Los robots ya entrenan en artes marciales y aprenden más rápido que los humanos: la ventaja está en sus sensores

Héctor Farrés

12 de enero de 2026 13:32 h

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Los conflictos entre seres con distintas formas de inteligencia rara vez se resuelven por consenso. La supremacía se define por la capacidad de controlar el entorno y, sobre todo, por quién puede destruir antes la infraestructura del otro. Si las máquinas decidieran enfrentarse a los humanos, la batalla no se libraría en trincheras, sino en redes eléctricas, satélites y sistemas de comunicación. Los ataques se ejecutarían a miles de kilómetros mediante drones, enjambres de microbots o algoritmos que inutilizarían centrales nucleares y redes de defensa. Los humanos, dependientes de la conectividad, caerían ante un enemigo que no necesita descanso ni alimentación.

Y si el conflicto llegara al cuerpo a cuerpo, el resultado sería igual de desigual: los robots no sienten dolor, no se fatigan y aprenden de cada golpe recibido. Con ello, el combate físico dejaría de ser un asunto de fuerza y se convertiría en una demostración de cálculo y precisión, en la que las máquinas llevarían ventaja desde el primer movimiento.

El control del cuerpo artificial se apoya en sensores y aprendizaje continuo

El robot humanoide H2 de Unitree, presentado en un vídeo difundido por la empresa, mostró su capacidad para ejecutar movimientos de artes marciales con precisión y fuerza, lo que evidenció el nivel de desarrollo alcanzado por la robótica en un recién estrenado 2026. En las imágenes, el modelo de 1,80 metros giraba sobre sí mismo, lanzaba patadas al aire y golpeaba objetos suspendidos sin perder el equilibrio. Estas demostraciones, que combinan potencia y coordinación, ilustran cómo la ingeniería china ha avanzado en la integración entre inteligencia artificial y hardware dinámico, una unión que permite a las máquinas realizar tareas antes exclusivas del cuerpo humano.

Los progresos en manipulación y equilibrio han sido esenciales para alcanzar esa destreza. Los sistemas de control de fuerza y los sensores de presión repartidos por las articulaciones del H2 permiten ajustar cada movimiento al entorno. Este tipo de precisión es el resultado de algoritmos de aprendizaje corporal que imitan los reflejos humanos y de una mecánica de respuesta que regula el esfuerzo en tiempo real.

Otras compañías, como Boston Dynamics o AgiBot, experimentan con modelos que pueden correr, girar y adaptarse a terrenos irregulares sin intervención humana. Esa capacidad de adaptación física, fruto de la IA incorporada al movimiento, es la que acerca a los robots a un terreno hasta hace poco reservado a la biología.

La demostración técnica deja dudas sobre su utilidad real para las personas

Sin embargo, la espectacularidad de estas demostraciones plantea una duda que nunca termina de resolverse: ¿para qué sirve enseñar a un humanoide a practicar artes marciales? Las empresas justifican estos ejercicios como pruebas de coordinación, equilibrio y reacción ante estímulos complejos. Dicen que un robot que puede girar en el aire y calcular la trayectoria exacta de una patada puede también aprender a esquivar obstáculos o sujetar objetos frágiles. La industria defiende que el aprendizaje físico en entornos de riesgo proporciona información valiosa para tareas futuras en logística o rescate. Pero el público percibe otra cosa: máquinas que aprenden a golpear.

El contraste entre la agilidad demostrada y la falta de utilidad práctica alimenta el escepticismo. Aunque los humanoides avanzan en fuerza y control, siguen teniendo dificultades para manipular objetos pequeños o responder a imprevistos. La rutina de un hogar o un taller exige movimientos menos espectaculares, pero mucho más finos. Doblar una prenda, poner platos a lavar o abrir una puerta requiere una comprensión del entorno que aún está fuera del alcance de la mayoría de estos robots. Además, los costes de producción mantienen a estas máquinas lejos del uso cotidiano, pese a los intentos de abaratar modelos como el H2.

Esa brecha entre la espectacularidad de los movimientos y la aplicación real alimenta tanto la fascinación como el temor por lo que está por venir. Las imágenes ejemplifican que el progreso técnico puede derivar en poder físico y que ese poder, en manos de sistemas autónomos, plantea un dilema. Si una guerra entre humanos y máquinas llegara a ocurrir, las armas serían digitales, pero los reflejos aprendidos en esos laboratorios servirían para decidir el resultado. Y así, los mismos movimientos que hoy se celebran como acrobacias de ingeniería podrían convertirse mañana en la base de una fuerza capaz de superar a su creador.