A nadie le amarga un dulce, por Asia: los 5 postres más queridos en todo Mongolia
Pocas cosas despiertan tanta unanimidad como un buen postre. Y si hablamos de los más célebres del continente asiático, Mongolia juega en otra liga. Su historia culinaria, marcada por la vida nómada y un clima extremo, explica por qué los postres de Mongolia no giran en torno al azúcar, sino a la leche y sus derivados. Aquí lo dulce es sobrio, funcional y profundamente ligado a la supervivencia y a la hospitalidad.
En este recorrido por la repostería mongola asoman nombres que cualquier viajero ha visto —o probado—: el boortsog, el aaruul o el urum, dulces que no se entienden fuera de su contexto. Mongolia puede dividirse por estepas o clanes, pero hay algo que la mantiene unida: su manera directa de cerrar la comida con algo lácteo y reconfortante.
1. Boortsog
El dulce más reconocible del país. Son pequeños trozos de masa frita, crujientes por fuera y secos por dentro. Se consumen solos o acompañados de miel, azúcar o mermelada, y están presentes en celebraciones y visitas.
2. Aaruul
Cuajada de leche seca, tradicionalmente de yak, vaca o cabra. Tiene una textura muy dura y un sabor ligeramente ácido. No es un postre dulce al uso, pero ocupa el lugar del cierre de la comida y es uno de los alimentos más emblemáticos del país.
3. Urum
Una especie de nata coagulada que se forma al hervir la leche. Se sirve fresca, a veces con azúcar o pan, y es uno de los pocos placeres cremosos dentro de la cocina mongola tradicional.
4. Byaslag con azúcar
Queso fresco casero que, en su versión dulce, se espolvorea con azúcar o se acompaña de miel. Es habitual en el ámbito doméstico y representa la versión más suave del dulce mongol.
5. Eezgii
Restos de cuajada prensados y secos tras la elaboración de otros lácteos. Puede consumirse tal cual o ligeramente endulzado. Es un ejemplo claro del aprovechamiento total de la leche en la cocina nómada.
Mongolia demuestra que el postre no siempre busca placer inmediato. Sus dulces hablan de clima, de subsistencia y de una relación íntima con el ganado y la tierra. A veces, entender un país pasa por aceptar que lo dulce también puede ser austero, seco y profundamente cultural.