El ADN resuelve el misterio de dos cuerpos medievales hallados en un yacimiento español de la Edad de Piedra

El hallazgo medieval alteró la lectura de Menga

Héctor Farrés

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El Dolmen de Menga ha vuelto a abrir una pregunta que parecía enterrada desde hace siglos. Dos hombres colocados junto a la entrada del monumento, varios miles de años después de su construcción, han llevado a un grupo de arqueólogos a revisar cómo se entendía aquel lugar en plena época medieval. El estudio apareció en Journal of Archaeological Science Reports y sitúa el caso en un punto extraño entre tradición islámica, culto antiguo y memoria del territorio.

Los cadáveres miraron hacia el corredor interior

Según Live Science, los investigadores encontraron los restos en 2005 dentro del atrio del dolmen de Antequera, en Málaga. Los análisis situaron ambos enterramientos entre los siglos VIII y XI. Ninguno llevaba ajuar funerario y los cuerpos aparecieron orientados hacia el interior del monumento. Esa posición llamó la atención del equipo porque no coincide con otros cementerios islámicos de la zona y abre dudas sobre las creencias de aquellos hombres.

Leonor Rocha, profesora de Arqueología en la Universidad de Évora, explicó a Live Science que el caso resulta especialmente relevante porque los huesos han permitido recuperar ADN medieval en un entorno donde la conservación suele ser complicada. Rocha recordó además que en el sur de Portugal existen otros ejemplos de reutilización de monumentos megalíticos en época medieval, aunque allí no se conservaron restos humanos que permitan llegar tan lejos en el análisis.

Los autores relacionaron Iberia con rutas mediterráneas

El individuo mejor conservado murió con más de 45 años y fue enterrado entre los siglos X y XI. El estudio genético detectó rasgos europeos junto a ascendencia norteafricana y conexiones con Oriente Próximo. El equipo también identificó un linaje paterno presente en la península ibérica desde el Calcolítico. A su vez, el ADN materno coincide con variantes detectadas hoy en Marruecos y Argelia, una relación que apunta a movimientos humanos muy antiguos a ambos lados del Mediterráneo.

Menga conservó prestigio durante miles de años

Los autores del trabajo explicaron que “la ascendencia norteafricana era generalizada en el sur de Iberia desde al menos los siglos III y IV”. El artículo relaciona esa circulación de población con rutas comerciales abiertas por fenicios y griegos, además de la expansión romana posterior. Más tarde, la llegada de al Ándalus facilitó nuevos desplazamientos entre la península y el norte de África, ya que buena parte del territorio compartía administración política y costumbres religiosas.

El segundo enterramiento también pertenecía a un hombre mayor de 45 años, aunque el estado de los restos impidió completar el análisis genético. Los investigadores hallaron raíces atravesando varios huesos y eso dañó gran parte del material.

Leonardo García Sanjuán habló de veneración antigua

Aun así, la posición de ambos cuerpos sí pudo estudiarse con detalle. Leonardo García Sanjuán, profesor de la Universidad de Sevilla y coautor del trabajo, afirmó que “el hecho de que ambos individuos fueran enterrados en la entrada de un monumento ya muy antiguo podría indicar que lo veneraban”.

Yves Gleize, arqueólogo ligado al Instituto Nacional de Investigación Arqueológica Preventiva y a la Universidad de Burdeos, planteó otra posibilidad en declaraciones recogidas por Live Science. El especialista cree que algunos grupos medievales pudieron interpretar el dolmen como una cueva con significado espiritual. Gleize recordó que las cuevas tienen un lugar relevante dentro de la tradición islámica y pidió cautela antes de atribuir una religión cerrada a los dos hombres enterrados en Menga.

El monumento fue levantado en el cuarto milenio antes de Cristo y seguía ocupando un lugar especial muchos siglos después. Esa permanencia aparece ahora respaldada por pruebas arqueológicas y genéticas. Los enterramientos medievales muestran que el dolmen no era visto como una simple construcción abandonada, ya que todavía conservaba un valor ligado a la memoria del paisaje y a formas antiguas de entender la muerte.

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