Un estudio plantea que artistas de la antigua China usaron sangre humana para conservar sus pinturas durante 2.000 años
Cada verano, los acantilados de Huashan reciben lluvias monzónicas, humedad extrema y temperaturas que superan los 40 °C, mientras dos o tres tifones castigan cada año esta zona del sur de China.
Para unas pinturas expuestas al aire libre desde hace más de 2.000 años, el escenario parece poco amable con cualquier pigmento, pero buena parte del rojo continúa adherida a la caliza a decenas de metros sobre el suelo. Esa resistencia, casi cabezona frente al clima, ha llevado a estudiar de qué estaba hecha la pintura y cómo logró permanecer allí.
La sangre creó una barrera mineral sobre la roca
El estudio publicado en Journal of Archaeological Science atribuye esa conservación a un aglutinante elaborado con mortero de cal y sangre, capaz de fijar el pigmento rojo a la roca mediante una estructura mineral. Los investigadores de la Universidad de Shandong concluyeron que las proteínas de la sangre participaron en la formación de carbonato cálcico alrededor de las partículas de pigmento. El resultado fue un material orgánico y mineral que quedó unido a la superficie de caliza y protegió la hematita durante siglos.
La elaboración de estas figuras exigía algo más que subir materiales por paredes escarpadas, porque el nuevo análisis señala un conocimiento técnico preciso en la preparación y aplicación de la pintura. Los artistas tenían que preparar el aglutinante, incorporar el material orgánico y extender el pigmento cuando el mortero aún conservaba parte de su humedad.
Esa secuencia obliga a revisar la idea de Huashan como una obra definida ante todo por la cantidad de mano de obra necesaria para alcanzar los paredones y transportar pintura.
El suero humano plantea una posible función ceremonial
Las proteínas de suero humano detectadas mediante análisis proteómico abren además una posible dimensión ritual para la sangre empleada en el mortero, aunque su procedencia exacta no ha podido establecerse. Los autores plantean que parte de esa sangre pudo proceder de mujeres que habían dado a luz, una hipótesis relacionada con las descripciones históricas de los Luoyue como una sociedad matrilineal y con el papel de la fertilidad femenina en su vida ritual. Esa posibilidad mantiene separados el dato químico confirmado y la interpretación cultural propuesta por los investigadores.
Para estudiar las pinturas sin dañarlas, el equipo recogió fragmentos desprendidos al pie de tres enclaves de Huashan y examinó las capas conservadas mediante varias técnicas de laboratorio. Utilizó microscopía electrónica, espectroscopía Raman, análisis infrarrojo y proteómica para identificar tanto los componentes minerales como los restos orgánicos. El procedimiento permitió trabajar sobre material ya caído de los acantilados y evitar la extracción de muestras de las imágenes todavía adheridas a la roca.
El paisaje rupestre de Huashan se extiende unos 260 kilómetros junto al río Zuojiang, en Guangxi, cerca de la frontera china con Vietnam, y reúne más de 80 enclaves con miles de figuras. Las escenas muestran personas, animales, barcos, armas e instrumentos musicales y fueron realizadas aproximadamente entre el siglo V a. C. y el siglo II d. C. Los Luoyue son considerados de forma general sus autores, y el conjunto forma parte desde 2016 del Paisaje Cultural del Arte Rupestre de Zuojiang Huashan reconocido por la UNESCO.
Los materiales locales explican dos milenios de conservación
La composición de la pintura revela por último cómo los recursos locales pudieron convertirse en un sistema de fijación capaz de atravesar dos milenios de exposición al clima. El pigmento procedía de arcilla roja rica en nanohematita, mientras el mortero incluía cal apagada, fosfato cálcico y sangre.
Los investigadores proponen que primero se extendía esa base sobre la caliza y después se aplicaba la arcilla roja antes de que secara por completo. Al reaccionar la cal con el dióxido de carbono del aire, se formaba carbonato cálcico alrededor de los granos de pigmento, y las proteínas favorecían una estructura densa que los encerraba y los unía al acantilado.
Esa técnica explica por qué la pintura permaneció integrada en una capa mineral resistente frente a lluvias, calor y tormentas durante más de 2.000 años.