Hay recuerdos que no se borran aunque uno quiera. Unas veces porque duelen; otras porque se vuelven parte de aquello que nos ha conformado como sociedad. Yo tenía trece años en 1976. Vivía en el barrio obrero de Arana. Y aún hoy me resulta imposible separar mi propia memoria de la memoria colectiva de Vitoria‑Gasteiz. La ciudad que conocemos no puede entenderse sin aquel clima de miedo, sin aquella Policía omnipresente que pretendía silenciar cada gesto de protesta, sin unos barrios tomados por la fuerza y, aun así, llenos de vecinos que reclamaban lo básico: dignidad.
Pero hay un día que sobresale entre todos los demás. Es el 3 de marzo. La matanza que marcó no solo mi adolescencia, sino el pulso entero de esta ciudad. La rabia y la tristeza que envolvieron Vitoria‑Gasteiz entonces no se disiparon con el paso del tiempo; se incrustaron en nuestra forma de mirar el presente y de imaginar el futuro.
Hoy, medio siglo después, existe un consenso claro entre historiadores: lo ocurrido en aquella iglesia de Zaramaga no fue un error. Fue la decisión deliberada de sofocar, a sangre y fuego, una protesta pacífica. Fue también un mensaje político dirigido a quienes imaginaban que, tras la muerte del dictador, empezaba a abrirse paso un país distinto. El régimen dijo entonces que el cambio tendría límites. Y los impuso matando.
Por eso, llegar al 50 aniversario no es un mero ejercicio conmemorativo. Es un examen de madurez democrática. Nos obliga a preguntarnos qué hacemos hoy con ese legado, qué hemos aprendido de él y, sobre todo, qué no estamos dispuestos a seguir permitiendo como sociedad.
Durante años, demasiados, el Estado español ha evitado mirar de frente aquellos hechos. La ausencia de reconocimiento y de reparación forma parte también de la herida. Por eso en Álava tuvimos que dar pasos que otros no dieron. En 2008, la Norma Foral 18/2008 reconoció a las víctimas del 3 de marzo indemnizaciones idénticas a las del terrorismo. Fue una decisión pionera, valiente, impulsada desde la Diputación Foral de Álava y que culminó con resoluciones emitidas en 2009. Antes incluso, en 2005, ya habíamos otorgado la Medalla de Álava a la Asociación de Víctimas del 3 de marzo. No lo hicimos por generosidad, sino por justicia.
Ese compromiso no ha cesado. En 2023 dimos un paso relevante con la creación de la Fundación Martxoak 3 Memoriagune Fundazioa, un espacio que busca preservar la memoria de las víctimas, la lucha obrera y el significado profundo de lo que ocurrió aquel día. Porque las sociedades que no preservan su memoria acaban repitiendo aquello de lo que un día quisieron huir.
El aniversario que conmemoramos este año debería servir para reafirmar tres principios esenciales.
Verdad. Aún no la conocemos por completo. La ciudadanía tiene un derecho irrenunciable a acceder a los documentos que siguen bajo secreto. Es urgente desbloquear la Ley de Información Clasificada y permitir por fin la desclasificación de los informes que pueden responder a la pregunta más dolorosa: quién dio las órdenes.
Memoria. El olvido es el mayor enemigo de la libertad. Recordar no es un acto de nostalgia, sino un acto de defensa democrática. Por eso las instituciones alavesas estaremos presentes en todos los actos que dignifiquen el recuerdo.
Y reconocimiento. La memoria no puede ser propiedad de nadie. Su instrumentalización política solo sirve para dividir y expulsar. La participación conjunta de instituciones, Iglesia y asociaciones memorialistas debe garantizar un relato inclusivo, de ciudad, que reconozca la aportación de quienes protagonizaron aquellas movilizaciones, sin apropiaciones ni fronteras artificiales.
El 50 aniversario del 3 de marzo no debe ser un ritual más en el calendario. Debe convertirse en un legado compartido, capaz de reconciliar, de integrar y de reconocer a quienes, con su lucha, ayudaron a construir la Vitoria‑Gasteiz en la que hoy vivimos. Porque la memoria no es solo una deuda con el pasado: es una responsabilidad con el futuro.
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