El qimmeq no es solo un perro: es el último rastro vivo de una migración milenaria por el Ártico

Las patas se clavan en la nieve helada con una cadencia que no se rompe ni ante las ráfagas. La fricción del trineo se arrastra por la superficie blanca mientras los arneses tensan el lomo de cada animal, encadenados entre sí con la única meta de avanzar.

Los perros de trineo, criados para soportar jornadas intensas y temperaturas extremas, han sido esenciales para la vida humana en los territorios árticos. Su labor va más allá del transporte: también guían, detectan presas y marcan rutas en medio del hielo. En algunas regiones, esta forma de movilidad continúa vigente como parte de una cultura que aún resiste. En Groenlandia, una raza ancestral mantiene ese vínculo con el pasado intacto.

Un estudio publicado en Science ha reconstruido la historia genética del qimmeq, el perro groenlandés que ha convivido con las comunidades inuit desde hace al menos un milenio. El equipo, liderado por Tatiana Feuerborn desde el National Institutes of Health, analizó muestras de 92 ejemplares, tanto modernos como antiguos, para compararlos con más de 1.900 genomas caninos previamente secuenciados.

La investigación confirmó que este tipo de perro conserva aún gran parte de su identidad genética original, con escasas influencias externas. A diferencia de otras razas de trabajo, el qimmeq se ha mantenido estable en sus funciones y en su entorno, lo que le ha permitido sobrevivir adaptado a unas condiciones que no admiten errores.

La relación entre los inuit y sus perros revela una migración más temprana desde Siberia de lo que se pensaba

Además de los datos recogidos en Groenlandia, el estudio incluyó restos encontrados en prendas de vestir tradicionales confeccionadas con pelo de perro y restos óseos procedentes de yacimientos arqueológicos. A partir de ese cruce de información, el grupo de investigación pudo observar cómo la población de estos animales refleja con exactitud los movimientos humanos en el Ártico. Feuerborn explica en el artículo que “los perros de trineo de Groenlandia no solo representan la raza más antigua de perros de tiro, sino que probablemente sean la más antigua en general”.

La genética del qimmeq también ha ofrecido pistas relevantes sobre la llegada de los inuit a Groenlandia. Al trazar las similitudes con perros antiguos hallados en Siberia y Alaska, los resultados apuntan a una migración más temprana de lo que se pensaba. En palabras de la investigadora, recogidas por Science, “esta es una de las primeras pruebas cuantificables que refuerzan esa hipótesis”.

Ese avance por el norte del continente americano, desde Asia hasta la costa oriental de Groenlandia, habría tenido lugar entre hace 800 y 1.200 años. La migración fue rápida y los perros acompañaron a sus dueños sin interrupciones, dejando una huella genética continua. La distribución del qimmeq, además, coincide con la organización territorial de los asentamientos indígenas, divididos en cuatro núcleos: norte, oeste, este y noreste.

El linaje que se conserva en la zona noreste ha permitido documentar indirectamente la existencia de un grupo humano apenas registrado por la arqueología. Aunque casi no se han encontrado restos materiales, el análisis genético de sus perros ha aportado información clave sobre esa comunidad desaparecida.

La supuesta mezcla con lobos o razas europeas queda descartada por completo en los análisis recientes

El estudio también desmiente algunas creencias locales, como la supuesta hibridación del qimmeq con lobos salvajes para aumentar su fuerza. Según las conclusiones del equipo, los ejemplares analizados muestran niveles similares de parentesco con lobos que cualquier otra raza ártica. Tampoco se ha detectado rastro de ascendencia europea a pesar del prolongado contacto con potencias coloniales. Esa resistencia genética convierte al qimmeq en un caso excepcional dentro del mundo canino.

En un momento en que el uso de trineos tradicionales está en declive por la popularización de vehículos motorizados, el riesgo de desaparición de esta raza se ha vuelto más evidente. La pérdida de sus funciones en las comunidades ha reducido drásticamente su número en las últimas décadas. Sin embargo, su conservación genética podría servir de base para reforzar las estrategias de protección de una de las razas más antiguas que se conocen.