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Una mirada vecinal desde el Polígono Sur ante la mezquita de Sevilla: “Aquí los problemas son la pobreza y la marginación”

Vista de la parcela del Polígono Sur donde se construirá la futura mezquita de Sevilla.

Carla Rivero

Sevilla —
28 de julio de 2026 21:41 h

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El foco mediático está en el centro de Sevilla. Vox da su rueda de prensa desde el Ayuntamiento, en plaza Nueva, y el alcalde José Luis Sanz responde con un ejemplar de la Constitución en mano desde el norte, en Pino Montano. Al sureste, en Polígono Sur, el día transcurre su curso. Es el último martes de julio y los coches salen y entran de la rotonda, el calor aprieta hasta alcanzar los 36 grados y a la sombra de la marquesina esperan los vecinos a que pase la próxima guagua. Frente a ellos hay un triángulo que ha incendiado la política andaluza durante unas horas: la parcela en la que se construirá un centro cultural islámico donde estará la futura mezquita. “A mí no me molesta”, sonríe Pablo Rodríguez, “¡mientras no me quiten el dinero en el banco!”.

En la muñeca derecha lleva una bandera de España y, en la izquierda, la de Andalucía. Coge una de las bicicletas que hay en la estación del parque José Celestino, que en unas horas comienza su turno. No sabía de la existencia del proyecto urbanístico y, tras encogerse de hombros, comienza a hablar: “Tengo amigos musulmanes y marroquíes, se apartan un poco cuando hacen el Ramadán, porque nosotros seguimos comiendo y bebiendo lo mismo, pero me da igual. Tengo un amigo que va a entrar en la empresa porque le recomendé”. Casi se le olvida: “Y voto a Vox”. Se queda mirando el espacio, que está rodeado de una red metálica para evitar los actos vandálicos, como el que ocurrió hace unos días cuando tiraron restos de cerdo en el interior, y dice, “se podría construir un parque”. Al comentarle que es una parcela privada, asiente, y vuelve a repetir, “no me molesta”.

A los minutos, Vanessa y Liset, madre e hija, pasan con un carrito de bebé. Llegaron desde Perú hace cuatro años y están al tanto de lo que pasa en el barrio a través de las redes sociales. El reguero de noticias ha recorrido las comidas familiares, el encuentro con vecinos, un boca-boca que las lleva a hablar de “choque cultural”. “No estamos en contra de ellos y respetamos todas las religiones y creencias, sencillamente, puede haber un conflicto el día de mañana horroroso”, explica la recién estrenada abuela. Como creyentes evangélicos, han celebrado durante años sus cantos en un templo que tienen en los Pajaritos sin queja alguna, sin embargo, tuvieron que insonorizar el espacio después de que llegaran las primeras protestas hace unos meses.

Toman ese cambio de parecer como un ejemplo de lo que le podría ocurrir a los futuros integrantes de la comunidad musulmana. “No creo que la paz y la tranquilidad que ellos quieren la vayan a encontrar aquí, y menos con los gitanos”, alude, “veremos las reacciones y la cosa es que podrían irse a otro sitio, una nave más apartada”, si bien ya han transcurrido 20 años desde que la Fundación Mezquita busca el lugar idóneo para construir. “Estamos a la expectativa, porque hay culturas que van a los extremos, ¿no?”, mientras, viven “tranquilas” en los bloques rojizos que se divisan tras la rotonda. “Aquí falta un centro comercial, más tiendas, comercios, una cosa que dé vida al barrio, ¿sabes?”.

“Tenemos problemas más gordos”

¿Qué otra cosa falta? Una vecina, que prefiere no dar su nombre, espera a la línea 2 para ir al centro sanitario en el que arreglar los papeles de su nieto, que tiene con 29 años un grado alto de dependencia. “Llevo nueve meses para que me arreglen el ascensor y él no puede salir de la casa, solo cuando lo lleva y trae la ambulancia, ¿a mí que me va a importar eso?”, se pregunta señalando al terreno baldío. “Tuve que caminar a la parada del 30 y hacer trasbordo porque las paradas siguen eliminadas”, y saca una hoja del folio con varias pegatinas desvaídas en las que se lee El transporte también es un derecho. Las da cada vez que se ofrece la ocasión y, a punto de cumplir los 78 años, espera recuperar fuerzas antes de subir a pie al séptimo piso en el que vive desde hace más de cuatro décadas, una vez y que abandonó Triana. “Ahora paseo por allí y no la reconozco”.

Una voz que se une a la de Carmen Picón, presidenta de la plataforma Barrios Olvidados, que atiende a este medio por teléfono. “Convivimos perfectamente con personas de otras etnias y creencias, y si hay que construir templos, adelante”, subrayando que “tenemos unos problemas muy gordos como para entrar en esta cuestión política que le interesan ahora a unos señores”. Es más, señala a los dos principales objetivos a combatir: “La pobreza y la marginación”. “Estamos sin metro, sin autobuses, tenemos una comisaría de policía que no está dentro del barrio, es más, en el Polígono Sur meten todo lo que en Sevilla no quieren”, así que, zanja, “no vamos a entrar en una guerra política que no nos ayuda para nada”.

La mezquita cuenta con un minarete de 30 metros de altura.

“No firmé la hoja que trajeron”

De vuelta al paseo en los alrededores del triángulo de la mezquita, aparece Víctor. Aterrizó en el Polígono Sur hace una década procedente de Nigeria y, desde entonces, su familia ha crecido. “No sé qué decir sobre la mezquita, yo soy inmigrante y cristiano”, aunque añade, “pero los gobiernos tienen que tener cuidado con todo lo que está pasando en el mundo, como en Irán, Afganistán... Si ellos no buscan problema, estoy tranquilo”. Lo único que le perturba es cada vez que sus hijas salen a jugar a la calle, que la más pequeña acaba de cumplir seis años. La alusión a la radicalización islamista, como había mencionado minutos antes la familia peruana, y la relación que se establece entre migración y seguridad termina por ser una muestra de cómo el discurso de la ultraderecha, que desembarcó por primera vez en el Parlamento andaluz en la legislatura de 2019, ha ido calando.

La polémica estalló el pasado 10 de julio, momento en el que Vox presionó para que se paralizara la aprobación de la licencia de obras para construir en el terreno que albergará el Centro Cultural Islámico promovido por la Fundación Mezquita, en donde se prevé una inversión de 10 millones de euros para la edificación de dos espacios, uno de ellos dedicados al rezo y el otro a las actividades socioculturales.

La ultraderecha ha jaleado la controversia creando una campaña de firmas o escalando el conflicto a nivel autonómico y nacional, llegando a pronunciarse Santiago Abascal o asumiendo el discurso “contra la islamización” el vicepresidente de la Junta, Manuel Gavira, mientras el PP resiste el embate. Es más, el alcalde José Luis Sanz, que ya ha defendido la legalidad de la construcción y en la prevaricación que supondría rechazarla, quiso zanjar el tema este martes: “Sevilla es judía, cristiana y musulmana desde hace siglos”, a lo que sumó, “no cruzaré la línea de violar la ley”.

A unos pasos de la rotonda hay una farmacia, un kebab y una cafetería, tres negocios que dan servicio a un enclave que está a las puertas de uno de los barrios más pobres de Sevilla. El aire acondicionado de la farmacia da un respiro en los prolegómenos de la cuarta ola de calor y, dentro, sus trabajadores comentan lo ocurrido estos días, “yo no firmé la hoja que trajeron en contra de la construcción de la mezquita”, dice uno, “vi el intento de manifestación que hubo y, excepto lo de ayer, apenas he visto, como mucho, a 10 personas en alguna intentona”.

Sin embargo, también apunta, escuchando lo que dice la clientela en las colas de media mañana y media tarde, que “no quieren que esto se convierta en la Macarena, eso es lo que ha traído más revuelo”. El lunes por la tarde hubo medio centenar de personas que protestaron bajo el lema No a la mezquita, entre las que había un grupo de neonazis de Núcleo Nacional. A su lado, la compañera admite que “cada uno es libre de manifestarse y expresarse como quiera”, pero no deja escapar la ocasión para reiterar: “Estamos en un Estado laico, ¿no?”.

Un trabajador del servicio de Parques y Jardines del Ayuntamiento ya veía desde hace unos días a los miembros de Núcleo Nacional organizarse por las inmediaciones. “Pegaban en árboles esas pegatinas”, comenta quien prefiere mantener el anonimato. “Yo soy ateo, pero creo en un país libre en el que todo el mundo pueda tener sus propias religiones, ya sea una mezquita, una sinagoga, una iglesia, y haya libertad de expresión”, recalca.

Se describe a sí mismo como un observador pasajero, al fin y al cabo, pueden cambiar su turno y ubicación en cualquier momento, pero no deja de removerle el tirar las pertenencias de las personas sin hogar que duermen en el parque por ordenanza municipal. “Eso sí me da muchísima pena, porque hay mucha gente abandonada”, sostiene. En todo caso, habla de la deriva que podría tomar el discurso de la ultraderecha: “¿No querríamos derechos para los homosexuales, para las mujeres? ¿No tienen el mismo derecho para rezar?”, y lo une con su propia experiencia vital, como hijo de una mujer maltratada que tuvo que sacar adelante a la familia sin más apoyo que su propio tesón.

El cartel que denuncia la eliminación de paradas de autobús en el Polígono Sur, dada por una vecina que reside en la zona.

“La policía no viene los fines de semana”

El Polígono Sur, que contiene las Tres Mil Viviendas, está dividido en las zonas de Martínez Montañés, Murillo, Paz y Amistad, Letanías, Antonio Machado y la Oliva, separados por la ciudad a través de tres obstáculos físicos, como el muro de Hytasa, la carretera de Su Eminencia y las vías del tren. Con una de las rentas per cápita más bajas del país, el barrio vive en sus carnes la persistencia de las desigualdades desde que aquellas familias desahuciadas en la década de los 60 y 70 fueron reubicadas en una explanada inmensa en la que conviven hoy unas 29.000 personas.

Rubén pasea a Niko, que a estas horas prefiere que nadie le acaricie. No vota a ningún partido, porque cree que “todos son lo mismo” y, aunque reconoce sus contradicciones, las muestra: “A mí, de verdad, que me da igual, pero también hubiera venido a la manifestación de ayer si no me hubiera pillado trabajando”.

¿Qué razones le traían entonces, si no era la mezquita? “Tengo dos hijos, de 11 y 12 años, y a mí me da miedo es que tengan algún problema o que esto provoque algún problema”, dice señalando el camino que recorren para visitarlo. A lo largo de sus 52 años, ha observado el crecimiento y el estancamiento del Polígono, y se exaspera cuando habla de la policía: “Los fines de semana no viene, y eso que hay carreras ilegales al lado de mi casa con motos y coches derrapando. O los conflictos que se montan en el ambulatorio con la gente que pone sus colchones ahí, están parados, hay peleas... No soy racista, solo temo que pase lo mismo aquí”.

A unos pasos, erguido sobre un banco y con actitud vigilante, está Ángel. “Si a mí no me molestan, yo no los molestaré a ellos”, resume sorbiendo un poco de su lata de cerveza. En estos días que aprieta el calor, se levanta, viene, echa un paseo, se toma el refrigerio, y vuelve a casa cuando está a punto de dar la hora de comer. Con todo un pasado en la construcción, sonríe con la ocurrencia que se le viene a la mente, “yo ahí montaría una casita con mi piscina y mis cosas con un muro de hormigón hasta arriba para que nadie se asome”. Pudo salir del Polígono e irse a Candelaria, donde los Tres Barrios, pero a la hora de la verdad, se quedó y aquí lleva 75 años: “Tenía el colegio para mis dos niños, está la residencia allí atrás, los centros comerciales, el médico... Y tampoco tengo malos vecinos”. El quehacer diario lo llena: hacer barrio, conocer al que hay al lado, encontrar los puntos de unión.

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