Cómo ha afectado la pandemia a nuestra microbiota

Darío Pescador

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Varios científicos muestran preocupación porque, al protegernos contra el SARS-CoV-2, sin darnos cuenta hemos agravado un problema del que nos están advirtiendo desde hace décadas: necesitamos contaminarnos con bacterias y virus para poder vivir. 

Ventajas de comerte la comida que se cae al suelo

Saber más

Las mascarillas han salvado cientos de miles de vidas humanas durante la pandemia, y esto es un hecho difícilmente contestable. La principal vía de transmisión del coronavirus son los aerosoles, gotas microscópicas de agua que viajan varios metros y transportan los virus de las personas infectadas. Las mascarillas no son tanto para protegerse, sino para proteger a los demás. Cuando una persona está infectada, la mascarilla atrapa la mayoría de los aerosoles, minimizando el riesgo de transmitir la infección a otras. 

Sin embargo, la pandemia ha traído otras medidas para frenar la transmisión que no han sido tan eficaces. Aunque en las tiendas de todo el mundo se suministra gel desinfectante, y se redoblaron las recomendaciones para lavarse las manos, de los más de 400 millones de infectados en todo el mundo, se tiene constancia tan solo de un puñado de contagios por fomites, es decir, cuando el virus se deposita en una superficie y pasa así a otra persona. Los estudios consideran esta vía posible, pero insignificante en comparación con los aerosoles.  

Por qué infectarse: la hipótesis de la higiene 

Aunque el agua y el jabón han salvado millones de vidas en el último siglo, vivir en entornos limpios y controlados nos está haciendo más débiles. Esta es la llamada hipótesis de la higiene: necesitamos exponernos, especialmente en la primera infancia, a virus, bacterias e incluso parásitos intestinales para enseñar a nuestro sistema inmunitario a defenderse.

Las defensas de nuestro organismo aprenden y tienen memoria. Las vacunas son una forma de enseñar al sistema inmunitario, exponiéndolo a una versión inofensiva o debilitada de la enfermedad para que genere anticuerpos que más tarde le protegen de la enfermedad real. Este mecanismo también entra en juego cada vez que nos exponemos a la infinidad de bacterias, virus, hongos y otros microorganismos que nos rodean y también habitan dentro de nosotros. El sistema inmunitario debe aprender a distinguir a los amigos de los enemigos, y la única forma es la exposición. 

Una demostración de esta teoría es que se están administrando gusanos intestinales como tratamiento para personas que padecen enfermedades como enfermedad de Crohn, colitis ulcerosa, esclerosis múltiple, diabetes tipo 1 o artritis reumatoide. Todas estas afecciones son autoinmunes, es decir, se dan cuando el sistema inmunitaria está fuera de control y ataca a las células sanas del cuerpo. La premisa es que, cuando de repente el sistema inmunitario del paciente tiene que enfrentarse a una infección de parásitos de verdad, deja de atacar tejidos sanos. Los efectos secundarios son mínimos y los resultados son muy positivos.

A pesar de estos avances, algunos científicos están en desacuerdo con el nombre, ya que parece sugerir que deberíamos abandonar la higiene personal, cuando no es el caso. La higiene es esencial para proteger a las poblaciones vulnerables, como los ancianos, prevenir la aparición de bacterias resistentes a los antibióticos y combatir las enfermedades infecciosas, como el ébola o la COVID-19. 

La prueba de que la higiene no es el único factor en juego es que los países donde la higiene es menos accesible, como muchos países en desarrollo, las personas sufren más, no menos enfermedades infecciosas. Por otro lado, aunque las alergias y enfermedades autoinmunes también se dan en estos países, lo hacen en mucha menor medida que en las ciudades del mundo desarrollado. 

Lo que ahora sabemos es que nuestra microbiota, las bacterias, virus y otros microorganismos que viven en nuestro intestino, piel y mucosas, tienen mucho que decir en nuestro estado de salud. La disbiosis, o alteraciones en las poblaciones de nuestras bacterias, se ha relacionado no solo con las enfermedades autoinmunes, sino también con la obesidad, la diabetes, el asma, varios trastornos mentales como la depresión, e incluso el cáncer.

Una microbiota menos diversa, es decir, con menos tipos diferentes de bacterias y otros microorganismos, nos predispone a padecer más enfermedades. Al contrario, tener una microbiota más diversa nos protege. Por este motivo los científicos hablan ya de “agotamiento de la microbiota”, en lugar de hablar de la higiene. No se trata del jabón, sino de la pérdida de especies de bacterias útiles para nuestro organismo, algo en lo que confluyen muchos factores distintos:

  • Campo o ciudad: las personas poblaciones urbanas tienen más riesgo de enfermedades autoinmunes que las que viven en el campo.
  • La dieta: el descenso en el consumo de verduras, alimentos fermentados y más diversidad de alimentos animales y vegetales reduce la diversidad de nuestra microbiota.
  • Alcohol, tabaco y medicamentos: afectan gravemente a las poblaciones de microorganismos de nuestra microbiota. 
  • El parto por cesárea: los bebés nacidos por cesárea tienen menos bifiídobacterias, lo que significa un mayor riesgo de alergia y enfermedades autoinmunes. 
  • Las mascotas: los niños expuestos a animales domésticos presentan una mayor biodiversidad.
  • Lactancia: la leche materna no solo es alimento, es una vía para que el sistema inmunitario del bebé se desarrolle correctamente.
  • Antibióticos: el uso de antibióticos en la infancia puede alterar gravemente la composición de la microbiota y se ha asociado a la aparición de TAD, autismo y otros trastornos.

Todos estos factores se ven además combinados con los cambios que la pandemia de COVID-19 ha traído a la vida de la gente. Un reciente estudio de la Universidad de British Columbia en Vancouver, Canadá, ha analizado de qué modo la pandemia puede agravar una situación, la de nuestra microbiota, que ya era crítica antes de que llegara el coronavirus. Estos son los principales riesgos:

  • Aunque faltan más estudios, hay indicios de que la infección por COVID puede alterar por sí sola la microbiota, eliminando bacterias beneficiosas y allanando el camino para la colonización de otras perjudiciales, como Clostridium y Candida.
  • Las medidas de higiene llevadas al extremo pueden impiden que las personas, especialmente los niños, se inoculen con bacterias beneficiosas a través del contacto con la naturaleza, otras personas o animales.
  • La pandemia cambió la forma de alimentarse de la gente en diferentes sentidos. Algunas personas comenzaron a comer más sano, mientras que el consumo de comida basura aumentó en otros casos, algo que está muy relacionado con las alteraciones de la microbiota.
  • El distanciamiento social fue esencial para contener la pandemia, pero las personas también nos exponemos a nuevos microorganismos a través de nuestro contacto con extraños. La pandemia favoreció la creación de burbujas sociales con poca diversidad de bacterias, y por tanto susceptibles a las mismas enfermedades.
  • Hay indicios de que las personas mayores en residencias, que a menudo toman gran cantidad de antibióticos y otros medicamentos, tienen menos diversidad en su microbiota y por tanto son más vulnerables que las que viven con sus familias. 

Los científicos canadienses tienen claro que las medidas preventivas han sido imprescindibles para controlar la pandemia. Sin embargo, también avisan de las consecuencias que pueden tener para el precario equilibrio de los microorganismos que controlan nuestra salud. Como en todo, se trata de encontrar la justa medida.

* Darío Pescador es editor y director de la revista Quo y autor del libro Tu mejor yo editado por Oberon.

¿En qué se basa todo esto?

Foto: NIAID

Varios científicos muestran preocupación porque, al protegernos contra el SARS-CoV-2, sin darnos cuenta hemos agravado un problema del que nos están advirtiendo desde hace décadas: necesitamos contaminarnos con bacterias y virus para poder vivir. 

Ventajas de comerte la comida que se cae al suelo

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Las mascarillas han salvado cientos de miles de vidas humanas durante la pandemia, y esto es un hecho difícilmente contestable. La principal vía de transmisión del coronavirus son los aerosoles, gotas microscópicas de agua que viajan varios metros y transportan los virus de las personas infectadas. Las mascarillas no son tanto para protegerse, sino para proteger a los demás. Cuando una persona está infectada, la mascarilla atrapa la mayoría de los aerosoles, minimizando el riesgo de transmitir la infección a otras. 

Sin embargo, la pandemia ha traído otras medidas para frenar la transmisión que no han sido tan eficaces. Aunque en las tiendas de todo el mundo se suministra gel desinfectante, y se redoblaron las recomendaciones para lavarse las manos, de los más de 400 millones de infectados en todo el mundo, se tiene constancia tan solo de un puñado de contagios por fomites, es decir, cuando el virus se deposita en una superficie y pasa así a otra persona. Los estudios consideran esta vía posible, pero insignificante en comparación con los aerosoles.  

Por qué infectarse: la hipótesis de la higiene 

Aunque el agua y el jabón han salvado millones de vidas en el último siglo, vivir en entornos limpios y controlados nos está haciendo más débiles. Esta es la llamada hipótesis de la higiene: necesitamos exponernos, especialmente en la primera infancia, a virus, bacterias e incluso parásitos intestinales para enseñar a nuestro sistema inmunitario a defenderse.

Las defensas de nuestro organismo aprenden y tienen memoria. Las vacunas son una forma de enseñar al sistema inmunitario, exponiéndolo a una versión inofensiva o debilitada de la enfermedad para que genere anticuerpos que más tarde le protegen de la enfermedad real. Este mecanismo también entra en juego cada vez que nos exponemos a la infinidad de bacterias, virus, hongos y otros microorganismos que nos rodean y también habitan dentro de nosotros. El sistema inmunitario debe aprender a distinguir a los amigos de los enemigos, y la única forma es la exposición. 

Una demostración de esta teoría es que se están administrando gusanos intestinales como tratamiento para personas que padecen enfermedades como enfermedad de Crohn, colitis ulcerosa, esclerosis múltiple, diabetes tipo 1 o artritis reumatoide. Todas estas afecciones son autoinmunes, es decir, se dan cuando el sistema inmunitaria está fuera de control y ataca a las células sanas del cuerpo. La premisa es que, cuando de repente el sistema inmunitario del paciente tiene que enfrentarse a una infección de parásitos de verdad, deja de atacar tejidos sanos. Los efectos secundarios son mínimos y los resultados son muy positivos.

A pesar de estos avances, algunos científicos están en desacuerdo con el nombre, ya que parece sugerir que deberíamos abandonar la higiene personal, cuando no es el caso. La higiene es esencial para proteger a las poblaciones vulnerables, como los ancianos, prevenir la aparición de bacterias resistentes a los antibióticos y combatir las enfermedades infecciosas, como el ébola o la COVID-19. 

La prueba de que la higiene no es el único factor en juego es que los países donde la higiene es menos accesible, como muchos países en desarrollo, las personas sufren más, no menos enfermedades infecciosas. Por otro lado, aunque las alergias y enfermedades autoinmunes también se dan en estos países, lo hacen en mucha menor medida que en las ciudades del mundo desarrollado. 

Lo que ahora sabemos es que nuestra microbiota, las bacterias, virus y otros microorganismos que viven en nuestro intestino, piel y mucosas, tienen mucho que decir en nuestro estado de salud. La disbiosis, o alteraciones en las poblaciones de nuestras bacterias, se ha relacionado no solo con las enfermedades autoinmunes, sino también con la obesidad, la diabetes, el asma, varios trastornos mentales como la depresión, e incluso el cáncer.

Una microbiota menos diversa, es decir, con menos tipos diferentes de bacterias y otros microorganismos, nos predispone a padecer más enfermedades. Al contrario, tener una microbiota más diversa nos protege. Por este motivo los científicos hablan ya de “agotamiento de la microbiota”, en lugar de hablar de la higiene. No se trata del jabón, sino de la pérdida de especies de bacterias útiles para nuestro organismo, algo en lo que confluyen muchos factores distintos:

  • Campo o ciudad: las personas poblaciones urbanas tienen más riesgo de enfermedades autoinmunes que las que viven en el campo.
  • La dieta: el descenso en el consumo de verduras, alimentos fermentados y más diversidad de alimentos animales y vegetales reduce la diversidad de nuestra microbiota.
  • Alcohol, tabaco y medicamentos: afectan gravemente a las poblaciones de microorganismos de nuestra microbiota. 
  • El parto por cesárea: los bebés nacidos por cesárea tienen menos bifiídobacterias, lo que significa un mayor riesgo de alergia y enfermedades autoinmunes. 
  • Las mascotas: los niños expuestos a animales domésticos presentan una mayor biodiversidad.
  • Lactancia: la leche materna no solo es alimento, es una vía para que el sistema inmunitario del bebé se desarrolle correctamente.
  • Antibióticos: el uso de antibióticos en la infancia puede alterar gravemente la composición de la microbiota y se ha asociado a la aparición de TAD, autismo y otros trastornos.

Todos estos factores se ven además combinados con los cambios que la pandemia de COVID-19 ha traído a la vida de la gente. Un reciente estudio de la Universidad de British Columbia en Vancouver, Canadá, ha analizado de qué modo la pandemia puede agravar una situación, la de nuestra microbiota, que ya era crítica antes de que llegara el coronavirus. Estos son los principales riesgos:

  • Aunque faltan más estudios, hay indicios de que la infección por COVID puede alterar por sí sola la microbiota, eliminando bacterias beneficiosas y allanando el camino para la colonización de otras perjudiciales, como Clostridium y Candida.
  • Las medidas de higiene llevadas al extremo pueden impiden que las personas, especialmente los niños, se inoculen con bacterias beneficiosas a través del contacto con la naturaleza, otras personas o animales.
  • La pandemia cambió la forma de alimentarse de la gente en diferentes sentidos. Algunas personas comenzaron a comer más sano, mientras que el consumo de comida basura aumentó en otros casos, algo que está muy relacionado con las alteraciones de la microbiota.
  • El distanciamiento social fue esencial para contener la pandemia, pero las personas también nos exponemos a nuevos microorganismos a través de nuestro contacto con extraños. La pandemia favoreció la creación de burbujas sociales con poca diversidad de bacterias, y por tanto susceptibles a las mismas enfermedades.
  • Hay indicios de que las personas mayores en residencias, que a menudo toman gran cantidad de antibióticos y otros medicamentos, tienen menos diversidad en su microbiota y por tanto son más vulnerables que las que viven con sus familias. 

Los científicos canadienses tienen claro que las medidas preventivas han sido imprescindibles para controlar la pandemia. Sin embargo, también avisan de las consecuencias que pueden tener para el precario equilibrio de los microorganismos que controlan nuestra salud. Como en todo, se trata de encontrar la justa medida.

* Darío Pescador es editor y director de la revista Quo y autor del libro Tu mejor yo editado por Oberon.

¿En qué se basa todo esto?

Foto: NIAID

Varios científicos muestran preocupación porque, al protegernos contra el SARS-CoV-2, sin darnos cuenta hemos agravado un problema del que nos están advirtiendo desde hace décadas: necesitamos contaminarnos con bacterias y virus para poder vivir. 

Ventajas de comerte la comida que se cae al suelo

Saber más

Las mascarillas han salvado cientos de miles de vidas humanas durante la pandemia, y esto es un hecho difícilmente contestable. La principal vía de transmisión del coronavirus son los aerosoles, gotas microscópicas de agua que viajan varios metros y transportan los virus de las personas infectadas. Las mascarillas no son tanto para protegerse, sino para proteger a los demás. Cuando una persona está infectada, la mascarilla atrapa la mayoría de los aerosoles, minimizando el riesgo de transmitir la infección a otras.