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El Vaticano nombra 'ministras' de la Iglesia mientras mantiene la puerta cerrada al sacerdocio para las mujeres

Jesús Bastante

en religiondigital.com —
20 de agosto de 2026 21:21 h

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Quienes paseen hoy en día por muchos de los palacios curiales más importantes, se encontrarán en sus pasillos unos espacios que hasta hace poco no existían: baños femeninos. El aumento de mujeres en los espacios de poder vaticanos y en los dicasterios —ministerios— como Doctrina de la Fe u Obispos, cuyos mármoles solo eran pisados tradicionalmente por hombres, ha llevado a adaptar estos edificios a una nueva realidad, que aún se resiste por otros frentes de la Iglesia, como el sacerdocio.

Lo que es un hecho cuantificable es que cada vez hay más mujeres en el Vaticano. La tendencia comenzó durante el pontificado de Francisco y, por ahora, León XIV está siguiendo sus pasos. Cuando Bergoglio legó al mando en 2013, apenas un 13% del funcionariado vaticano eran mujeres. En 2024, la cifra llegó al 24% y hoy es ya el 26%. Una de cada cinco personas que trabaja en la Iglesia es una mujer.

La cuestión de fondo es si ha mejorado realmente la situación de la mujer en la Iglesia católica, si los cambios son puramente cosméticos o si estos supondrán reformas significativas en una institución eminentemente patriarcal. El Estado vaticano es fiel reflejo de una situación enquistada desde 1.700 años, cuando, tras el Concilio de Nicea, se pusieron las bases de lo que hoy es la Iglesia: liderada por hombres —desde hace un milenio, célibes, porque antes los curas podían casarse—, y en el que las mujeres han estado, históricamente, relegadas a puestos de servicio, condenadas a ser consideradas ‘ciudadanas de segunda’.

Desde hace años, la situación parece estar experimentando algunos cambios, en buena medida gracias al impulso de asociaciones como La Revuelta de Mujeres en la Iglesia. Con todo, el horizonte de una “Iglesia de igual” se vislumbra lejano, en una institución en la que, paradójicamente, más de la mitad de sus miembros —el 60%— son mujeres.

Es un hecho, también, que el acceso de las mujeres a puestos de responsabilidad está aumentando. A día de hoy, hay tres ‘prefectas’ (ministras), una categoría históricamente reservada a cardenales. Francisco abrió el camino al nombrar a la religiosa italiana Simona Brambilla como prefecta del dicasterio de Vida Religiosa, encargada de liderar el ‘ejército’ de unos 650.000 religiosos y religiosas en todo el mundo. La decisión suscitó tal polémica interna que Bergoglio tuvo que nombrar a un cardenal, el salesiano español Ángel Fernández Artime, como co-prefecto —segundo de a bordo— para presidir celebraciones litúrgicas o sacramentales, uno de los grandes espacios reservados al hombre en la Iglesia.

León XIV ha estabilizado la presencia de mujeres prefectas, nombrando, casi de una tacada, a dos de ellas. Una de ellas, además, es la primera laica. Se trata de la mexicana Montse Alvarado, nueva ‘ministra’ de Comunicación del Vaticano. La última, la salesiana Alessandra Smerilli, nueva prefecta del dicasterio para el Desarrollo Humano, una suerte de Ministerio de Asuntos Sociales del Vaticano.

Además, Francisco nombró a la primera mujer presidenta de la gobernación del Estado de la Ciudad del Vaticano y de la Comisión Pontifica de la Ciudad del Vaticano. Otra monja, Raffaella Petrini. Pese a ello, Prevost tuvo que derogar una ley vaticana que impedía a una mujer formar parte de la Comisión Pontificia de la Ciudad del Vaticano, dadas las trabas puestas a la que, en la práctica, es la ‘alcaldesa’ del pequeño Estado.

Mujeres, sí; progresistas, no

Con todo, excepto en el caso de Brambilla, todos los altos cargos femeninos ocupan carteras sin peso ‘sacramental’, como podría ser los de Obispos, Doctrina de la Fe o Liturgia, donde la presencia femenina es, salvo excepciones, testimonial. Una de ellas es la teóloga laica argentina Emilce Cuda, secretaria de la Comisión para América Latina, dependiente del dicasterio de Obispos, o la secretaria general del Sínodo, la religiosa francesa Nathalie Becquart. Excepto en el caso de Cuda, una decisión personal del Papa Francisco, —y tal vez el de Becquart— el resto de designadas no pueden ser catalogadas de 'progresistas’.

De hecho, la noticia del nombramiento de Alvarado, saludado casi unánimemente como un paso histórico, por ser mujer, y laica, no esconde el hecho de que la periodista era la presidenta y directora de operaciones de EWTN, uno de los grupos de comunicación ultracatólicos más relevantes del mundo. La nueva dircom del Papa, además, forma parte del ultraconservador Acton Institute de Robert Sirico y el Wall Street Journal la definió como “defensora de todas las religiones en primera línea de las guerras culturales de Estados Unidos”. Mujeres sí, pero conservadoras, también.

“En lo referente a la mujer, cada paso cuesta un mundo. Estamos intentando que no haya que dar marcha atrás antes de continuar”, se justifica un cardenal de la Curia, a preguntas de elDiario.es, añadiendo que, desde hace dos años, las mujeres —y los laicos varones— pueden votar en los sínodos, algo que nunca había pasado. En todo caso, también resulta un hecho que la entrada de mujeres en puestos de responsabilidad es algo que molesta, y mucho, en la estructura vaticana. “En la Iglesia, las puertas tienen el inconveniente, o la oportunidad, de que, una vez abiertas, es muy difícil cerrarlas”, asume.

Tal vez por ello se ha cerrado, al menos por el momento, la que permitiría a las mujeres ejercer como diaconisas, el paso previo al sacerdocio. Una práctica que, como está ampliamente demostrado, sí llevaban a cabo en las primeras comunidades cristianas.

No puedo imaginar cómo una Iglesia puede seguir existiendo a largo plazo si la mitad del pueblo de Dios sufre por no tener acceso al ministerio ordenado

En el interior del Vaticano temen que abrir el camino hacia lo sacramental —el diaconado ya forma parte del ministerio sacerdotal, junto al sacerdocio o el orden episcopal— lleve, tarde o temprano, a aceptar la posibilidad de mujeres sacerdotisas. Una realidad que, sin embargo, está muy presente en otras confesiones cristianas, evangélicas o en la Iglesia de Inglaterra, donde la mismísima arzobispa de Canterbury, la cabeza de la Iglesia Anglicana, después del rey —antes la reina—, es desde hace unos meses Sarah Mullally.

Francisco, que pasará a la historia por las reformas implantadas en la Iglesia, se cerró en banda a siquiera debatir el sacerdocio femenino. León XIV no parece, por el momento, dispuesto a abrir el melón. Sin embargo, algunos líderes eclesiásticos, como el relator general del sínodo, el cardenal luxemburgués Hollerich, se posicionaban a favor de la presencia de mujeres en el altar. “No puedo imaginar cómo una Iglesia puede seguir existiendo a largo plazo si la mitad del pueblo de Dios sufre por no tener acceso al ministerio ordenado”, apuntaba el purpurado, quien añadía que “no es solo una exigencia de algunas asociaciones de mujeres de izquierda”. “Cuando hablo con las mujeres de las parroquias, el 90% comparte esta opinión”, añadió.

Durante la pasada misa del Papa en Cibeles, el colectivo Revuelta de Mujeres en la Iglesia se hizo presente, reclamando la plena igualdad. “Queremos una Iglesia de iguales, no queremos una Iglesia de poderosos”, reivindicaba la teóloga y activista Teresa Casillas. “Jesús no fundó una Iglesia, sino una comunidad de iguales”, explicó, mientras lamentaba que, junto a León XIV se mostraban centenares de casullas de sacerdotes, únicamente varones, “mostrando su poder”, cuando muchas mujeres también sienten la vocación sacerdotal. Cada 8M, en todas las diócesis españolas, la Revuelta organiza concentraciones “hasta que la igualdad se haga costumbre”. Una igualdad que, a día de hoy, está muy lejos de lograrse. Y mucho menos tras los muros vaticanos.

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