De prohibir pantallas a educar en su uso: el profesor de Zaragoza que plantea otra forma de integrar la tecnología en el aula
En pleno debate sobre el uso de pantallas en las aulas, con Aragón avanzando hacia su limitación a partir del próximo curso, una voz desde la propia práctica educativa introduce un matiz clave: el problema no es la tecnología, sino cómo se utiliza.
El profesor de Informática Cristian Ruiz, finalista al Global Teacher Prize 2026 —conocido como el “Nobel de la Educación”—, defiende que el reto no pasa por retirar dispositivos, sino por enseñar a usarlos de forma crítica, ética y responsable. “La clave es usar la tecnología cuando aporta valor”, resume.
Desde su experiencia en el Colegio Juan de Lanuza de Zaragoza, Ruiz ha desarrollado durante más de una década un modelo educativo basado en la idea de formar alumnado que no solo consuma tecnología, sino que la comprenda, la cuestione y sea capaz de crear con ella.
De hecho, el reconocimiento internacional a su trabajo no se limita al Global Teacher Prize, sino que el proyecto que dirige también ha sido seleccionado entre los mejores del mundo en el Global School Prize, donde figura como finalista en la categoría de mejor proyecto STEAM. Entre más de diez categorías, su propuesta se ha situado entre las cinco mejores del mundo en su ámbito, formando parte de los 50 centros educativos finalistas a nivel global.
Una visión que, sin embargo, todavía no ha logrado trasladarse de forma estructural al sistema público.
Entre la restricción y la educación digital
La reciente decisión del Gobierno de Aragón de limitar el uso de pantallas en las aulas responde a la preocupación creciente acerca de la sobreexposición digital y sus efectos en el desarrollo cognitivo y emocional del alumnado. La norma busca devolver peso a metodologías tradicionales y rebajar la dependencia tecnológica.
Pero para Ruiz, el riesgo está en caer en un péndulo educativo. “Hace unos años era tecnología para todo. Ahora parece que vamos hacia la prohibición. Y tampoco es eso”, advierte.
Su planteamiento introduce un enfoque intermedio basado en educar en el uso consciente. “No enseñamos tecnología a toda costa. Enseñamos tecnología y también a saber cuándo no usarla”, explica. En su centro, por ejemplo, el pensamiento computacional se trabaja en edades tempranas sin pantallas, a través de actividades manipulativas.
La tecnología, insiste, no debe ser un fin en sí mismo, sino una herramienta al servicio del aprendizaje. Y eso implica también incorporar una dimensión ética que, a su juicio, sigue ausente en muchos currículos.
No obstante, el impacto de la inteligencia artificial ha acelerado este debate. Para Ruiz, ya no basta con que el alumnado sea competente técnicamente, sino que necesita desarrollar pensamiento crítico ante herramientas cada vez más presentes en su vida cotidiana.
“Antes decía que no quería que fueran solo consumidores. Ahora quiero que sean consumidores críticos”, señala.
Ese cambio de enfoque conecta con la idea de que la educación digital no puede limitarse al manejo de dispositivos, sino que debe abordar los dilemas que plantea la tecnología, desde la privacidad hasta el uso responsable de la IA.
En este sentido, el profesor zaragozano defiende una “visión humanista” de la tecnología, donde el desarrollo técnico vaya acompañado de valores y reflexión. Una línea que, según explica, ha sido clave en el reconocimiento internacional de su trabajo.
Un modelo que no llega a todos
El principal problema, sin embargo, no es conceptual, sino estructural. Mientras algunos centros han podido desarrollar proyectos propios, el sistema público avanza más lentamente.
“La escuela pública es una maquinaria muy compleja”, reconoce Ruiz, que trabajó en ella durante sus primeros años. Las diferencias entre centros, contextos y recursos hacen difícil implementar cambios de forma homogénea.
Aun así, insiste en que la cuestión no es tanto económica como de enfoque. “No se trata de comprar mucha tecnología, sino de saber qué quieres hacer con lo que tienes”, subraya.
En paralelo, programas como Escuela 4.0 han dotado a los centros públicos de recursos tecnológicos, lo que genera una aparente contradicción con las políticas de limitación de pantallas. “Estamos dando herramientas para crear con tecnología y al mismo tiempo restringiendo su uso. Hay muchos matices ahí”, apunta.
Ruiz introduce además un elemento que suele quedar fuera del debate: el uso de la tecnología fuera del entorno escolar. “El problema no está tanto dentro del colegio como en lo que ocurre fuera”, afirma.
En su opinión, la escuela debería ser precisamente el espacio donde aprender a usar bien la tecnología, compensando un entorno digital muchas veces desregulado en el ámbito privado.
Por eso, defiende implicar también a las familias en este proceso. En su centro, talleres como “Robótica Familiar” permiten compartir ese aprendizaje y trasladarlo al hogar.
Más allá de las asignaturas, su propuesta pasa por integrar la tecnología en proyectos con sentido. Espacios de creación, radios escolares, talleres de robótica o proyectos audiovisuales forman parte de un modelo donde el alumnado utiliza la tecnología para resolver problemas reales y colaborar. “El objetivo es orientarlo hacia el bien común”, indica.
Una filosofía que conecta con la idea de fondo de que la educación tecnológica no puede ser neutra. Debe formar ciudadanos capaces de entender el mundo digital en el que viven y de intervenir en él de forma responsable.
Un debate abierto
Entre la restricción y la integración, la pregunta sigue abierta: ¿debe la escuela proteger al alumnado de la tecnología o prepararlo para convivir con ella?
Para Ruiz, la respuesta es clara: “La escuela tiene que enseñar a hacer un buen uso de la tecnología, porque es el mundo en el que viven”. Y ese aprendizaje, indica, no debería depender del tipo de centro en el que estudien.
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