De los bulos por la llegada de refugiados a ganar un premio por su acogida: el pueblo sevillano que se sacudió los prejuicios
“A mí no me importa lo que la gente diga”, dice Cheick cuando se le pregunta por los discursos xenófobos que alienta la ultraderecha, que negocia en estos días con el PP su posible entrada en el gobierno andaluz con la prioridad nacional como telón de fondo. “Yo estoy tranquilo, voy a buscar trabajo y ya”. Esta tarde tendrá una entrevista con una cadena de comida rápida aunque espera encontrar algo como albañil, el oficio en que se ha formado. La oportunidad llegará pronto, cuando el mercado laboral busca mano de obra por doquier, y mientras, en Sanlúcar la Mayor (Sevilla), el joven de 23 años aprende el idioma, habla con su familia cada tres o cuatro días y se implica cada vez más en la vida del pueblo en el que hace un año se implantó el dispositivo de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), donde la convivencia y la unión vecinal ha sido la impronta que ha marcado su devenir.
La ONG recaló primero en Alcalá de Guadaíra en 2024 con un grupo de 85 jóvenes subsaharianos originando una oleada de bulos y desinformación que provocó la oposición de una parte del pueblo. A medida que pasaron los días, se comenzó a normalizar la presencia de los muchachos en el hotel que había sido alquilado por el Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones para acogerles. La atmósfera enrarecida por los discursos de odio se fue disipando, pero seguían surgiendo impedimentos a su inclusión, como en su inscripción en el padrón municipal. El incumplimiento de la ley por parte de la administración local comprometía la cobertura sanitaria o educativa de los recién llegados, como se ha denunciado desde distintos colectivos sociales, aún estando bajo el amparo de la organización.
En 2025, el centro se trasladó al municipio sevillano de Sanlúcar la Mayor, donde hay capacidad para 280 personas y, de media, suelen pasar en el centro un año tras adquirir las competencias necesarias para vivir con cierta autonomía, pues se les acompaña y forma en la búsqueda de trabajo y de vivienda. Tras la noticia, Vox azuzó el discurso del odio en la localidad, con mensajes sobre la supuesta “intranquilidad” de la población y bulos sobre los efectos de su llegada. Más de un año después, el pueblo y sus vecinos serán homenajeados por la inclusión de los jóvenes en el día a día del municipio.
En la actualidad, el centro acoge alrededor de unos 120 hombres solicitantes de asilo, procedentes en gran parte de Mali y de otros países subsaharianos. “No hay tantos chavales para la cantidad de empleos que ofrecen, sobre todo oficios, porque la gente busca desesperada a soldadores, electricistas, gruistas, jardineros, gente para el campo... El inconveniente llega cuando tienen que buscar una habitación. Esa es nuestra mayor dificultad: la vivienda, que si ya tenemos un mercado inmobiliario difícil para las personas de aquí, se redobla para los perfiles migrantes, sobre todo por la desconfianza de los propietarios”, sostienen desde CEAR.
Frente al odio, la colaboración vecinal ha florecido para dar respuesta a las necesidades de la asociación. “Ya sea la farmacia, la ferretería, el centro de salud, el Ayuntamiento, los clubes de fútbol, las trabajadoras del supermercado, hasta fueron al encendido navideño de la ciudad... Todo el mundo se ha volcado”, explica. Ese espíritu de acogida explica el homenaje que acaba de recibir el pueblo este pasado miércoles en Sevilla donde CEAR ha otorgado el Premio Solidaridad 2025 a la ciudadanía de Sanlúcar la Mayor.
Cheick lleva un año y tres meses en España después de huir de la guerra en Mali. Tras recalar en Mérida, donde cerró el centro en el que se encontraba, logró el traslado a la provincia sevillana. Escucha a Jay Wheeler en sus cascos rosa y su español es cada vez más fluido. Nunca ha recibido un ataque racista, afirma, y sin darle mayor importancia, enumera las horas de los dos cursos de capacitación profesional que ha aprobado. A su lado, Olivia, la técnica de integración social que trabaja codo con codo con el trabajador social dentro del equipo que se dedica a atenderlo, habla del interés que le despierta la geografía o de la pasión con la que vive el fútbol.
Ese es el tiempo que comparte con sus amigos, consigo mismo, vacío por algunos instantes de las expectativas y los objetivos a cumplir. Esa jiribilla por el balón la siente Bamba, otro joven maliense de 19 años que viene acompañado por la técnica Guadalupe. Junto a ella aprendió a cómo afrontar una entrevista, cuáles son los trucos, para habituarse a los cambios de su nueva realidad. Llevaba cuatro años trabajando como mecánico en su país y se sigue especializando para lograr un puesto en Sevilla. No se plantea ir a otro sitio, “esto es tranquilo”, asiente, y ve que la gente es “más abierta” al compararla con la breve residencia que pasó en Madrid, cuyo centro de acogida también cerró.
“Una vez me dijeron algo”, relata sobre unos chicos que lo abordaron a él y a un amigo mientras paseaban por la capital hispalense. Prefirió alejarse. Levanta las manos y aparta ese fantasma que revolotea brevemente por la habitación, evidenciando el rechazo a cualquier atisbo de conflicto.
Sonríe cuando habla de su posición como delantero en el equipo local de Sanlúcar y del escudo del Betis. “Son los mejores”, dice con timidez. Quien intenta hacer oídos sordos es Ana Mas Vázquez, directora del Centro de Acción Humanitaria de CEAR en el municipio. Arquea una ceja y deja claro su favoritismo por el Sevilla, porque hay amores inexplicables y este es uno de ellos. La responsable saluda a Mohammed, quien pasa por el despacho antes de iniciar su jornada laboral, y cuenta que el único incidente relacionado con la apertura del dispositivo hace un año implicó a una persona que se plantó delante de las puertas del edificio para gritar su rechazo a la presencia de los migrantes. “Antes les daba miedo salir del centro y ahora es todo lo contrario”, adelanta.
El Belén Viviente de Sanlúcar
El año pasado, CEAR se puso en contacto con Hermandad del Santo Entierro de Cristo cuando se acercaba una fecha clave en el pueblo: diciembre, el momento en que se celebra el Belén Viviente de Sanlúcar la Mayor, uno de los mayores atractivos culturales y turísticos del municipio. Alrededor de 400 personas participan cada año en esta recreación de la festividad cristiana en el conjunto histórico de la Iglesia de San Pedro a través de las escenas bíblicas. La organización propuso la participación de los recién llegados.
“Había cierto miedo en ver cómo la gente iba a reaccionar cuando llegaran los chicos a la cofradía, pero aquello cambió rápido. Nos sirvió como herramienta de inclusión para nosotros más que para ellos”, rememora Fidel Mora González, hermano mayor de la Hermandad del Santo Entierro de Cristo, con quien la ONG contactó para iniciar el proyecto que facilitara la inmersión social de los chicos. El experimento comenzó a principios de la primavera pasada con seis chavales, entre los que estaban Alexis, Pedro y Pascal, con quienes todavía mantiene contacto después de que lograran trabajo en los alrededores. “La gran diferencia con nosotros era la edad, que es la de mis hijos”, apunta. “La juventud es una alegría y, aunque siempre hay de todo, nunca percibí ningún recelo. Al revés, todo han sido facilidades... Sanlúcar es una ciudad de acogida”, apostilla.
Metieron de lleno a los chicos en las actividades de la cofradía para que se familiarizaran con los vecinos. Fueron a excursiones, reuniones y comidas, todo antes de la fecha grande. Los días en que todo el pueblo se vuelca vestidos con los ropajes, los recién llegados no parecían recién llegados. “Uno de ellos hizo de romano, otro de pescador y participaron en la corte de los Reyes Magos”, detalla el hermano mayor. Más allá de las creencias religiosas, el pueblo recuerda aquella semana como el culmen de todo un proceso de convivencia que logró labrar un vínculo estrecho.
Se pidió a la cofradía el respecto por las vivencias traumáticas de los solicitantes de asilo participantes. “Tuvimos una reunión en la que hablamos sobre cómo tratar estos temas... Si los chavales quieren hablar, perfecto, pero no es cuestión de preguntar y preguntar, ¿sabes? Tiene que ser voluntario, y llegaron a enseñarnos fotos de sus familias”, explica. Poco a poco, se fueron forjando amistades con los jóvenes del barrio, con quienes se desenvolvían y practicaban el idioma. Mora menciona “una experiencia muy bonita”: “Los llevé a la peña del Betis a ver un derbi, nos sentamos y la reacción fue tan buena, ¡aparte de que ganaron!”.
Escucha las consignas de Vox, que ha metido entre los objetivos de la prioridad nacional los obstáculos a la entrada de migrantes, la invalidez de la regularización extraordinaria, la devolución en caliente de las personas en situación irregular o el completo rechazo al amparo de los menores migrantes no acompañados, y su reflexión es sencilla: “Tal vez haya mejores maneras de hacer las cosas, y desconozco cuál será la forma política de hacerlo, porque unas veces se cuenta de una manera u otra. Pero los chavales no tienen ninguna culpa. Al revés, ya han pasado lo suyo como para venir a recriminarles nada... Si profundizasen en su corazón, rectificarían”.
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