El primer paseo espacial prometía ser épico y acabó siendo un catálogo de fallos que nadie había previsto
El cuerpo humano no está hecho para flotar sin apoyo en un vacío que lo arrastra en cualquier dirección. El cordón umbilical de los astronautas aparece como el único elemento que evita que se alejen sin control mientras trabajan fuera de una nave en el espacio.
Esa línea de unión no solo mantiene la posición, también permite respirar y comunicarse con el interior. Sin ese sistema, un pequeño empujón, aunque fuera mínimo, bastaría para perder el contacto y quedar a la deriva sin una forma de volver. Todo depende de esa conexión que actúa como ancla y como vía de vida al mismo tiempo.
Leonov afrontó una salida histórica que pronto se complicó
Esa dependencia de estar atado se hizo evidente cuando Alexei Leonov realizó el primer paseo espacial, según la NASA, y tuvo que enfrentarse a una cadena de fallos que pusieron su vida en peligro desde el primer momento fuera de la nave.
El cosmonauta salió al exterior unido por un cable a la cápsula Voskhod y permaneció unos diez minutos flotando antes de intentar regresar. Desafortunadamente para él, lo que parecía una operación controlada se transformó en una situación límite cuando su traje empezó a deformarse por la presión.
El problema no era menor porque el traje se infló hasta cambiar su forma y dejó de ajustarse al cuerpo. Leonov explicó a la BBC que “mi traje se estaba deformando, mis manos se habían salido de los guantes y mis pies de las botas”. Esa pérdida de ajuste le impedía moverse de forma adecuada y complicaba el regreso a la nave.
Para cubrir la distancia hasta la escotilla tuvo que enrollar el cordón en el brazo y recuperar el control poco a poco. El margen de tiempo se reducía, además, porque la nave estaba a punto de entrar en la sombra de la Tierra y la visibilidad iba a desaparecer.
El descenso obligó a pilotar sin ayuda tras fallar el sistema
La situación empeoró cuando, ya dentro del sistema de retorno, falló el mecanismo automático que debía activar la reentrada. Leonov y el comandante Pavel Belyayev se vieron obligados a manejar los retrocohetes sin precedentes de ese tipo. Tenían que ajustar el ángulo con precisión porque un error podía hacer que rebotaran en la atmósfera o que impactaran con demasiada fuerza. La maniobra funcionó y lograron iniciar el descenso, aunque sin saber el punto exacto en el que iban a aterrizar.
Antes de todo eso, el propio paseo espacial ya había marcado un hito al ser la primera vez que un ser humano salía al vacío sin protección estructural alrededor. Leonov flotó unido a la nave por ese cordón que actuaba como única referencia mientras se alejaba unos metros. La experiencia duró apenas unos minutos, pero dejó claro que trabajar fuera de una nave exigía soluciones que en ese momento aún no estaban desarrolladas. Eso significa que lo que hoy se considera una tarea habitual nació en condiciones muy precarias.
Tras el descenso, la cápsula terminó en una zona remota de Siberia. Los dos cosmonautas enviaron su posición codificada y pasaron la noche en condiciones de frío extremo dentro del módulo. Al día siguiente, un equipo de rescate llegó con material básico.
Leonov contó a la BBC que “aterrizaron a nueve kilómetros y llegaron con esquís”. También explicó que montaron una pequeña cabaña y calentaron agua en un caldero para poder lavarse antes de salir de la zona. La evacuación final se hizo también con esquís hasta un helicóptero.
Leonov arriesgó su vida al reducir presión dentro de la escotilla
Antes de ese aterrizaje, el momento más crítico había llegado dentro de la escotilla. El plan inicial era entrar con los pies por delante, pero el volumen del traje lo hacía imposible. Leonov decidió liberar aire para reducir la presión interna sin avisar al control en tierra, una acción arriesgada que le provocó sensaciones de hormigueo propias de la descompresión.
Aun así, logró reducir el tamaño del traje lo suficiente como para intentar otra maniobra. Entró de cabeza y, ya dentro, tuvo que girar el cuerpo en un espacio mínimo para cerrar la escotilla. Ese movimiento, comparado con intentar ponerse boca abajo en un espacio muy reducido, le permitió sellar la nave y volver con vida junto a su compañero.