Las razones por las que todos estos campanarios “cortados” de una misma comarca catalana no llegaron a acabarse

Las sucesivas generaciones de habitantes del Baix Empordà crecieron contemplando las siluetas truncadas de sus iglesias

Alberto Gómez

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El paisaje visual de la comarca catalana del Baix Empordà guarda una singularidad arquitectónica que atrae la mirada de cualquier visitante observador. Al recorrer sus municipios, se descubre una notable densidad de iglesias parroquiales cuyos campanarios lucen un aspecto truncado, como si un hacha gigantesca hubiera cortado repentinamente sus estructuras superiores. Lejos de ser un hecho aislado o una moda estética intencionada de la época, construcciones emblemáticas como las de Torroella de Montgrí, Ullà, Regencós, Begur, Palafrugell, Fenals d'Aro, Canapost o Vulpellac presentan torres monumentales que carecen por completo de coronamiento, cúpula o tejado.

Durante décadas, la imaginación popular y el folclore local intentaron ofrecer explicaciones ingeniosas para justificar la extraña apariencia de estos templos inacabados. La leyenda más extendida atribuía al viento, la furiosa tramuntana, la responsabilidad de haber derribado las cubiertas o de impedir que los maestros de obras coronasen las elevadas torres con seguridad. Asimismo, circuló con fuerza una creencia popular que aseguraba que los obispos y las autoridades eclesiásticas dejaban deliberadamente los campanarios a medio construir para eludir el pago de impuestos, bajo el supuesto de que las obras inacabadas estaban exentas de cargas.

Para comprender las verdaderas razones de este fenómeno es indispensable analizar el sistema de financiación de las construcciones eclesiásticas de los siglos XVII y XVIII. A diferencia de las majestuosas catedrales promovidas por monarcas o acaudalados mecenas de la alta nobleza, las iglesias parroquiales de estos pueblos dependían de las economías locales. Los proyectos se sufragaban mediante las aportaciones directas de los vecinos, las limosnas comunitarias, los diezmos recaudados y las rentas parroquiales obtenidas en el propio territorio. Como la edificación de una iglesia se ejecutaba por fases, las obras se paralizaban.

La leyenda más extendida atribuía a la tramuntana la responsabilidad de haber derribado las cubiertas o de impedir que los maestros de obras coronasen las elevadas torres con seguridad

A las inevitables dificultades económicas de las zonas rurales se sumó un factor enormemente devastador: el clima de permanente beligerancia que azotó la comarca durante siglos. Por su estratégica ubicación fronteriza y de paso obligado hacia la frontera francesa, el territorio del Empordà fue escenario de constantes operaciones militares y de paso continuado de ejércitos. Conflictos de enorme magnitud como la Guerra dels Segadors, las invasiones francesas durante el reinado de Luis XIV, la Guerra de Sucesión, la Guerra Gran y la posterior Guerra del Francès arruinaron de forma recurrente las finanzas de la región.

El rastreo documental de los casos concretos en el Baix Empordà demuestra la incidencia directa de estos trágicos acontecimientos históricos sobre la arquitectura religiosa. En la iglesia de Sant Martí de Palafrugell, la ambiciosa planificación inicial contemplaba un campanario de varios niveles rematado por una elegante cúpula, pero las obras se paralizaron bruscamente y nunca volvieron a reanudarse. Un proceso casi idéntico aconteció en Sant Vicenç de Regencós, cuya edificación comenzó en 1805 y quedó interrumpida por el estallido de la Guerra del Francés en 1808, concluyendo en 1815 con la torre cortada.

¿Reanudar las obras?

Una vez alcanzada la paz y restablecida la estabilidad económica en la región, surgía un dilema sumamente pragmático para las autoridades locales y los feligreses. Reanudar las complejas obras de coronamiento exigía una inversión económica astronómica que la comunidad prefería destinar a necesidades sociales o agrícolas de mayor urgencia. Desde un punto de vista puramente funcional, el campanario en su estado inacabado ya cumplía a la perfección su cometido esencial dentro del pueblo. Las torres albergaban las campanas necesarias para convocar a los fieles a los oficios religiosos y alertar a la población.

Lo que originalmente nació como un remate provisional motivado por la urgencia y la penuria acabó transformándose, con el devenir invariable de los siglos, en una solución definitiva. Las sucesivas generaciones de habitantes del Baix Empordà crecieron contemplando las siluetas truncadas de sus iglesias y terminaron por asimilarlas como la forma natural de sus templos. De este modo, la falta de remate perdió su condición de deficiencia constructiva para convertirse en un rasgo distintivo, lleno de carácter y belleza, que define el paisaje de estos preciosos pueblos y perdura firmemente en el tiempo como un testimonio imborrable de su valiosa memoria colectiva.

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