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La otra ‘Frida Kahlo’ que la historia relegó al olvido: la pintora mexicana que entendía la belleza como algo “doloroso y abrumador”

Andrea Blez

18 de mayo de 2026 19:30 h

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Su nombre es posible que no te suene, pero su legado ha quedado en las mujeres artistas que han venido después. Y es que, si hablamos de pintoras mexicanas, la primera que nos viene a la mente es Frida Kahlo, pero al mismo tiempo existió también una figura que como ella también exploró el autorretrato, el cuerpo femenino y la identidad, aunque cada una con su personalidad artística.

Hablamos de Carmen Mondragón, que fue más conocida como Nahui Olin, que pintora y poeta tuvo una trayectoria que más tarde fue relegada al olvido, pero cuya figura vive un momento de recuperación y reivindicación y que se pudo evidenciar con la retrospectiva que le dedicó el Museo Nacional de Arte de México en 2018.

Temprano inicio en el arte

Carmen Mondragón nació el 8 de julio de 1893 en la ciudad de Mexico, en el seno de una familia acomodada, en concreto como hija del general Manuel Mondragón, hombre importante del que fuera presidente del país Porfirio Diaz, pero que fue una de las figuras más odiadas de la Revolución mexicana debido a que tuvo un papel central en el golpe de Estado que culminó en la Decena Trágica, uno de los momentos más violentos de este período.

Debido a la situación económica de su familia, la joven gozó de una educación privilegiada y vivió gran parte de su infancia en Francia, donde desarrolló una faceta artística en varias disciplinas como la escultura, escritura o pintura, con un talento natural para la música y que le llevó a escribir sus propias piezas de piano.

A Francia volvería después de casarse a los 19 años con el también pintor Manuel Rodríguez Lozano, que formaba parte del movimiento artístico de ‘Los Contemporáneos’ y que la llevó a relacionarse con nombres como Picasso, Braque o Matisse, siendo clave este contexto para comenzar a centrarse en la pintura. Carmen Mondragón se trasladó a España, en concreto a San Sebastián, al estallar la Primera Guerra Mundial y aquí comenzó a pintar, aunque también fue cuando falleció su primer y único hijo de asfixia a los pocos meses de vida, en extrañas circunstancias debido a diferentes versiones contradictorias.

De Carmen Mondragón a Nahui Olin

Todo cambiaría al regresar a México en 2021, cuando ella conocería al también pintor Dr. Atl (seudónimo de Gerardo Murillo) con quien vivió una historia de amor tormentosa, que los llevó a protagonizar escenas en las calles de la ciudad y muchos altibajos, viviendo ambos además en un convento de la capital. Él sería el encargado de bautizarla como Nahui Olin, que venía a significar los cuatro movimientos del sol, un hecho que la describía mejor, todo ello al mismo tiempo que moría su padre, lo que dio lugar como una especie de nueva vida dejando su pasado atrás.

Desde aquí crecería su trayectoria artística y la llevaría a encontrar su propio lugar. Una obra en la que predominan los colores vibrantes, personajes expresivos, y en la que entraba lo que ella entendía como arte: una forma de expresión simbólica, que aportó también al simbolismo latinoamericano, retratando escenas cotidianas y festivas de México.

Pero uno de los temas principales de la carrera de Nahui Olin fue la libertad sexual e identidad femenina, algo que la llevó a ser una revolucionaria en este aspecto, usando su cuerpo como medio para evidenciarlo. Por ello, la artista usó su propia sexualidad, con imágenes provocadoras y algunas de ellas siniestras, pues ella entendía que la belleza tenía “un ingrediente doloroso y abrumador”. No le importaba mostrar su cuerpo desnudo, a la vez que reivindicaba la mujer como individuo ante la tradición y machismo de su México natal de entonces. A esto se suma que fue una de las grandes musas de la época, para pintores y muralistas como Diego Rivera, Jean Charlot o el propio Gerardo Murillo.

Como Frida Kahlo, con la que se relacionó junto a otras mujeres como Tina Modotti, Dolores del Río o Antonieta Rivas Mercado, exploró también el autorretrato, con sus ojos verdes y grandes como elemento diferenciador. Khalo y Olin son dos caras de un mismo fenómeno, siendo ambas pioneras del replanteamiento del papel de la mujer en la sociedad mexicana, pero con mayor reconocimiento y fama para la primera, mientras la segunda moriría en el olvido.

Y es que, durante sus últimas décadas, la artista se refugió en la vieja casa de sus padres rodeada de docenas de gatos y solo con visitas ocasionales de sus sobrinas o alumnos de la escuela donde daba clases de arte: “Independiente fui, para no permitir pudrirme sin renovarme; hoy, independiente, pudriéndome me renuevo para vivir”, llegó a expresar antes de su muerte el 23 de enero de 1978. Lejos quedaba la figura que fue, cuando en 1945 expuso por última vez abrumada por sus problemas personales, pobreza y la pérdida de su entonces pareja Eugenio Agacino, lo que la sumió en la depresión.