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De Navarra a Canarias pasando por Almería: un recorrido por los desiertos que esconde España

Roberto Ruiz

1 de mayo de 2026 21:30 h

Aunque en el imaginario colectivo un desierto es un mar de arena cruzado por camellos, en realidad hay muchos tipos de desiertos: cálidos, fríos, volcánicos, costeros, interiores, rocosos, lunares, salados... Porque la principal característica de un desierto no es su aspecto, sino la falta de lluvias. Y bajo esa definición, España cuenta con varios ejemplos repartidos por su geografía, algunos más evidentes y otros bastante inesperados.

En nuestro país predominan los climas áridos y semiáridos, con precipitaciones escasas y muy irregulares, temperaturas que pueden ser extremas y una vegetación adaptada a sobrevivir con muy poca agua. De ahí surgen paisajes tan característicos como las cárcavas, los barrancos o las llamadas badlands, moldeados por la erosión durante miles de años. Además, aunque a simple vista puedan parecer lugares vacíos, muchos de estos espacios albergan una biodiversidad sorprendente. 

En este recorrido nos detenemos en algunos de los desiertos más representativos de España. Desde el de Tabernas, en Almería, hasta las formaciones rojizas de Gorafe, las estepas del valle del Ebro como las Bardenas Reales o Los Monegros, y los paisajes volcánicos y de dunas de Canarias. Un mapa diverso y variado que demuestra que, sin salir de España, también es posible adentrarse en territorios extremos.

Andalucía: el epicentro árido

Si hay una comunidad donde el paisaje desértico se manifiesta con más claridad, esa es Andalucía. Aquí se concentran varios de los ejemplos más representativos, cada uno con un origen y unas formas distintas, pero todos marcados por la escasez de agua y la erosión.

  • Desierto de Tabernas (Almería)

El de Tabernas es, con diferencia, el más conocido. Y también el más singular: está considerado el único desierto propiamente dicho de Europa continental. Las precipitaciones no llegan a los 250 mm anuales y su ubicación, encajado entre las sierras de los Filabres y Alhamilla, actúa como una barrera que bloquea la humedad del Mediterráneo.

El resultado es un paisaje de cárcavas, ramblas y barrancos que parecen sacados de otro continente. En realidad, hace millones de años todo este territorio estaba cubierto por el mar, y esa historia geológica todavía se puede leer en sus formaciones, con fósiles y sedimentos que convierten la zona en un auténtico museo al aire libre.

A pesar de su apariencia, Tabernas no es un lugar vacío. Alberga una fauna adaptada a condiciones extremas y una flora con numerosos endemismos. Eso sí, su imagen más popular sigue ligada al cine, ya durante décadas fue escenario habitual de los spaghetti western, y aún hoy conserva parte de ese aire de decorado natural.

  • Desierto de Gorafe y Los Coloraos (Granada)

En el norte de Granada, el paisaje cambia de forma pero no de esencia. El desierto de Gorafe y el paraje de Los Coloraos forman uno de los sistemas de badlands más espectaculares de Europa. Aquí dominan los tonos rojizos, ocres y amarillos, que varían según la luz del día y refuerzan la sensación de estar en un terreno extremo.

La erosión del agua durante milenios ha esculpido un relieve de cárcavas, cañones y lomas que se extiende por la depresión de Guadix-Baza. Pero este no es solo un espacio natural, también es un lugar con un importante valor histórico. En la zona se conserva uno de los mayores conjuntos de dólmenes de Europa, con más de 240 estructuras megalíticas.

Esa combinación de paisaje y patrimonio convierte a Gorafe en un destino distinto, donde el interés no está solo en lo que se ve, sino también en lo que nos cuentan sus piedras.

  • Desierto de Larva (Jaén)

Mucho menos conocido, el desierto de Larva es uno de esos lugares que rara vez aparecen en las rutas más populares. Situado en la comarca de Sierra Mágina, en el municipio menos poblado de la provincia de Jaén, ofrece un paisaje de lomas desnudas, barrancos arcillosos y amplios horizontes.

Se extiende por más de 57.000 hectáreas y, aunque comparte rasgos con otros entornos áridos, mantiene una identidad propia. La erosión ha modelado un terreno irregular, donde la vegetación es escasa pero resistente, y donde el silencio y la sensación de aislamiento lo llenan todo.

Además, su cercanía a espacios naturales como Sierra Mágina y Cazorla refuerza ese contraste entre zonas verdes y áreas más secas. Podemos decir que es un desierto discreto, pero con mucha personalidad.

El valle del Ebro: estepas del norte

Lejos del sur, el paisaje desértico aparece también en el norte, en un entorno que sorprende por su proximidad a zonas de alta montaña. En el valle del Ebro se concentran dos de los grandes espacios semiáridos del país.

  • Bardenas Reales (Navarra y Aragón)

A unos 70 kilómetros de los Pirineos, las Bardenas Reales rompen cualquier expectativa. Más de 42.000 hectáreas de terreno árido, sin núcleos urbanos, donde el viento y el agua han ido modelando un paisaje de aspecto casi lunar.

Las formaciones más características son los llamados “cabezos”, cerros aislados coronados por roca más dura, entre los que destaca Castildetierra, convertido en símbolo del parque. El conjunto se divide en varias zonas, siendo la Bardena Blanca la más árida y fotografiada, y la Bardena Negra la que concentra algo más de vegetación.

Declaradas Reserva de la Biosfera, las Bardenas son también un espacio frágil, donde la erosión sigue actuando y donde cada forma responde a un proceso geológico muy concreto. Aun así, su accesibilidad permite recorrerlas a pie, en bici o en coche por pistas autorizadas.

  • Los Monegros (Zaragoza y Huescar)

Más extensos todavía son Los Monegros, una enorme estepa subdesértica que se reparte entre Zaragoza y Huesca. Con más de 270.000 hectáreas, es uno de los paisajes más singulares de la península.

Aquí el terreno combina llanuras áridas, montes bajos, lagunas saladas y sierras como la de Alcubierre, que introduce un contraste evidente en medio de la sequedad. La escasez de lluvias y la salinidad del suelo explican en gran parte este aspecto, aunque también hay una explicación histórica: la tala masiva de bosques en el pasado contribuyó a acentuar la aridez.

A pesar de ello, Los Monegros destacan por su biodiversidad. Se han catalogado numerosas de especies, muchas de ellas adaptadas a estas condiciones. Es un paisaje abierto, de horizontes realmente lejanos.

Islas Canarias: paisajes volcánicos y de arena

Si en la península dominan los desiertos de tipo continental, en Canarias el paisaje árido tiene un marcado carácter volcánico y, en algunos casos, claramente africano.

  • Parque Nacional de Timanfaya (Lanzarote)

Timanfaya es, probablemente, uno de los paisajes más impactantes de España. Su origen está en las erupciones volcánicas del siglo XVIII, que durante varios años cubrieron gran parte de Lanzarote con lava y ceniza.

Hoy, ese territorio está formado por campos de lava solidificada, conos volcánicos y suelos oscuros donde apenas crece la vegetación. No pienses en un desierto de arena, Timanfaya es un desierto geológico, donde lo que domina es la roca.

Aun así, no es un paisaje muerto. Bajo la superficie siguen registrándose altas temperaturas, y el parque funciona como un laboratorio natural para estudiar la actividad volcánica. La visita está muy regulada, precisamente para proteger un entorno tan frágil como singular.

  • Corralejo y Jandía (Fuerteventura)

En Fuerteventura, el desierto sí se acerca más a la imagen clásica. En Corralejo, al norte de la isla, se extiende un campo de dunas de arena blanca que se funde con el Atlántico. Son más de 2.000 hectáreas de arena modelada por el viento, con playas que refuerzan esa sensación de estar efectivamente en otro continente.

Al sur, la península de Jandía ofrece un paisaje diferente, más abrupto, con grandes barrancos y un clima especialmente duro. Es también un espacio con numerosos endemismos, donde la vida se adapta a condiciones muy exigentes.

  • Dunas de Maspalomas (Gran Canaria)

En Gran Canaria, el sistema dunar de Maspalomas completa este recorrido por los desiertos insulares. Aquí las dunas conviven con una laguna y un palmeral, formando un ecosistema singular junto al mar.

Es uno de los paisajes más reconocibles del archipiélago y, al mismo tiempo, uno de los más delicados. El movimiento constante de la arena y la presión turística obligan a mantener medidas de conservación para preservar su equilibrio.

Otros rincones sorprendentes

  • Desierto de Mahoya (Murcia)

Entre los municipios murcianos de Abanilla y Fortuna se esconde otro de esos paisajes inesperados. El desierto de Mahoya no es tan conocido como otros, pero ofrece una estampa muy característica, con relieves suaves, tonos claros y una apariencia que recuerda, en algunos puntos, a un paisaje lunar.

Aquí la aridez se combina con la presencia puntual de palmeras, creando pequeños oasis que rompen la dureza del terreno. Es un buen ejemplo de cómo, incluso en zonas menos extensas, las condiciones climáticas y geológicas pueden dar lugar a entornos desérticos y pintorescos.