Una misión tripulada a Marte es un reto con múltiples desafíos tecnológicos. Para empezar, está la dinámica orbital. La Tierra y Marte solo se alinean favorablemente durante el periodo sinódico, que se produce cada 26 meses. Las ventanas de lanzamiento de una misión a Marte tienen que ajustarse a esa condición. Con los sistemas de propulsión química de los que disponemos actualmente, el viaje de ida duraría entre seis y nueve meses. Y, como Marte y la Tierra no vuelven a alinearse para el regreso hasta pasado un tiempo, una misión completa de ida y vuelta puede prolongarse entre dos y tres años, incluyendo el viaje de ida, la estancia y el regreso.
Precisamente porque un viaje tan largo plantea unas dificultades enormes, se están investigando alternativas de propulsión, como la nuclear térmica o la iónica, que permitirían acortar estos tiempos. Sin embargo, ninguna de esas soluciones está todavía suficientemente madura para plantear una misión tripulada.
Las dificultades que implican una misión de tanta duración son muchas. La primera es que la tripulación estaría sometida todo ese tiempo a la radiación cósmica, prácticamente sin protección al encontrarse fuera de la influencia del campo magnético terrestre. Además, está la ingravidez que, cuando se prolonga durante meses, provoca pérdida de masa ósea y muscular, redistribución de fluidos y alteraciones cardiovasculares, entre otros problemas. Las consecuencias físicas de permanecer tanto tiempo en esas condiciones serían muy importantes.
Sistemas de soporte vital extremadamente fiables
Hay también otros desafíos tecnológicos. Un viaje como este no podría reabastecerse a mitad del trayecto. Eso significa que habría que reciclar o abastecerse de toda el agua, los alimentos y el gas respirable para que la tripulación pueda sobrevivir durante toda la misión. Serían imprescindibles sistemas de soporte vital extremadamente fiables y capaces de funcionar durante años sin fallos.
En la actualidad, cada gramo que pones en el espacio supone un gran coste económico porque hace falta mucho combustible para transportarlo. Por eso se investiga cómo reducir al máximo el peso y el volumen de todo el avituallamiento necesario. Por ejemplo, se trabaja en alimentos deshidratados que pesan mucho menos y ocupan menor espacio.
También hay que tener en cuenta el factor psicológico, porque la tripulación deberá estar mucho tiempo en condiciones de aislamiento. Sí contamos con experiencia en misiones de otros tipos en los que las personas están aisladas durante largos periodos, como ocurre en las expediciones a la Antártida. Sin embargo, en esos casos, existe la posibilidad de contacto en tiempo real con los centros de operaciones. En una misión tripulada a Marte, las comunicaciones pueden tener retrasos de hasta 20 minutos. Eso quiere decir que la tripulación no podría contar con asistencia inmediata si surgiera cualquier problema.
Hasta aquí te he hablado del viaje, pero una vez llegada la misión a Marte, la situación no mejoraría. La atmósfera marciana tiene una presión equivalente aproximadamente al 1% de la terrestre y está compuesta principalmente por dióxido de carbono, que no es respirable. Como el cuerpo humano no está preparado para esa presión tan baja, las personas que llegaran a Marte necesitarían trajes presurizados para realizar cualquier actividad exterior.
Tampoco las condiciones de gravedad son las mismas que en la Tierra. La tripulación llegaría después de pasar meses en ingravidez y allí, en el planeta rojo, tendría que adaptarse a una gravedad equivalente al 38% de la terrestre. Todavía queda mucho por conocer sobre cómo respondería el organismo humano a esas condiciones.
Además, en la Tierra, contamos con el escudo del campo geomagnético. En Marte, ese campo desapareció hace unos 3.600 millones de años por lo que la radiación superficial es muy elevada. A ello se suma que su atmósfera es muy tenue, lo que da lugar a temperaturas extremas. En definitiva, tanto las condiciones del viaje como las de la estancia son muy hostiles. Cuando hablamos de una misión tripulada y no robótica, el margen de riesgo tiene que ser mínimo. El desafío tecnológico para lograrlo es inmenso y todavía nos queda dar un salto tremendo de madurez tecnológica para que los sistemas de respaldo sean totalmente fiables.
Por eso se está avanzando paso a paso. Antes de llevar seres humanos a Marte, se ha adquirido experiencia en la Estación Espacial Internacional (ISS) y ahora se están preparando nuevas misiones tripuladas a la Luna. La idea es utilizar estas misiones como banco de pruebas para validar tecnologías como los trajes o los sistemas de soporte vital.
Es natural que la humanidad quiera ir siempre un paso más allá y explorar nuevos horizontes. Esa aspiración ha impulsado algunos de los mayores avances científicos y tecnológicos de nuestra historia. En cuanto a la previsión sobre cuándo puede estar todo listo, es decir, cuándo dispondremos de una tecnología lo suficientemente fiable como para no poner en riesgo la vida de la tripulación, tengo que reconocer que hace unos 15 años se hablaba de 2030 como una fecha plausible. Sin embargo, ese horizonte no ha dejado de retrasarse, así que no me atrevo a aventurar cuándo será posible lanzar una misión tripulada a Marte.
En definitiva, la cuestión no es tanto si tendremos la tecnología necesaria para llegar a Marte, sino si esa tecnología habrá alcanzado el grado de madurez suficiente para asumir la enorme responsabilidad de enviar personas. Porque en una misión de este tipo el verdadero desafío no es solo llegar, sino hacerlo con un nivel de seguridad que haga aceptable el riesgo.
Marina Díaz Michelena es Jefa del Área de Magnetismo Espacial del Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial (INTA), donde lidera el desarrollo de tecnologías magnéticas para el sector espacial y la investigación en análogos terrestres de Marte como soporte a la exploración planetaria.
Coordinación y redacción: Victoria Toro
Pregunta enviada por Juan Luis Fernández.
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