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La miseria del franquismo aún escondida bajo tierra: “Mientras excavaba la tierra también lo hacía en la memoria”

En los últimos diez años, por las manos de Alfredo González Ruibal han pasado los vestigios de esa historia que no tiene espacio en los grandes anales: las botellas descorchadas por los militares triunfadores de la Guerra Civil en la última trinchera excavada durante la contienda y el agua de lluvia que caía en ese momento, las latas convertidas en tazas por los presos en los campos de concentración, los enseres que acompañaron a los fusilados ante la muerte, la vida repleta de misera de los perdedores. 

Su experiencia se convierte ahora en libro con País en ruinas. Historias enterradas de la España franquista (1939-1975) (Crítica, 2026). En la monografía, este arqueólogo e investigador del CSIC desentraña un pasado que todavía brota de entre la tierra en homenaje a aquellos represaliados para los que sobrevivir siempre supuso su continua batalla política.

González Ruibal es consciente de que revisar el pasado reciente es algo que hay que hacer con cautela, sobre todo cuando es traumático, vertebrado por una dictadura, por la privación de derechos y el sufrimiento de tanta gente. “Las protagonistas son ellas, las personas, la gente normal y corriente, de la que a veces nos olvidamos a la hora de hablar de la historia política y económica, incluso la historia de los movimientos sociales”, introduce el también Premio Nacional de Ensayo 2024 por Tierra arrasada: un viaje por la violencia del Paleolítico al siglo XXI (Crítica).

Sidra para los vencedores

Comenzar esta historia subterránea por el final de la Guerra Civil nos introduce en la última trinchera, justo donde la República capituló y firmó su rendición, cerca del lugar que hoy ocupa el intercambiador de Moncloa, en el frente de Ciudad Universitaria. “Tiene una potencia simbólica brutal porque ahí comenzó una dictadura que se alargaría casi 40 años, pero es un lugar que continúa olvidado, enterrado”, comenta. 

Parece que todo cupo en esa trinchera de 90 centímetros de ancho, incluso la fiesta de los vencedores. Así lo prueban las botellas de sidra y de vino con los que aquellos que impondrían su ideología reaccionaria durante décadas saludaron la llegada del nuevo régimen totalitario. “Por los restos sabemos que hicieron una especie de caldereta de cordero también. Con la retrospectiva del presente, podemos decir que después de aquella fiesta llegó una orgía de sangre, destrucción, hambre y sufrimiento”, apunta el investigador.

El enclave quedó sellado apenas unos días después de aquel 28 de marzo de 1939. Tan solo quedaban cuatro días para el último parte de guerra, el único firmado por Francisco Franco. “Ahí había galerías de minado, y la dictadura no quería que alguien pudiera utilizar los túneles para refugiarse”, explica González Ruibal. De esa campaña todavía queda algo por desentrañar. Se sabe por documentos gráficos que aquella jornada de rendición cayó una tormenta tremenda en la capital. “La trinchera quedó totalmente anegada por la lluvia y, al excavarla, encontramos una botella de sidra llena de agua. Es el agua de la lluvia que cayó sobre Madrid mientras la República se rendía”, ilustra el experto. En el CSIC están a la espera de realizar su análisis químico.

Las latas-taza, de Jadraque a Polonia

El siguiente pasaje no tiene lugar demasiado lejos. Estamos en Jadraque (Guadalajara), en uno de los tantos campos de concentración que el franquismo levantó tras su victoria para decidir el destino, siempre fatídico, pero en miles de casos con resultado de muerte, de sus prisioneros. Albergó a unas 4.000 personas y estuvo en funcionamiento no más de cuatro semanas, las suficientes para que los internos consiguieran convertir hasta ocho latas en tazas. “Les alimentaban a base de sopa o latas de conserva, pero no les daban cubiertos. Comían con las manos o de la olla. Deshumanizarles era parte de la lógica franquista”, comenta el arqueólogo.

También los guardas tiraban algún chusco de pan o cebollas para ver cómo se peleaban por ellas, tal y como recuerdan varios testimonios. “Estas tazas creadas con latas y un alambre que convertían en asa, auténticas obras de artesanía, muestran su capacidad de mantenerse dignos en última instancia”, añade.

El investigador del CSIC lleva a sus espaldas decenas de excavaciones de este cariz. En ninguna de ellas se ha encontrado objetos con estas características, aunque sí otros tantos artefactos elaborados a partir de latas. “De repente, vemos que a 3.000 kilómetros de distancia, en los campos en Polonia de prisioneros alemanes de la Primera Guerra Mundial, también están estas mismas latas. Queda la incógnita de si algún veterano de la Gran Guerra transmitió sus conocimientos en España a través de las Brigadas Internacionales, por ejemplo”, afirma González Ruibal.

Los objetos que cuentan la dignidad

Saber que uno va a encontrar la muerte le permite pocas cosas. Una de ellas es prepararse para lo que vendrá. Hubo gente que en esos momentos tan críticos decidió refugiarse en el amor y cariño, pero también en la compostura, sin dejar de portar aquello que les definía. El sonajero de Martín apareció junto al cuerpo de su madre, Catalina Muñoz, asesinada en septiembre de 1936. 

Él ya había escuchado sonar al juguete cuando tenía nueve meses y lo volvió a hacer 82 años después, cuando le devolvieron el objeto preciado. El arqueólogo detalla que “no hay un objeto que represente mejor la vesania y la maldad intrínseca de la dictadura que ese sonajero. Es nuestro contravalle de los caídos. Frente a ese monumento que levantaron para contar su película, nosotros tenemos el sonajero de Martín”.

Las zapatillas de Martina Barroso García, militante de las Juventudes Socialistas Unificadas condenada a muerte en 1939, se podrían decir que hasta hacen daño de la sensibilidad que transmiten. “Las hizo antes de ser fusilada para su sobrina Paloma. Es imposible verlas y no imaginarse a Martina en la cárcel, sabiendo que la matarán dentro de poco y utilizando sus últimos momentos para tejer a su sobrina”, explica el escritor. 

Bajo tierra se esconden elementos que contrarrestan, desde el silencio, la versión tan cacareada de los vencedores. La medalla de la Virgen de Genara Fernández García se recuperó junto a sus restos. “El franquismo necesitaba deshumanizar a sus víctimas, convertir a otro en satánico”, dice el arqueólogo. Sin embargo, uno de los objetos que con más frecuencia aparece junto a los cuerpos en las exhumaciones son crucifijos y medallas religiosas. “Podían ser de izquierdas, pero mantenían sus creencias. Lo que la dictadura siempre ocultó es que estaban masacrando a cristianos y católicos en masa”, añade.

José Alba Expósito decidió morir encorbatado. Ejecutado el 14 de enero de 1941, lo arrojaron en una fosa de 6,5 metros de profundidad en el cementerio de Paterna junto a otras 80 personas. Antes había pedido a su cuñado Julio que le llevara una camisa y una corbata. La familia no pudo recuperar entonces su cuerpo, pero sí la corbata, que entregó a su hermana, Serafina. Tras su muerte, el legado pasó a la hija mayor de José, Vicenta, y ahora cuelga del armario de su nieta, María José. “No hablamos del sufrimiento, sino de la dignidad y el heroísmo de llegar frente a un pelotón de fusilamiento con una camisa y la corbata”, apuntilla el investigador.

Excavar la memoria familiar

País en ruinas supone un viaje por el subsuelo de la historia silenciada. De las estratagemas de supervivencia y miseria en las chozas en las que vivían los familiares de aquellos condenados por el franquismo que sufrían trabajo esclavo, como sucedía durante la construcción de la basílica del valle de Cuelgamuros, a la genealogía del barrio de Vallecas estratificada bajo tierra en el único solar que queda sin construir, que habla de la pobreza de la clase obrera hasta casi el final de la dictadura. Todo lo aborda González Ruibal desde la sensibilidad y el rigor, sin obviar su propio abolengo.

“Mientras excavaba la tierra también lo hacía en la memoria familiar. Me percaté que parte de mi familia había salido muy beneficiosa económicamente por el franquismo”, reconoce. Introducir esta memoria particular en la publicación desde una perspectiva ligada a la “autoarqueología” tiene como objetivo acabar con ese tabú instaurado de que no se puede hablar de los perpetradores. “Hablemos de la gente a la que le fue bien, aquellos que perpetraron los crímenes. Hay que naturalizarlo. Es una deuda de aquellos que venimos de esas familias”, acepta, a pesar de que conocer las entrañas de los sectores acomodados siempre fue más complicado que las de aquellos que vivieron tocando la tierra con la planta de sus pies.