¿Quién fue el primer turista estadounidense que llegó a Shangri-La? La historia arranca con un déspota tibetano y una silla de montar

El acceso no estaba asegurado y cada paso dependía de la voluntad de otros. Joseph Rock avanzó hacia Muli con la sensación de que cualquier error podía dejarlo fuera o peor, atrapado sin salida en un territorio que no conocía.

El viaje exigía negociar con intermediarios, cargar equipos pesados y cruzar zonas donde mandaban hombres armados. Rock entró con miedo porque sabía que no había rutas seguras ni autoridad estable. Aun así siguió adelante, consciente de que aquel aislamiento también guardaba lo que buscaba.

Las crónicas de Rock alimentaron una imagen idealizada

Ese avance incierto no era una sensación exagerada, porque el terreno al que entró el aventurero en 1924 funcionaba bajo reglas propias y cambiantes. Llegó a Muli como explorador de National Geographic y se encontró con un principado lamaísta aislado, gobernado con autoridad absoluta.

Su trabajo no se limitó a recoger plantas, también dejó constancia de monasterios, pueblos y formas de vida en Yunnan y Sichuan. Ese conjunto de textos salió después de la región y alimentó una imagen que acabaría asentándose fuera. El lugar existía, pero lo que se contó sobre él cogió otro rumbo.

Las crónicas de Rock ayudaron a construir el escenario que más tarde aparecería en Horizontes perdidos, la novela de 1933 de James Hilton donde se menciona por primera vez Shangri-La. El escritor se apoyó en fuentes diversas, aunque varios estudios apuntan a esos reportajes como referencia principal.

En esa obra aparecía un reino remoto, difícil de alcanzar, con monasterios sobre alturas abruptas y un poder que reunía hospitalidad con control férreo. Incluso el elogio que Rock hizo del paisaje como un “valle paradisíaco” encajaba con esa imagen que luego se popularizó. El resultado de Hilton fue un lugar imaginado que parecía real, porque realmente era real aunque su nombre no fuera ese.

El gobernante reunía hospitalidad y control absoluto

En Muli, ese equilibrio entre fascinación y dominio tenía un nombre propio. Xiang Cicheng Zhaba gobernaba como lama-rey y concentraba autoridad religiosa y control total del territorio. Recibía a su invitado estadounidense con banquetes y regalos mientras mantenía a campesinos encerrados en mazmorras bajo tierra.

Rock lo describió como corpulento y afable en apariencia, aunque su forma de gobernar dejaba claro que nadie podía salir sin permiso. La relación entre ambos se movía entre cortesía y necesidad, ya que cada uno dependía del otro para mantener su posición. Uno conseguía mobilidad y seguridad mientras que el otro obtenía acceso a tecnología y cierta conexión con el exterior.

Con el paso del tiempo, ese cruce entre el relato y la realidad dio pie a interpretaciones nuevas. Ted Vaill y Peter Kilka, cineastas y también exploradores, defendieron que el Shangri-La de Hilton podía situarse en Sichuan, cerca del monte Jambeyang, tras comparar elementos del libro con la geografía de la zona. Si eso fuera cierto las montañas Kunlun quedarían descartadas.

A partir de ahí, distintos lugares en Yunnan y Sichuan empezaron a presentarse como ese destino, incluso Zhongdian adoptó oficialmente el nombre de Shangri-La en 2001. El interés turístico creció y las rutas organizadas se multiplicaron, algo que el propio Hilton no había previsto. El mito pasó a formar parte de la economía local.

Los objetos recibidos simbolizaban la experiencia vivida

En medio de ese intercambio inicial hubo objetos que condensaron toda esa relación. Xiang ofreció a Rock varios regalos, entre ellos un cuenco de oro, una piel de leopardo y una silla de montar tibetana. Esa silla, sin grandes adornos, tenía valor dentro del contexto local y servía tanto para desplazarse como para mostrar una buena posición.

Rock la guardó durante décadas. Al principio era solo una herramienta, una pieza útil que había utilizado en ese lugar, pero con el paso del tiempo dejó de ser un objeto práctico y pasó a tener otro valor. Se convirtió en una prueba verídica de su estancia allí, algo que podía mostrar y que sostenía su propio relato.

A medida que esa historia se difundía, la pieza empezó a vincularse con la idea de Shangri-La en colecciones y relatos, como si ese objeto material diera forma a un lugar que muchos solo conocían por lo que se contaba.

La realidad mostraba castigos duros bajo una apariencia amable

Ese símbolo no se puede separar de lo que ocurría alrededor. El mismo gobernante que entregaba regalos mantenía un sistema de castigos duros y control absoluto sobre la población. Las prisiones llenas y las restricciones de movimiento formaban parte del día a día, algo que Rock observó aunque lo contara con cierta distancia. Esa tensión desmonta la idea de un paraíso tranquilo y muestra un territorio atravesado por jerarquías y violencia. La imagen ideal, según las crónicas, convivía con una realidad mucho más dura.

El viaje que llevó a Rock hasta allí también explica cómo logró entrar. Había sido contratado por National Geographic y se movía con una caravana grande, cargada con cámaras, bienes de valor y obsequios para negociar su paso. Esa estrategia le permitió cruzar zonas dominadas por señores de la guerra y autoridades religiosas.

El despliegue impresionó al lama-rey, que vio en él tanto una oportunidad como un visitante útil. Así se abrió la puerta a un territorio que, en aquel momento, casi nadie de fuera había alcanzado.