Este puente, construido con 67 toneladas de hierro, inspiró a pintores y escritores
Ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad, Cuenca ofrece a quien la visita una joya de la ingeniería que desafía al abismo de la Hoz del Huécar. Se trata del puente de San Pablo, una estructura que no solo sirve de pasarela física, sino que conecta el espíritu medieval de la urbe con la modernidad. Situado en un entorno orográfico de una belleza sobrecogedora, este puente es el punto de encuentro predilecto para quienes buscan inmortalizar con el móvil la estampa más icónica de las Casas Colgadas. Su presencia es fundamental para entender la silueta de una ciudad que parece brotar de la roca misma, inspirando a generaciones.
La historia de este paso se remonta al siglo XVI, cuando el canónigo Juan del Pozo decidió financiar una obra de mampostería para unir la ciudad con el convento. Aquel primer puente, construido con piedra entre 1534 y 1589, contaba con cinco arcos que se apoyaban firmemente sobre cuatro pilares de gran altura. Grandes maestros de la época, como Francisco de Luna y Andrés de Vandelvira, intervinieron en su diseño, buscando mitigar la aspereza de un terreno difícil. El objetivo principal era facilitar el acceso a los monjes dominicos, evitando el descenso al barranco para luego subir nuevamente hacia el centro histórico.
La fatiga de la piedra y los errores de cálculo iniciales provocaron que el primer tramo se resquebrajara en 1786, iniciando un proceso de deterioro imparable. Aunque se intentaron diversas reparaciones bajo la dirección del arquitecto Mateo López, los desprendimientos continuaron hasta finales del siglo XIX. Finalmente, la amenaza de una ruina inminente obligó a las autoridades a su demolición en el año 1895, utilizando dinamita para derribar los restos del antiguo puente de piedra. Ese “trágico” final dio pie al puente que hoy admiramos, esta vez de hierro, que fue inaugurado el 19 de abril de 1903, fruto de la necesidad de restablecer el tránsito entre el casco antiguo y el monasterio. Diseñado por el ingeniero valenciano José María Fuster, esta obra representa el máximo exponente de la arquitectura del hierro en la región conquense.
Su construcción fue llevada a cabo por George H. Bartle, cuya fundición gozaba de un gran prestigio nacional en la época de la industrialización. Esta nueva estructura se apoyó parcialmente en los antiguos pilares de sillería del puente original, creando un contraste único entre la piedra histórica y el metal moderno. Para levantar este coloso de metal, eso sí, se tuvieron que emplear exactamente 67 toneladas de hierro, un material que estaba en plena vigencia por su resistencia y ligereza. La estructura mide aproximadamente 106 metros de longitud y se eleva a unos 40 metros sobre el cauce del río Huécar, ofreciendo una vista de vértigo. El coste total de la obra ascendió a unas 60.000 pesetas, financiadas principalmente por el Seminario Mayor de San Julián ante la falta de apoyo municipal.
Antes de su apertura, se realizaron pruebas de carga extremas para garantizar la seguridad de los transeúntes, utilizando muchísimo peso sobre la plataforma metálica. La majestuosidad del puente de San Pablo no solo ha servido a los viajeros que lo han admirado y cruzado, sino que ha sido fuente inagotable de inspiración para las letras españolas. El célebre escritor Pío Baroja lo inmortalizó con su metáfora del elefante, mientras que Ramón de Campoamor dedicó versos a la lírica visión de la ciudad circundada. Federico García Lorca también recorrió sus planchas metálicas, atraído por esa mezcla de naturaleza salvaje y arquitectura que define a Cuenca. Para los autores, el puente representaba una encrucijada fatal o un mirador sereno hacia un horizonte que se quiebra de forma inevitable sobre la roca viva de la Hoz.
En el ámbito de las artes plásticas, el puente ha sido retratado por figuras como Fernando Zóbel, quien incluso fotografió el monumento el día de su estreno. Artistas como el cubano Wifredo Lam o Pepe España han llevado la imagen de esta estructura metálica a los museos más importantes del mundo a través de sus óleos. Pero su influencia no termina en el lienzo; el cine también ha sucumbido a sus encantos, sirviendo como escenario para películas como Calle Mayor o Peppermint Frappé. Carlos Saura, en su cortometraje dedicado a Cuenca, capturó la esencia dramática y geométrica de este paso elevado que une dos mundos en un mismo espacio visual.
Icono turístico
Cruzar el puente de San Pablo es hoy un rito obligatorio para todo aquel que visite la ciudad, especialmente para obtener la fotografía perfecta con las Casas Colgadas. Su función conectiva sigue vigente, uniendo el centro urbano con el antiguo convento de San Pablo, convertido hoy en un prestigioso Parador Nacional de Turismo. En el año 2004, su relevancia social quedó sellada con la visita de los entonces Príncipes de Asturias, Felipe y Letizia, en su primer viaje tras su boda. Esta imagen romántica cruzando la pasarela bermellón reforzó el estatus del puente como un icono del turismo nacional e internacional en la Castilla-La Mancha del presente.
Al caer la noche, la iluminación proyectada sobre el hierro y las rocas de la hoz crea una estampa de ensueño que resalta el espíritu eterno de la ciudad de Cuenca. Más de 120 años después de su inauguración, el puente de San Pablo se mantiene en excelente estado, siendo un testimonio vivo de la resiliencia conquense. Es, en esencia, un punto de encuentro entre el pasado de piedra y el presente de hierro, donde el vértigo se transforma en admiración por la obra humana. Ya sea por su historia de tesoros recuperados o por su actual esplendor, el puente de San Pablo de Cuenca es el alma de la Hoz del Huécar y uno de los estandartes de una ciudad de obligada visita.