El lugar en Ávila donde se descubrieron más de 2.200 tumbas romanas en el siglo XX que aún puedes visitar
Cuando pensamos en Ávila, lo habitual es imaginar inmediatamente sus murallas medievales, su casco histórico o los paisajes de la Sierra de Gredos. Sin embargo, mucho antes de que la ciudad amurallada alcanzara su esplendor, estas tierras ya estaban habitadas por pueblos que dejaron una profunda huella en la historia peninsular. A pocos kilómetros de la capital existe un lugar capaz de transportar al visitante más de dos mil años atrás. Entre encinas centenarias y suaves ondulaciones del terreno se esconde uno de los yacimientos arqueológicos más importantes del interior de España, un enclave donde las excavaciones sacaron a la luz más de 2.200 tumbas antiguas y permitieron reconstruir la vida de una de las culturas prerromanas más relevantes de la Meseta.
La Mesa de Miranda, uno de los grandes enclaves de los vetones
El protagonista de esta historia es la Mesa de Miranda, un castro situado en el municipio abulense de Chamartín. Descubierto a comienzos del siglo XX, el yacimiento ha sido objeto de numerosas investigaciones arqueológicas que han permitido conocer mejor la cultura de los vetones, un pueblo prerromano que ocupó amplias zonas de las actuales provincias de Ávila, Salamanca, Cáceres y Toledo antes de la llegada definitiva de Roma.
Según cuenta el Boletín de Turismo de Castilla y León, “en él se han llevado a cabo diversas intervenciones arqueológicas que han permitido conocer su necrópolis, con la excavación de 2.230 tumbas, su sistema y estrategia defensiva y algunos aspectos de su organización urbana”. Pocas cifras permiten comprender mejor la magnitud del hallazgo. La excavación de más de dos mil sepulturas convirtió el lugar en una referencia imprescindible para estudiar las costumbres funerarias de los pueblos prerromanos de la Península.
El asentamiento ocupa aproximadamente treinta hectáreas y está formado por tres recintos fortificados unidos entre sí. Su localización no fue casual. Los antiguos habitantes eligieron una posición estratégica situada entre dos cursos de agua y protegida por un complejo sistema defensivo que todavía hoy puede apreciarse durante la visita.
La importancia histórica del enclave llevó a su declaración como Bien de Interés Cultural con categoría de Zona Arqueológica. Gracias a ello, la Mesa de Miranda ha llegado hasta nuestros días como uno de los ejemplos mejor conservados de los llamados castros vetones, una tipología de asentamiento característica del occidente peninsular durante la Edad del Hierro.
La sorprendente necrópolis romana que reveló miles de enterramientos
Aunque el castro tiene origen prerromano, buena parte de su fama actual procede de la impresionante zona funeraria descubierta junto a los recintos fortificados. La excavación de las más de 2.230 tumbas permitió a los arqueólogos obtener información fundamental sobre las creencias, rituales y formas de vida de quienes habitaron este territorio hace más de dos mil años.
La llamada necrópolis romana suele captar la atención de muchos visitantes por la espectacularidad de las cifras. Sin embargo, el interés científico del lugar va mucho más allá del número de enterramientos encontrados. Las investigaciones permitieron documentar diferentes prácticas funerarias y comprender mejor el papel que desempeñaba el culto a los muertos dentro de la sociedad vetona.
Los especialistas consideran que este espacio constituye una de las fuentes de información más valiosas para reconstruir la evolución de las comunidades indígenas del interior peninsular durante los siglos previos a la consolidación del dominio romano. De hecho, el abandono progresivo del castro estuvo directamente relacionado con el proceso de romanización que transformó profundamente estas tierras entre los siglos II y I antes de Cristo. La visita permite observar cómo el paisaje y la arqueología se complementan mutuamente. Las tumbas aparecen integradas en un entorno dominado por encinas centenarias que apenas ha cambiado desde la Antigüedad. Esa continuidad paisajística ayuda a imaginar con mayor facilidad cómo era la vida cotidiana de quienes ocuparon el lugar durante generaciones.
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