La portada de mañana
Acceder
El rey emérito se blinda de pagar impuestos con su residencia fiscal en Abu Dabi
Investigación - Tres años sin noticias de la mitad oculta del archivo de Villarejo
Opinión - 'El machismo y sus burlas, herencia española', por Rosa María Artal

Arde un árbol en la Amazonía para que coma un cerdo de macrogranja en España

Raúl Rejón

0

Grandes extensiones de bosque arden cada año en la Amazonía para que coman cerdos de macrogranja al otro lado del océano Atlántico, en Europa. Después, buena parte de la carne de los animales criados y sacrificados en grandes explotaciones de España, por ejemplo, acabará vendida a China.

Los datos que demuestran que las macrogranjas han llevado a España fuera de la legalidad ambiental

Saber más

La ganadería superintensiva, cuyo máximo exponente son las macrogranjas, ha acaparado el discurso público a partir de la manipulación de unas declaraciones del ministro de Consumo, Alberto Garzón, sobre los impactos ambientales de ese modelo de explotación. Sin embargo, la factura ecológica de esta fórmula de obtener carne comienza a muchos kilómetros al oeste: está directamente relacionada con la destrucción forestal en Brasil o Argentina. Los árboles se talan o abrasan para abrir espacio a los cultivos de soja con los que satisfacer la demanda de piensos que exige esa ganadería industrial.

Esta relación funesta está comprobada hasta tal punto que la Comisión Europea reconoce dónde recae parte del problema: “El consumo de la Unión Europea es un factor que influye de manera desproporcionada en la deforestación”, explica en el borrador de nuevo reglamento sobre comercialización de determinadas materias primas. Hasta ahora, a nivel europeo, varias de estas materias estaban bajo paraguas de compromisos voluntarios de los sectores implicados.

Los productos que se van a regular son: la madera, el ganado bovino, el aceite de palma, el cacao, el café y... la soja. La CE explica que, sin la normativa en elaboración, “el consumo y comercialización de estas seis materias primas provocaría para 2030 la destrucción de 248.000 hectáreas”.

La deforestación en la Amazonía de Brasil ya bate récords. El año pasado la tasa de destrucción subió un 20% respecto a 2020 y alcanzó los 13.250 km2. Es el tercer pico consecutivo de los últimos diez años desde que se registrara un mínimo en 2012. En ese periodo, la tasa de deforestación se ha incrementado un 186%, según los datos del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil.

Y, en gran medida, el cultivo industrial de soja está detrás: solo de 2006 a 2017, se plantaron, cada año, entre 600.000 y 1,9 millones hectáreas de soja en terreno deforestado en esa zona del planeta, según una investigación internacional publicada en febrero de 2020 en Environmental Research. La causa fue “el crecimiento global de la demanda, las fluctuaciones en la disponibilidad de capital y la oportunidad política”, decían los investigadores de varias universidades.

Y eso que una denominada moratoria de la soja –un compromiso voluntario de los comerciantes para rechazar soja obtenida en terrenos recientemente deforestados– ha conseguido “ayudar a reducir el 'clareamiento' directo para plantaciones”, detectaron estos científicos. Pero, al mismo tiempo, la agroindustria de la soja puso la vista en la sabana de El Cerrado brasileño que está comiéndose ahora sin mucho freno: la mitad del ecosistema se ha convertido ya en campo de cultivo.

España se ha convertido en una maquila cárnica donde se reciben grandes cantidades de materias primas extranjeras baratas para ser transformadas en productos de mayor valor, que son nuevamente exportados a terceros países

El norte húmedo de Argentina es otra de las regiones boscosas que soportan la deforestación para crear espacios abiertos donde cultivar grandes extensiones de soja. En 2019 la superficie desmontada en las provincias de Santiago del Estero, Formosa, Chaco y Salta sumaron 80.900 hectáreas, según el análisis de fotos satélite de Greenpeace. En 2020 se llegó a las 114.700 hectáreas de bosque arrasado: un 41% más. “Las principales causas de la pérdida de bosques nativos son el avance de la frontera agropecuaria: ganadería y soja además de los incendios”, afirma la organización.

Base de la alimentación ganadera

La demanda de soja y su mercado están al alza, como describía el trabajo de Environmental Research. En 2020, recomenzó la escalada de precios que hizo que se pasara de 360 dólares por tonelada en el mes de abril a los 520 dólares por tonelada en diciembre, es decir, un encarecimiento del 44% en ocho meses. “Una cotización que no se registraba desde los máximos de 2012”, aclara el Ministerio de Agricultura que subraya que la soja “es uno de los principales productos agrarios importados por España”.

Efectivamente, España está entre los primeros puestos de la demanda europea. Importa más de cinco millones de toneladas de soja cada año, según los registros del Ministerio de Agricultura. Entre 2016 y 2020 las compras subieron un 9%: de 5,3 a 5,8 millones de toneladas entre habas y tortas de soja. Más de la mitad viene de Brasil (que es el país al que más importa productos agroalimentarios).

Y, casi toda la soja que entra en España, se usa para fabricar piensos para animales, no para comida o bebida humana. “Son la base proteica de la alimentación ganadera”, explican en Agricultura. Más de cuatro millones de toneladas de soja se utilizan todos los años para obtener alimentación animal. La producción total de piensos en España superó los 37 millones toneladas en 2020 por los 31 millones toneladas de 2015. El 96% es para ganado o aves, “animales de abasto” en terminología agropecuaria.

Sustento del 'boom' del porcino

El engranaje que une la soja suramericana con las explotaciones intensivas europeas está engrasada por corporaciones como Bunge o Cargill que controlan la cadena en la producción, transporte y transformación. Ambos gigantes, que aseguran que sus compromisos y código interno hacen que su soja sea “sostenible”, tienen plantas transformadoras de soja en puertos españoles para cerrar su negocio integrado: adquisición en el campo, transporte oceánico y transformación de las habas de soja en producto que marcha a los fabricantes de piensos.

En este sentido, más de la mitad de toda esa producción de pienso en España es comida para cerdos destinados al matadero, según refleja la recopilación de datos de fabricantes que realiza el Ministerio de Agricultura.

Es el sustento principal del boom del porcino que ha experimentado España al pasar en diez años de sacrificar 40,8 millones cerdos en 2010 a 56,4 millones en 2020. Cada vez se crían más animales en un número menor de explotaciones –más grandes– y con un volumen de exportación que se ha disparado. En 2020 las ventas a China subieron un 111% y más de 700.000 toneladas. Tres de cada cuatro toneladas de carne de cerdo exportadas por España fuera de la UE fue vendida a China aquel año (1,3 millones en total).

Isabel Fernández Cruz, de Ecologistas en Acción, analiza que “España se ha convertido en una maquila cárnica donde se reciben grandes cantidades de materias primas extranjeras baratas para ser transformadas en productos de mayor valor, que son nuevamente exportados a terceros países”. Y, muy crítica con este esquema, remata: “Este modelo conlleva graves impactos socioambientales, tanto en los lugares de cultivo de la soja, como en los territorios rurales ibéricos con la contaminación del agua, el aire, y la pérdida de biodiversidad”.

Grandes extensiones de bosque arden cada año en la Amazonía para que coman cerdos de macrogranja al otro lado del océano Atlántico, en Europa. Después, buena parte de la carne de los animales criados y sacrificados en grandes explotaciones de España, por ejemplo, acabará vendida a China.

Los datos que demuestran que las macrogranjas han llevado a España fuera de la legalidad ambiental

Saber más

La ganadería superintensiva, cuyo máximo exponente son las macrogranjas, ha acaparado el discurso público a partir de la manipulación de unas declaraciones del ministro de Consumo, Alberto Garzón, sobre los impactos ambientales de ese modelo de explotación. Sin embargo, la factura ecológica de esta fórmula de obtener carne comienza a muchos kilómetros al oeste: está directamente relacionada con la destrucción forestal en Brasil o Argentina. Los árboles se talan o abrasan para abrir espacio a los cultivos de soja con los que satisfacer la demanda de piensos que exige esa ganadería industrial.

Esta relación funesta está comprobada hasta tal punto que la Comisión Europea reconoce dónde recae parte del problema: “El consumo de la Unión Europea es un factor que influye de manera desproporcionada en la deforestación”, explica en el borrador de nuevo reglamento sobre comercialización de determinadas materias primas. Hasta ahora, a nivel europeo, varias de estas materias estaban bajo paraguas de compromisos voluntarios de los sectores implicados.

Los productos que se van a regular son: la madera, el ganado bovino, el aceite de palma, el cacao, el café y... la soja. La CE explica que, sin la normativa en elaboración, “el consumo y comercialización de estas seis materias primas provocaría para 2030 la destrucción de 248.000 hectáreas”.

La deforestación en la Amazonía de Brasil ya bate récords. El año pasado la tasa de destrucción subió un 20% respecto a 2020 y alcanzó los 13.250 km2. Es el tercer pico consecutivo de los últimos diez años desde que se registrara un mínimo en 2012. En ese periodo, la tasa de deforestación se ha incrementado un 186%, según los datos del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil.

Y, en gran medida, el cultivo industrial de soja está detrás: solo de 2006 a 2017, se plantaron, cada año, entre 600.000 y 1,9 millones hectáreas de soja en terreno deforestado en esa zona del planeta, según una investigación internacional publicada en febrero de 2020 en Environmental Research. La causa fue “el crecimiento global de la demanda, las fluctuaciones en la disponibilidad de capital y la oportunidad política”, decían los investigadores de varias universidades.

Y eso que una denominada moratoria de la soja –un compromiso voluntario de los comerciantes para rechazar soja obtenida en terrenos recientemente deforestados– ha conseguido “ayudar a reducir el 'clareamiento' directo para plantaciones”, detectaron estos científicos. Pero, al mismo tiempo, la agroindustria de la soja puso la vista en la sabana de El Cerrado brasileño que está comiéndose ahora sin mucho freno: la mitad del ecosistema se ha convertido ya en campo de cultivo.

España se ha convertido en una maquila cárnica donde se reciben grandes cantidades de materias primas extranjeras baratas para ser transformadas en productos de mayor valor, que son nuevamente exportados a terceros países

El norte húmedo de Argentina es otra de las regiones boscosas que soportan la deforestación para crear espacios abiertos donde cultivar grandes extensiones de soja. En 2019 la superficie desmontada en las provincias de Santiago del Estero, Formosa, Chaco y Salta sumaron 80.900 hectáreas, según el análisis de fotos satélite de Greenpeace. En 2020 se llegó a las 114.700 hectáreas de bosque arrasado: un 41% más. “Las principales causas de la pérdida de bosques nativos son el avance de la frontera agropecuaria: ganadería y soja además de los incendios”, afirma la organización.

Base de la alimentación ganadera

La demanda de soja y su mercado están al alza, como describía el trabajo de Environmental Research. En 2020, recomenzó la escalada de precios que hizo que se pasara de 360 dólares por tonelada en el mes de abril a los 520 dólares por tonelada en diciembre, es decir, un encarecimiento del 44% en ocho meses. “Una cotización que no se registraba desde los máximos de 2012”, aclara el Ministerio de Agricultura que subraya que la soja “es uno de los principales productos agrarios importados por España”.

Efectivamente, España está entre los primeros puestos de la demanda europea. Importa más de cinco millones de toneladas de soja cada año, según los registros del Ministerio de Agricultura. Entre 2016 y 2020 las compras subieron un 9%: de 5,3 a 5,8 millones de toneladas entre habas y tortas de soja. Más de la mitad viene de Brasil (que es el país al que más importa productos agroalimentarios).

Y, casi toda la soja que entra en España, se usa para fabricar piensos para animales, no para comida o bebida humana. “Son la base proteica de la alimentación ganadera”, explican en Agricultura. Más de cuatro millones de toneladas de soja se utilizan todos los años para obtener alimentación animal. La producción total de piensos en España superó los 37 millones toneladas en 2020 por los 31 millones toneladas de 2015. El 96% es para ganado o aves, “animales de abasto” en terminología agropecuaria.

Sustento del 'boom' del porcino

El engranaje que une la soja suramericana con las explotaciones intensivas europeas está engrasada por corporaciones como Bunge o Cargill que controlan la cadena en la producción, transporte y transformación. Ambos gigantes, que aseguran que sus compromisos y código interno hacen que su soja sea “sostenible”, tienen plantas transformadoras de soja en puertos españoles para cerrar su negocio integrado: adquisición en el campo, transporte oceánico y transformación de las habas de soja en producto que marcha a los fabricantes de piensos.

En este sentido, más de la mitad de toda esa producción de pienso en España es comida para cerdos destinados al matadero, según refleja la recopilación de datos de fabricantes que realiza el Ministerio de Agricultura.

Es el sustento principal del boom del porcino que ha experimentado España al pasar en diez años de sacrificar 40,8 millones cerdos en 2010 a 56,4 millones en 2020. Cada vez se crían más animales en un número menor de explotaciones –más grandes– y con un volumen de exportación que se ha disparado. En 2020 las ventas a China subieron un 111% y más de 700.000 toneladas. Tres de cada cuatro toneladas de carne de cerdo exportadas por España fuera de la UE fue vendida a China aquel año (1,3 millones en total).

Isabel Fernández Cruz, de Ecologistas en Acción, analiza que “España se ha convertido en una maquila cárnica donde se reciben grandes cantidades de materias primas extranjeras baratas para ser transformadas en productos de mayor valor, que son nuevamente exportados a terceros países”. Y, muy crítica con este esquema, remata: “Este modelo conlleva graves impactos socioambientales, tanto en los lugares de cultivo de la soja, como en los territorios rurales ibéricos con la contaminación del agua, el aire, y la pérdida de biodiversidad”.

Grandes extensiones de bosque arden cada año en la Amazonía para que coman cerdos de macrogranja al otro lado del océano Atlántico, en Europa. Después, buena parte de la carne de los animales criados y sacrificados en grandes explotaciones de España, por ejemplo, acabará vendida a China.

Los datos que demuestran que las macrogranjas han llevado a España fuera de la legalidad ambiental

Saber más

La ganadería superintensiva, cuyo máximo exponente son las macrogranjas, ha acaparado el discurso público a partir de la manipulación de unas declaraciones del ministro de Consumo, Alberto Garzón, sobre los impactos ambientales de ese modelo de explotación. Sin embargo, la factura ecológica de esta fórmula de obtener carne comienza a muchos kilómetros al oeste: está directamente relacionada con la destrucción forestal en Brasil o Argentina. Los árboles se talan o abrasan para abrir espacio a los cultivos de soja con los que satisfacer la demanda de piensos que exige esa ganadería industrial.