¿Cómo se esfuman 23 millones de peces en el mar en segundos? Todo apunta a una caza a gran escala
Las apariencias engañan cuando se observa a un pez que suele asociarse con la pesca y la alimentación humana, porque ese mismo animal puede actuar como un depredador masivo dentro del ecosistema ártico. El bacalao, que a menudo se percibe como un recurso comercial, despliega comportamientos de caza coordinados cuando encuentra concentraciones densas de presas en mar abierto.
Esa capacidad depende de cómo responde a cambios en el entorno, sobre todo cuando otra especie se agrupa en grandes números durante su ciclo reproductivo. En ese contexto, el ecosistema ártico funciona como un espacio donde pequeñas variaciones en el comportamiento de los peces provocan respuestas rápidas en otras especies. Esa dinámica convierte al bacalao en un depredador que puede alterar en pocas horas la distribución de millones de individuos de otras poblaciones.
Los científicos describen una lucha masiva entre especies marinas
Un estudio publicado en Nature Communications Biology, recogido por el MIT y el Norwegian Institute of Marine Research, describe cómo millones de bacalaos consumieron en pocas horas más de diez millones de capelanes en el mar de Barents.
La investigación documenta ese episodio con datos recogidos mediante técnicas acústicas y lo sitúa en el año 2024 como el mayor evento de depredación observado hasta ahora en el océano. Los investigadores detallan que esa interacción no responde a un ataque aislado, sino a una respuesta colectiva entre depredadores y presas que cambia en cuestión de horas la relación entre ambas especies.
El trabajo del MIT y del instituto noruego analiza cómo se organizan estos encuentros a gran escala y explica que los peces reaccionan a señales compartidas en el entorno. Nicholas Makris, profesor de ingeniería mecánica y oceánica en el MIT, explicó en un comunicado del instituto que “es la primera vez que vemos una interacción depredador-presa a una escala enorme”.
También añadió que “estamos observando una batalla coherente de supervivencia que ocurre en una escala descomunal”. Esa descripción se apoya en datos recogidos durante una expedición científica frente a la costa de Noruega.
Una tecnología acústica permitió seguir a millones de peces
Para registrar ese comportamiento, el equipo utilizó el sistema OAWRS, una técnica de teledetección acústica que envía ondas sonoras en todas direcciones y recoge su respuesta con receptores distribuidos en el mar. Ese método permite cartografiar miles de kilómetros cuadrados casi en tiempo real y diferenciar especies gracias a sus características físicas.
Makris explicó que “los peces tienen vejigas natatorias que resuenan como campanas”, lo que permite distinguir al bacalao, con una señal más grave, del capelán, con una respuesta más aguda. Esa capacidad hizo posible seguir el movimiento de millones de individuos de ambas especies.
Un banco enorme quedó reducido a la mitad en cuatro horas
El comportamiento observado se relaciona con la migración del capelán, que cada febrero se desplaza desde el borde del hielo hacia la costa noruega para desovar. Durante ese trayecto, los peces suelen nadar de forma dispersa hasta que alcanzan una densidad suficiente que los lleva a formar grandes bancos.
Ese cambio actúa como una señal que atrae al bacalao, que responde agrupándose también en grandes cantidades. Ambos movimientos ocurren en cuestión de horas, lo que genera zonas de actividad intensa donde depredadores y presas se concentran en el mismo espacio.
Cuando se forma ese banco, el número de individuos alcanza cifras muy altas. En el episodio analizado, los científicos estimaron que unos 23 millones de capelanes se agruparon en una extensión de decenas de kilómetros. Frente a ellos, alrededor de 2,5 millones de bacalaos organizaron su propio grupo y comenzaron a alimentarse.
En solo unas cuatro horas, consumieron cerca de 10,5 millones de capelanes, una cantidad que redujo casi a la mitad el banco inicial. Esa rapidez muestra cómo un cambio en la organización del grupo puede traducirse en una pérdida masiva de individuos.
La población total puede absorber pérdidas si hay varios grupos
Este tipo de interacción se produce en un entorno que ya está cambiando por el aumento de la temperatura del agua. El desplazamiento del borde del hielo hacia el norte obliga tanto al capelán como al bacalao a recorrer mayores distancias entre sus zonas de alimentación y reproducción.
Esa modificación altera la frecuencia con la que se encuentran y puede aumentar la intensidad de estos episodios. Además, el capelán sirve de alimento a otras especies, como mamíferos marinos y aves, por lo que cualquier variación en su número afecta a todo el ecosistema.
El evento registrado se considera el mayor observado hasta ahora, tanto por el número de animales implicados como por la extensión del área cubierta. Los investigadores subrayan que, a pesar de la magnitud, el banco atacado representaba solo el 0,1% del total de capelanes que desovan en la región. Eso indica que la población general puede absorber este tipo de pérdidas cuando existen múltiples grupos distribuidos en el espacio.
Sin embargo, el estudio advierte de que esa situación cambia cuando disminuye el número de concentraciones disponibles. Makris señaló que “cuando una población está al borde del colapso, aparece un último gran banco, y cuando ese grupo desaparece, la población se hunde”. Esa observación desmuestra que hay una necesidad de vigilar de forma continua estos procesos para entender cómo evolucionan las especies en un entorno cada vez más inestable.