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Un catálogo a ciegas de libros anónimos: cuando el éxito (o fracaso) de un novelista no depende de la promoción

Alejandro Luque

Sevilla —
30 de abril de 2026 22:09 h

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El sueño de la mayoría de los escritores noveles suele ser ver publicada su obra con su nombre bien legible en la portada. Entre los experimentados, sin embargo, en los últimos tiempos ha ido proliferando una fantasía: publicar desde el anonimato, renunciar a los fatigosos eventos promocionales, diluirse en la obra. Conscientes de esta tendencia, y guiados por un espíritu juguetón, las responsables de la editorial sevillana Barrett han decidido celebrar sus diez años de andadura inaugurando un catálogo a ciegas, una colección de narrativa en la que ningún libro irá firmado. elDiario.es Andalucía ha interrogado mediante cuestionario a dos de estas plumas, cuya identidad –como el resto de los participantes en este experimento o “piñata”–, según las editoras, “no se conocerá nunca”.

La primera autora, a quien un tanto perezosamente llamaremos X, se identifica como mujer, y su libro (Un mal menor, segundo de la colección) “no es ópera prima, para nada”. Cuando se le pregunta si la decisión de publicar sin firmar su libro, renunciando a un reconocimiento directo, le resultó difícil, niega la mayor: “El reconocimiento sigue siendo directo. Yo no me he difuminado. Lo que pasa es que no está focalizado en mi personita porque el libro también es de la Editorial Barrett”, asevera.

“La frase podría ser de postureo guay pero, ahora, con el catálogo a ciegas, hay evidencia científica”, agrega X. “El rollo cuántico del gato con apellido alemán. O austríaco. Ellos al proponer la obra anónima alteran la propia escritura, aunque ya esté escrita. Ni te cuento si todavía no las has acabado. Pero no en el sentido de que te atrevas más o menos. Yo hubiera hecho lo mismo, pero, sin ellos, ¿habría sido igual el texto? Aunque fuera idéntico el resultado, el texto sería diferente”.

Anonimato compartido

Para X, la lectura de un libro anónimo es también es diferente. “Siguiendo el bigote del gato, el rollo cuántico se mantiene así hasta que interactúa el mundo externo y se fastidia el invento: se conoce que la superposición de partículas cuánticas pues se va a la mierda cuando se define un estado. El gato se sabe cómo está a partir del momento en el que se mira; mientras no se mire, puede estar de bastantes maneras a la vez. Con el nombre del autor es lo mismo. Mientras no se diga, además de que puede ser de todas y de nadie, se conserva un estadio complejo de la historia, del texto, de la palabra. Y se rompe si se dice de quién es, igual que cuando abres la caja del gato. Y está más allá de que sepas el contexto y el currículo del autor. Se rompe de otra manera más lírica, por expresarlo de alguna manera. Otra cosa. Hay que pensar en el prefijo -re: significa repetir o tirarse atrás. Renunciar y reconocimiento. Pero basta. Stop irse de la olla”.

Por si todo esto resultara un tanto críptico, comparece Y, un segundo autor del catálogo a ciegas, responsable de San Bartolo, el quinto libro de la colección. “Disfruto escribiendo. Mi lugar en el mundo son las pocas personas que me quieren”, dice resistiéndose a dar ninguna pista más. “En un catálogo a ciegas de libros anónimos, especificar esas cosas sería como darle mi número de cuenta bancaria y el código pin. Las personas que me leen, si se tropiezan de casualidad con este libro, no tendrán dificultad para reconocer a la persona que lo ha escrito. El anonimato puede ser también compartido, difuminando más todavía la autoría. Y quizá haya dos manos, o cuatro, o seis, con la finalidad de compartir algo con las personas valientes y desprejuiciadas que lo lean”.

En cuanto a los posibles conflictos que haya podido generarle la renuncia la firma, asegura de manera tajante que “ninguno. Barrett lo propuso y el entusiasmo y la idea eran atrayentes. Es una forma de probar algo distinto, sin nombre y apellidos, sin posar para fotógrafos. El reconocimiento o la visibilidad no pagan las facturas, sino el trabajo”.

'Forever anónimas'

Por otro lado, nadie es ajeno a la idea de que, actualmente, un libro necesita de la promoción del autor, en persona o a través de las redes. ¿No temen que perjudique a sus obras el hecho de no poder hacer esa labor? “Bueno”, se encoge virtualmente de hombros X. “Hay un batiburrillo formado por la exaltación del yo romántico, del Romanticismo como movimiento, sumado al plan de marketing: me explota la cabeza. El hecho de que la obra tenga que ser publicitada no tiene que suponer que tengas que publicitar tu persona. Los artistas son vistos siempre desde esta óptica romántica. Yo desde mí. Y cuando se agota el tema de hablar de una misma, se habla de la obra desde el posmodernismo, el rollo ecléctico hasta el hartazgo, los referentes de los referentes de los referentes. Por encima de todo, es como un rollo muy antiguo”. Para Y, por su parte, saltarse el trámite promocional es poco menos que un placer inefable: “Será como subirme a un crucero hacia el Caribe, con la pulsera de barra libre, y quedarme en una tumbona viendo los anocheceres. Un placer absoluto”.

Aunque todavía es pronto para evaluar el éxito de la propuesta de Barrett, ya hay condiciones para afirmar que el público ha respondido positivamente al llamado de la “piñata”. Da la sensación de que el lector ha encontrado, además de un juego divertido, un cierto alivio, como si la exaltación del autor y la sobreexposición fueran tan agotadoras para quien se muestra como para quien mira. En lo que se refiere a ese feedback de los lectores, X lo resume con cierta guasa como “furor”, mientras que Y quita importancia al veredicto del público: “Lo más importante cuando escribo es que el resultado final, el libro, me guste. Lo demás es algo secundario, tanto lo positivo como lo negativo”.

Por último, la pregunta del millón parece ser si repetirían la experiencia, o con probar una vez es suficiente. Para Y, la respuesta es un rotundo, “Sí, sin dudarlo. Ha sido un respiro y el proceso fue divertido”, y aquí coincide plenamente con X: “Forever anónimas. Ojalá”.