Muchos antes que Marco Polo, los primeros relatos de viajes los escribió una mujer gallega
A la hora de echar la vista atrás y tratar de rescatar la vida y las aventuras de los primeros viajeros, aparece el nombre de una mujer que, mucho antes de que Marco Polo recorriera la Ruta de la Seda o que los grandes exploradores se lanzaran a los océanos, ya había dejado testimonio de una hazaña sin precedentes en el siglo IV. Y es que Egeria, intrépida viajera de los albores de la Edad Media, redactó la que hoy muchos expertos consideran la primera crónica escrita de viajes de la historia de las letras hispanas. Su relato, conocido como Itinerarium Egeriae, no es un frío documento administrativo, sino una narración llena de frescura y ojos curiosos que observan un mundo en plena transformación litúrgica y política. En una época donde el privilegio de viajar estaba reservado a los hombres, ella rompió todas las barreras sociales.
La figura de Egeria representa el anhelo de conocimiento y la fe que mueve montañas a través de peligrosos desiertos. Aunque su nombre ha llegado hasta nosotros con variantes como Etheria o Aetheria, la identidad de esta mujer sigue envuelta en un fascinante halo de misterio y debate académico. La mayoría de estudios la sitúan como una dama oriunda de la antigua Gallaecia, en el noroeste de la Península Ibérica, posiblemente de la comarca de El Bierzo. Algunos investigadores sugieren que podría haber sido pariente de algún personaje poderoso, como el emperador Teodosio el Grande. Esta condición le permitió contar con salvoconductos y ser recibida con honores por obispos y autoridades locales en cada parada. No era una viajera común, sino una figura de renombre que despertaba respeto allá por donde pasaban sus sandalias y su curiosidad. Su origen gallego es motivo de orgullo y símbolo de la valentía de un pueblo que ya en el siglo IV se lanzaba al mundo.
La historia de Egeria estuvo a punto de perderse en el olvido del tiempo, permaneciendo en silencio durante casi 1.500 años en bibliotecas monásticas. No fue hasta 1884 cuando el estudioso italiano Gian Francesco Gamurrini descubrió un códice medieval en la biblioteca de Arezzo, en Italia. Este manuscrito del siglo XI, copiado probablemente en el monasterio de Montecassino, contenía el relato de un viaje que inicialmente se atribuyó a otra persona. Sin embargo, el hallazgo posterior de una carta del abad Valerio a los monjes de El Bierzo permitió confirmar la verdadera autoría de Egeria. El texto recuperado no está completo, pues le faltan las páginas iniciales y finales, pero lo que sobrevive es suficiente para entender su voz.
Se trata de todo un testimonio excepcional que emergió de la oscuridad para revolucionar nuestra comprensión de la literatura de viajes y la vida femenina antigua. Gracias a este descubrimiento tardío, hoy podemos reconstruir los pasos de una mujer que se adelantó a su tiempo con su pluma. Porque el viaje de Egeria no fue un simple paseo, sino una aventura gigantesca que la llevó a recorrer más de cinco mil kilómetros utilizando un burro como transporte. Su ruta comenzó en los confines de Hispania, cruzando los Pirineos y siguiendo la Vía Domitia hacia el norte de Italia y Constantinopla.
A partir de ahí, Egeria se dirigió a los escenarios bíblicos más emblemáticos, incluyendo Jerusalén, donde estableció su base de operaciones durante tres años. Visitó el monte Sinaí, el monte Nebo, el río Jordán y se adentró en las tierras de Egipto para conocer a los anacoretas del desierto. Su curiosidad la llevó incluso a Mesopotamia y a las fronteras de lo que hoy es Siria e Irak, buscando las huellas de Abraham. Cada etapa del Itinerarium detalla paradas, distancias y encuentros, convirtiéndose en un mapa vivo de la geografía sagrada del siglo IV. Egeria no solo caminaba para llegar, sino que caminaba para conocer y documentar cada rincón de los Santos Lugares.
Viajar en las postrimerías del Imperio Romano de Occidente implicaba enfrentarse a dificultades físicas y peligros constantes que hoy apenas podemos imaginar. Egeria se movía a través de una red de calzadas romanas todavía operativas, pero en zonas inestables requería de escoltas militares para su protección. Su relato menciona que fue recibida por comunidades cristianas, monjes y eremitas que le ofrecían hospitalidad y guía espiritual en los caminos. La logística humana era fundamental, apoyándose en hospicios y en la red de comunicaciones oficial que facilitaba el movimiento de personas de su rango. A pesar de los riesgos de asaltos o el agotamiento físico, su fortaleza espiritual y su valentía la mantuvieron en pie durante años de periplo.
Egeria, lógicamente, no contaba con mapas digitales ni reservas, pero sí con una paciencia infinita y una red de apoyo eclesiástica que la consideraba una celebridad. Su viaje demuestra que, con los recursos adecuados y una voluntad inquebrantable, las fronteras del mundo antiguo eran permeables. Lo más conmovedor del texto de Egeria es que no fue escrito para la posteridad académica, sino para un círculo íntimo de mujeres en su tierra natal. Dirigía sus palabras a sus “venerables señoras y hermanas”, tratándolas con expresiones de profundo cariño y cercanía espiritual en cada misiva. El estilo de su escritura es directo y familiar, similar a lo que hoy serían crónicas de viaje compartidas con amigas para que vivieran su aventura. Utiliza un lenguaje sencillo, alejándose de los formalismos fríos para centrarse en lo que ella misma denomina su “ilimitada curiosidad”. Esta estructura de cartas permite al lector actual sentir la emoción de sus descubrimientos y la fatiga de sus jornadas a través de los desiertos.
Detalladas descripciones
Lo que describe Egeria es un viaje sola con su séquito, pero su mente y su corazón están siempre conectados con aquellas que aguardan noticias en Hispania. Su obra es, en esencia, un acto de generosidad intelectual para compartir la belleza y la sacralidad de lo que sus ojos veían. Para los historiadores y estudiosos de la religión, el relato de Egeria es una fuente de valor incalculable que funciona como un vídeo antiguo. Sus detalladas descripciones de la liturgia en Jerusalén durante la Semana Santa y la Pascua son únicas en su género para el siglo IV. Narra con precisión los horarios de las ceremonias, los cantos utilizados, los recorridos procesionales y la fisionomía de los lugares santos antes de su transformación.
Gracias a su pluma, conocemos cómo era la vida monástica en Egipto y Palestina, así como la organización de las primeras comunidades cristianas. No se limita a lo religioso: también observa el funcionamiento de las ciudades, la geografía y las tradiciones locales con una mirada analítica. Su testimonio permite asomarse a un mundo que estaba configurando sus ritos actuales, ofreciendo un puente directo hacia la cristiandad primitiva. Egeria documentó una realidad que, sin su intervención, habría quedado desdibujada por el paso de los siglos y las guerras posteriores.
Egeria se define a sí misma por su curiosidad insaciable, un rasgo que la identifica como una viajera moderna en el sentido más pleno de la palabra. No se contentaba con oír relatos ajenos, sino que necesitaba ver, preguntar y experimentar por sí misma cada lugar mencionado en las escrituras. Su valentía es notable, pues enfrentarse a un viaje de años por regiones inestables requería de una fortaleza mental y física extraordinaria. Poseía una vasta cultura, dominaba el griego y tenía conocimientos geográficos y literarios que la diferenciaban de la mayoría de sus contemporáneas. Su espíritu inquieto la llevó a buscar no solo monumentos, sino encuentros personales con eremitas y anacoretas que vivían en los márgenes de la sociedad. Para ella, el viaje era un medio de aprendizaje vital y una forma de devoción activa que no conocía el miedo al cansancio. Su figura rompe el mito de la mujer medieval recluida y silenciosa, mostrándonos a una protagonista activa y decidida.