Hay reglas que separan a unas pocas del resto. Siete mujeres en todo el mundo tienen permiso para desafiar el negro en el Vaticano, ese negro que impone el protocolo cuando alguien se presenta ante el Papa. Pueden vestir de blanco, sin romper la norma, porque forman parte de una lista cerrada y casi inalterable.
Es una concesión que el Vaticano otorga solo a determinadas soberanas católicas como muestra de gratitud por la lealtad histórica de sus casas reales a la Iglesia. Este privilegio excepcional, nacido a comienzos del siglo XIX y cargado de simbolismo religioso, ya ha dejado algunas imágenes que definen una tradición que sigue viva en pleno siglo XXI.
El estricto código vaticano exige el negro prácticamente siempre
La misa de inicio del pontificado del nuevo papa León XIV fue el primer gran acto en el que doña Letizia volvió a aparecer con ese blanco que solo algunas pueden lucir. En medio de una plaza de San Pedro abarrotada, entre monarcas europeos y jefes de Estado llegados de todo el mundo, la reina de España optó por un vestido blanco de corte midi, escote asimétrico y drapeado central, firmado por la marca española Redondo Brand. También llevó mantilla y zapatos de tacón bajo en tono maquillaje.
El origen del llamado privilegio del blanco se remonta al pontificado de Pío VII, a comienzos del siglo XIX, cuando fue concedido por primera vez a la reina de España. Desde entonces, el Vaticano lo ha extendido a otras soberanas que han mantenido su lealtad histórica a la Iglesia católica, como muestra de reconocimiento por esa fidelidad, especialmente frente a otras monarquías que se alejaron de Roma. Aunque hoy puede parecer un detalle menor, representa una tradición arraigada en siglos de historia y simbolismo.
Según el protocolo vigente, las mujeres que asisten a una audiencia papal deben vestir de negro, sin escote, con mangas largas y falda por debajo de la rodilla. A eso se suma, en ocasiones especiales, el uso de mantilla o velo. Este código se mantiene incluso para mujeres que no son católicas, como ha ocurrido en el pasado con miembros de la realeza británica. Vestir de blanco ante el Papa solo está permitido para quienes cuentan con esa dispensa especial.
Letizia, entre las pocas que pueden desafiar el negro en el corazón del Vaticano
El Vaticano considera que este privilegio simboliza la pureza y la inocencia de las soberanas católicas, y lo interpreta como un gesto de deferencia hacia aquellas casas reales que han permanecido fieles a lo largo de los siglos. Solo un grupo muy concreto de consortes lo ostenta. Forman parte de él la reina Letizia, la reina Sofía, la reina Matilde de Bélgica, la reina Paola, la gran duquesa María Teresa de Luxemburgo y la princesa Charlene de Mónaco.
La reina Sofía fue una de las primeras en hacer uso de este privilegio en encuentros con el Papa, y ha mantenido ese derecho durante décadas. Su hija política, Letizia, accedió a él tras la proclamación de Felipe VI. Desde entonces, ha vestido de blanco en múltiples ocasiones en el Vaticano. Matilde de Bélgica lo heredó cuando su esposo accedió al trono, y lo mismo ocurrió antes con su suegra, Paola. Charlene de Mónaco y María Teresa de Luxemburgo lo recibieron por dispensa directa del Papa.
En el caso monegasco, fue Benedicto XVI quien concedió este permiso en 2013 a la casa de Grimaldi, mientras que el principado luxemburgués lo tiene desde hace tiempo por su estatus católico y su vinculación tradicional con Roma. A ese grupo reducido se une un séptimo nombre, la princesa de Nápoles, que recibió este derecho en 1929 por parte del papa Pío XI, aunque hoy su situación no forma parte del entorno protocolario habitual.
El luto marca una excepción incluso para quienes gozan de este raro privilegio
Este derecho no se pierde si en alguna ocasión no se ejerce. De hecho, no siempre se utiliza. Algunas reinas lo han declinado voluntariamente en determinadas audiencias o han optado por seguir el protocolo general. Lo habitual, sin embargo, es que lo reserven para ceremonias solemnes, como la del pasado domingo 18 de mayo en el Vaticano.
Fuera de este círculo exclusivo, ni la reina Máxima de los Países Bajos ni otras consortes de monarquías no católicas —o de tradición protestante— pueden vestir de blanco ante el Papa, aunque personalmente profesen la fe católica. El privilegio no depende de la religión individual de cada reina, sino del estatus oficial de su casa real y de su relación institucional con el Vaticano. Por eso, hay otras monarquías europeas que, pese a su cercanía religiosa o cultural con Roma, no han recibido este reconocimiento.
Tampoco se aplica este derecho en actos fúnebres. Si se produce el fallecimiento de un pontífice, como ocurrió con Benedicto XVI o Francisco, el protocolo exige a todas las mujeres vestir de negro riguroso y cubrirse la cabeza. También lo hizo Letizia, al margen de su derecho al blanco. En esos contextos, se cede paso al luto.