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¿Para qué sirve la geocronología?

Alicia Medialdea Utande

5 de abril de 2026 21:32 h

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La geocronología es la ciencia que estudia la edad de los eventos que han quedado registrados en la Tierra. Cuando hablo de eventos me refiero a sucesos de cualquier tipo: geológicos, climáticos o geográficos, tanto causados por la naturaleza como por los seres humanos.

Por ejemplo: tormentas, cambios en el paisaje como deslizamientos de laderas, grietas que se abren por actividad sísmica, conchas fósiles que aparecen en un determinado sedimento. Todo esto deja una huella en la Tierra que nos permite fechar cuándo han sucedido estos eventos.

Estudiar y datar esas huellas sirve para establecer patrones que nos indiquen cómo ha evolucionado el paisaje. A veces, encontramos cosas que, en principio, parecen fuera de contexto, como un nivel de conchas de moluscos en lo alto de una montaña. Ese nivel nos está diciendo que, en algún momento, el mar estuvo a esa altura. Y es la geocronología la que hace posible poner fecha a ese momento.

Saber lo que ha sucedido en el pasado y reconocer los patrones que siguen estos eventos nos da información clave sobre el presente y el futuro. Por ejemplo, el cambio climático puede aumentar la frecuencia de inundaciones en un sitio determinado. Estas arrastran sedimentos que se depositan durante su transporte, es decir, sus efectos quedan registrados en la corteza terrestre. Datar estos sedimentos permite saber cuándo tuvo lugar cada inundación. 

Ahora que tenemos recientes las danas y las catástrofes que pueden ocasionar, es fácil entender la importancia de la geocronología. Esta ciencia permite reconstruir, por ejemplo, patrones de riadas para un río o cauce determinado. Para las más recientes podemos consultar los registros escritos, pero para las que sucedieron hace decenas o cientos de miles de años no tenemos periódicos; ahí es donde interviene la geocronología. Al reconstruir esos patrones a partir de los datos cronológicos podemos identificar, claramente, con qué frecuencia se han producido y si esa frecuencia está cambiando: si antes se producían cada 1.000 años y ahora, cada 50.

Para todo lo relacionado con los riesgos geológicos o climáticos, esta información es fundamental. Por ejemplo, si la geocronología nos indica que se producen movimientos sísmicos en una zona cada 500 años, probablemente, no sea el sitio ideal para construir un hospital.

Las herramientas de la geocronología para saber cuándo poner fecha a esos eventos son los diversos métodos de datación. Utilizamos unos u otros en función del rango de tiempo en el que nos movamos y de qué material estemos estudiando.

El carbono 14, o radiocarbono que es el más conocido, se utiliza para moluscos, huesos, etc. es decir, restos orgánicos (o que lo fueron en algún momento) y abarca hasta los 40 000 años.

Contamos también con el método de nucleidos cosmogénicos con el que se puede datar cuánto tiempo lleva expuesta una cara de una roca a los rayos cósmicos. Por ejemplo, en un temblor sísmico, una roca puede desprenderse y rodar ladera abajo. Con este método podemos establecer cuándo sucedió eso y, además, alcanza escalas de millones de años.

Otro método es el paleomagnetismo que se basa en los cambios de polaridad del campo magnético terrestre a lo largo de la historia. El paleomagnetismo no proporciona una edad absoluta de años pero sí permite situar los materiales en determinados periodos. En Atapuerca, por ejemplo, se utiliza mucho para acotar edades: saber si algo es más antiguo o más reciente que un determinado cambio de polaridad. 

La datación por luminiscencia y la resonancia paramagnética nos indican cuándo los granos de cuarzo de un sedimento estuvieron expuestos a la luz solar por última vez antes de quedar enterrados. Esto ocurre, por ejemplo, en una inundación, donde los sedimentos se transportan y finalmente, se acumulan y quedan enterrados.

La datación por luminiscencia es un método especialmente potente porque cubre un rango muy amplio. Se puede aplicar a eventos tan recientes como 100 años, lo que permite contrastar los resultados con escritos históricos y se extiende hasta los 300 000 años e incluso, con condiciones óptimas, alcanzar los 600 000 años de antigüedad. Y, por su parte, la resonancia paramagnética, aunque no permite datar eventos recientes sí alcanza hasta varios millones de años, ampliando aún más, la ventana temporal de estudio. 

Alicia Medialdea Utande es investigadora en el Laboratorio de Datación por Luminiscencia del área de Geocronología en el Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana (CENIEH).

Coordinación y redacción: Victoria Toro.

Pregunta enviada vía email por Nicolás Pérez Remiro.

Investigadoras al rescate es un consultorio científico semanal, patrocinado por el programa L’Oréal-Unesco ‘For Women in Science’ y por Bristol Myers Squibb, que contesta a las dudas de lectores y lectoras sobre ciencia y tecnología. Son científicas y tecnólogas, socias de AMIT (Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas), las que responden a esas dudas. Envía tus preguntas a nosotrasrespondemos@gmail.com o por Bluesky o Instagram como #investigadorasalrescate.