La pequeña ciudad belga cuyos protagonistas son un enorme río, De Gaulle y el inventor del saxofón
Dinant, en la región belga de Valonia, es toda una joya encajada entre escarpados acantilados de piedra. Esta localidad, situada concretamente en la provincia de Namur, es conocida cariñosamente con el romántico nombre de la hija del Mosa. Su historia es rica y agitada, habiendo sido mencionada por primera vez de manera oficial ya en el siglo VII. Un agradecido viajero que llegue desde Bruselas descubrirá un paisaje que parece haber salido de los pinceles de un pintor entusiasta. Con apenas quince mil habitantes, esta pequeña ciudad ofrece hoy un retiro lleno de paz y una profunda carga histórica. Punto estratégico que ha sobrevivido a numerosos asedios, incendios y batallas a través de los siglos, actualmente Dinant vibra con una modernidad que respeta su pasado medieval y su espectacular entorno natural.
La belleza de sus casas de colores cautiva a cualquiera que cruce sus fronteras marcadas por la roca. El río Mosa es el gran protagonista indiscutible que otorga vida, alma y forma a este enclave de Bélgica. Sus aguas actúan como un espejo privilegiado que refleja fielmente la pintoresca fachada fluvial de la población. Durante el verano, el cauce se llena de actividad con cruceros turísticos, coloridos kayaks y divertidos hidropedales. Pasear por sus riberas permite admirar la silueta urbana bajo la sombra imponente del peñón de Bayard. Este río nace en tierras francesas y fluye hacia el norte hasta desembocar finalmente en el mar del Norte. La relación íntima entre la población y su corriente de agua ha definido el destino de sus habitantes. Es posible realizar rutas fluviales largas que conectan con otras hermosas localidades cercanas como Anseremme o Freÿr.
La figura de Charles de Gaulle está igualmente ligada de forma intrínseca a la dolorosa historia bélica de la localidad. En agosto de 1914, el entonces joven teniente francés resultó herido de bala en este lugar. Los combates entre las tropas francesas y alemanas marcaron trágicamente el destino de la valiente población civil. Como homenaje a su posterior liderazgo mundial, el puente principal de la ciudad lleva actualmente su nombre. Una estatua del general preside la entrada de este viaducto que une con elegancia ambas orillas fluviales. Este monumento fue inaugurado en el año 2013 para conmemorar su valentía y relevancia histórica. El puente de Charles de Gaulle representa hoy el único paso de carretera en el corazón del centro urbano. Así, el recuerdo del militar francés permanece vivo y presente en el alma de esta pequeña urbe valona.
Dinant también es mundialmente famosa por ser la cuna de Adolphe Sax, el genial inventor del saxofón moderno. Nacido el seis de noviembre de 1814, su legado musical se considera hoy un tesoro eterno. La casa donde nació este visionario se ha convertido en un centro de interpretación sumamente interactivo. Allí, los visitantes pueden descubrir sus asombrosos logros técnicos y sus variados inventos instrumentales. Sax mejoró notablemente piezas como el clarinete bajo antes de revolucionar la música con su saxofón. Su creación fue oficialmente reconocida y publicada en París en 1842 y hoy una estatua de Sax sentado en un banco espera pacientemente para fotografiarse con los turistas. Es un lugar de peregrinación obligada para los amantes del jazz y de la música más creativa.
El espíritu del saxofón impregna cada rincón de la ciudad de una forma vibrante y llena de color. El puente Charles de Gaulle luce adornado con veintiocho esculturas gigantescas de este icónico instrumento. Cada una de estas piezas representa artísticamente a un país participante en un antiguo festival internacional. Los colores vivos de estas obras de arte contrastan armoniosamente con el tono gris de la piedra local. Estas figuras se instalaron originalmente para un evento temporal, pero gustaron tanto que se quedaron permanentemente. Pasear por las calles implica tropezar constantemente con homenajes visuales al famoso invento, incluso existen espacios lúdicos como la Maison de la Pataphonie dedicados exclusivamente al mundo del sonido.
Dominando el horizonte desde lo alto de un acantilado se encuentra la imponente y masiva ciudadela. Fue construida originalmente en el siglo XI para controlar estratégicamente todo el valle del río Mosa. Para alcanzar su cima, los más valientes pueden subir 408 escalones tallados directamente en la roca. Aquellos que prefieran la comodidad absoluta pueden optar por el teleférico inaugurado en 1956. El edificio actual data de principios del siglo XIX, construido durante la etapa de la ocupación holandesa. En su interior, un museo histórico narra con detalle las batallas y los grandes sacrificios de la ciudad. Los miradores de la fortaleza ofrecen las panorámicas más espectaculares y bellas de toda la región valona. Es un símbolo eterno de resistencia que ha presenciado impasible el paso de muchos siglos de historia.
Unas galletas muy duras
A los pies del peñón se alza la colegiata de Notre-Dame, considerada un verdadero icono arquitectónico regional. Su característico campanario en forma de bulbo es el elemento más reconocible y único de su silueta urbana. El templo actual es de estilo gótico y fue reconstruido con esmero tras sufrir un grave derrumbe rocoso. En su interior, la luz se filtra a través de unas vidrieras que se consideran piezas artísticas excepcionales. De hecho, la iglesia posee una de las vidrieras neogóticas más grandes de todo el continente europeo.
La gastronomía local tiene en la couque de Dinant su producto más curioso, recio y legendario. Estas galletas tradicionales se elaboran únicamente mediante la unión de harina de trigo y miel pura. Se hornean a temperaturas altísimas, lo que provoca que la miel se caramelice con una rapidez asombrosa. El resultado es una pieza de una dureza tan extrema que se desaconseja vivamente morderla directamente. Muchos fabricantes siguen usando moldes de madera antiguos con formas de animales o de la colegiata. Cuenta la leyenda que estas galletas salvaron a la población del hambre durante un asedio histórico. Su conservación es increíble, pudiendo durar muchos años sin perder su peculiar sabor y textura. En definitiva, Dinant ofrece un oasis perfecto para el viajero que busca cultura, historia y calma. Su mezcla de río, música y memoria militar la convierte en un destino europeo realmente inolvidable.