automatizar una línea de metro en Madrid, que mejorar su funcionamiento o las condiciones de los que trabajan en ellas. No nos engañemos, lo de ADIF no tiene nombre, pero otras infraestructuras van por el mismo camino.
Y no, esto no es culpa de los inmigrantes, ni de los pensionistas, ni de las feministas, ni de qué sé yo. Es culpa de los que nos gobiernan y gestionan nuestros impuestos. Es culpa del votante también. De que preferimos Fórmula 1 a mejorar las listas de espera. Gastar en armamento, porque así nos lo ordenan los que bombardean colegios en Oriente Medio, a reducir la pobreza infantil o construir vivienda pública.
Con todo, crisis, accidentes y desgracias son hasta cierto punto inevitables. Hasta cierto punto. Me sirve también pensar cómo se reacciona a ellas, como se gestiona el durante, el día después, lo que se ha intentado hacer por evitarla o lo que se plantea hacer a largo plazo.
Del apagón, del que hace ya más de un año, poco se ha hablado de lo que se está intentando hacer para evitarlo en un futuro, esto da para demasiado texto, pero sí que las grandes energéticas están esperando el momento de la privatización final de la red, troceada convenientemente. Mientras las restricciones a los centros de datos, pensadas para proteger la red entre otras cosas, echan para atrás algunas inversiones. Rechinar de dientes y rasgado de vestiduras. ¡¡¡No hay que frenar ninguna inversión!!!
No puedo aceptar reaccionar a una crisis con mentiras justificando el haber estado de copas a que los técnicos de la AEMET no me avisaron en condiciones (vaya, aquí sí le puedo echar la culpa al currante), atacar a las asociaciones de víctimas del metro de Valencia, de la DANA o a las mujeres pendientes de una prueba por un cáncer de su sistema de salud. No puedo aceptar que el asalto a la frontera en Ceuta sea dejar que el ejército dispare a matar. No puedo digerir que el Prestige fueran hilillos de plastilina y que los incendios de Galicia fueran terroristas o bomberos resentidos. Ni puedo aceptar que los de este año se evitarían si dejáramos pastar a las ovejas. No puedo digerir que la UME fuera un despilfarro, que ahora la veamos en todos lados y que algunos no digan que al menos fue una buena idea de su adversario (que ahora es enemigo mortal).
No puedo ver cómo casi se repite una segunda DANA hace unos días en Valencia, “solo” cuatro muertos y siga diciéndose que lo del cambio climático es una agenda para imponernos… aún no sé bien qué.
En las crisis que están por venir, necesitamos que se proteja también al más débil, que se renuncie a lo que sea en pos de ayudarnos unos a otros y que pensemos en que estamos de prestado y tenemos que dejar un mundo mejor a los que nos siguen. ¿Es un pensamiento infantil? ¿Es un pensamiento de una persona débil nacida de tiempos fáciles?
Siempre leí que el primer signo de civilización humana se asocia a un hueso fósil con signos de una fractura curada. Alguien a quien no se abandonó a su suerte por el bien del grupo o del progreso.
Algunos dicen que la escasez y el precio de combustible se arregla bajando impuestos, a empresas que batido récord de ganancias en este año a costa de eso mismo. Eso, lo podemos aplicar a todo. Para qué reducir las listas de espera en sistemas de salud o poner aires acondicionados en los colegios, si podemos tener Fórmula 1.
Si se bajan los impuestos, a mí me vendrá muy bien. No lo dudo. Pero lo que voy a ahorrar… no vale la pena si dejamos a much@s, que no tienen culpa, atrás.
Cuando pueda ver esto reflejado en otras opciones de voto, me podré plantear repensarme mis convicciones.
Mientras, no, nunca.