Sevillana y de origen humilde, llegó a ser reina andalusí y una de las poetisas más importantes del siglo XI

Itimad no fue solo una musa, sino una creadora con voz propia en un mundo de hombres

Alberto Gómez

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La historia de la Sevilla andalusí no se entiende sin la figura de Itimad Al Rumaikyya, mujer de origen humilde nacida a principios del siglo XI. Conocida inicialmente como Romaiquía por ser esclava de un amo llamado Rumayk, su vida transcurría entre labores cotidianas, llegando a trabajar incluso con los mozos de cuadra encargados de la remonta de las bestias. Fue en este entorno de sencillez donde comenzó a forjar una personalidad alegre e ingeniosa que cautivaría a la corte sevillana. Pese a su condición servil, Itimad demostró desde muy joven una predisposición natural para la lírica y el dominio del lenguaje. 

De hecho, las crónicas árabes coinciden en describirla como una muchacha bellísima que poseía una gracia especial en sus réplicas. Esta joven sevillana, que espiaba curiosa al príncipe Muhammad entre los juncos, estaba destinada a transformar su destino de forma radical, convirtiéndose de lavandera y esclava en una de las figuras más fascinantes de la historia de al-Andalus.

El encuentro legendario entre Itimad y el joven príncipe Muhammad, futuro rey Al-Mutamid, es uno de los pasajes más románticos de la literatura andalusí. Se cuenta que el príncipe paseaba por la orilla del río improvisando versos cuando una brisa rizó la superficie del agua. Al-Mutamid recitó: “El viento ha tejido en la superficie del agua una cota de malla”, esperando que su acompañante completara la rima. Fue entonces cuando la voz de Itimad surgió de la nada para replicar con genialidad: “¡Qué hermosa coraza, si se solidificara!”. El príncipe quedó prendado no solo de su belleza, sino de su capacidad intelectual para el arte de la improvisación poética.

Ambos se volvieron inseparables, iniciando una relación que mezclaría la pasión y el respeto intelectual

Aunque existen dudas sobre si este suceso ocurrió en el Guadalquivir o en el río de Silves, el impacto fue definitivo. Muhammad decidió comprarla a su antiguo dueño y llevarla consigo al palacio de la Alcazaba. Desde aquel momento, ambos se volvieron inseparables, iniciando una relación que mezclaría la pasión y el respeto intelectual. Este episodio marcó el inicio de su ascenso desde la esclavitud hasta el trono del reino más poderoso de la época.

Tras su unión con el príncipe, Itimad adoptó el nombre que la consagraría en la historia y que incluso inspiraría el sobrenombre real de su esposo. Muhammad estaba tan enamorado de ella que formó su nombre real, Al-Mutamid, a partir del cuerpo consonántico de Itimad, que significa pilar o apoyo. Como única esposa legítima del monarca y madre de sus numerosos hijos, recibió el título honorífico de al-Sayyida al-Kubra, la Gran Señora. A pesar de su ascenso al poder, Itimad nunca olvidó sus raíces sevillanas y mantuvo siempre una actitud cercana y jovial en la corte. Tuvo al menos nueve hijos varones, a quienes Al-Mutamid nombró gobernadores de importantes provincias como Córdoba, Murcia o Algeciras. Su papel en la dinastía Abadí fue fundamental, no solo como consorte, sino como una influencia constante en las decisiones del reino. Su nombre quedó así ligado para siempre al esplendor cultural de la Sevilla del siglo XI, el periodo de mayor expansión del reino abadí. 

Itimad destacó como una de las poetisas más importantes e ingeniosas de su centuria, participando activamente en las tertulias cortesanas. En una sociedad donde la poesía era un entretenimiento popular, ella sobresalió por su capacidad expresiva y sus dotes líricas. Se conservan versos suyos apasionados e impetuosos, algunos de los cuales recurrían a sofisticadas metáforas inspiradas en la retórica coránica. Su marido le dedicó numerosos poemas de amor, y ella respondía con la misma intensidad, demostrando una inteligencia viva y suspicaz. Las fuentes la describen como una mujer culta y de conversación agradable, capaz de rivalizar con los mejores vates de al-Andalus. 

No solo escribía sobre amor, sino que sus réplicas rápidas y salidas felices eran celebradas en toda la corte sevillana. Esta vena poética se transmitió a su descendencia, pues varios de sus hijos, como la princesa Buzayna, también fueron poetas destacados. Su legado literario, aunque fragmentado, es un testimonio del papel activo de la mujer en la alta cultura andalusí. Itimad no fue solo una musa, sino una creadora con voz propia en un mundo de hombres.

La vida de Itimad en palacio estuvo jalonada por anécdotas que reflejan su carácter antojadizo y el profundo amor que le profesaba Al-Mutamid. Una de las leyendas más famosas narra que la reina se entristeció por no haber visto nunca la nieve en su tierra. Para complacerla, el rey mandó plantar una inmensa arboleda de almendros en las laderas de la sierra de Córdoba. Así, cuando los árboles florecieron en febrero, el paisaje se cubrió de un manto blanco que emulaba la nieve soñada. Otra historia cuenta que, al ver a unas mujeres pisando barro, Itimad recordó con nostalgia sus días de pobreza y quiso imitarlas. Al-Mutamid, para evitar que se manchara con lodo común, hizo llenar una alberca con perfumes, canela, clavo y agua de rosas. Mezclado con estos ingredientes preciosos, se creó un “barro” aromático que la reina pudo pisar alegremente junto a sus hijas y amigas. 

Sin embargo, la influencia de Itimad sobre el rey no estuvo exenta de críticas por parte de los sectores más conservadores de la sociedad. Los alfaquíes, jueces religiosos de la época, la acusaron injustificadamente de provocar la decadencia moral del reino y de distraer al monarca. Se decía que su búsqueda constante de placeres y festejos era la causa de que se descuidaran las obligaciones religiosas y militares. Algunas fuentes tardías incluso la culparon de la ruina final de la dinastía Abadí, tachándola de ser una influencia corruptora. No obstante, las pruebas arqueológicas ofrecen una visión muy distinta de su figura y su compromiso con la fe. En Sevilla se conserva una lápida del año 1085 que conmemora la construcción de un alminar para una mezquita por orden suya. Esta inscripción demuestra que Itimad fue una mujer piadosa que invirtió sus recursos en obras religiosas y sociales para la ciudad. 

De la opulencia a la pobreza

Asimismo, se cuenta que se opuso valientemente a la obligatoriedad del velo, logrando que las mujeres pudieran prescindir de él. Itimad fue, por tanto, una reina que no cedió ante las presiones de los detractores de su palacio. Sin embargo, el destino de la Gran Señora cambió dramáticamente en 1091, cuando las tropas almorávides conquistaron Sevilla y pusieron fin al reino abadí. Al-Mutamid y su familia fueron hechos prisioneros y obligados a abandonar su amada ciudad en medio del dolor del pueblo. Itimad no se separó de su esposo y lo acompañó fielmente al destierro en el norte de África, compartiendo su desgracia. Pasaron de la opulencia de los palacios sevillanos a la miseria y la pobreza extrema en la localidad marroquí de Agmat. 

En su nueva existencia, la que fuera reina andalusí tuvo que trabajar como hilandera para poder ganar el sustento de su familia. Sus hijos también sufrieron las consecuencias de la caída: algunos murieron en combate y otros, como Buzayna, fueron capturados y vendidos como esclavos. Durante estos años amargos, solo encontraban consuelo en las visitas de antiguos poetas amigos que acudían a presentarles sus respetos. Itimad demostró una fortaleza ejemplar al compartir con Al-Mutamid tanto los días de dicha como los de desolación absoluta. Su vida en África fue un triste epílogo para una de las reinas más brillantes de la historia.

Itimad falleció en 1095, pocos meses antes que su esposo, cuando contaba con poco más de cincuenta años de edad. Sus restos reposan junto a los de Al-Mutamid en un modesto mausoleo en Agmat, al sur de Marraquech. Una lauda en su tumba recuerda que fue la esposa fiel que compartió la vida del rey tanto en la gloria como en el infortunio. Durante siglos, sus sepulturas fueron simples montones de piedras en una colina, hasta que en 1967 se erigió el monumento actual. El amor entre Muhammad e Itimad ha pasado a la posteridad como un símbolo de la cultura y la sensibilidad andalusí. Su historia ha inspirado canciones, novelas y leyendas que han mantenido vivo su recuerdo a través de los siglos.

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