Con tres iglesias, restos de dos castillos y un puente, este pequeño pueblo posee uno de los núcleos medievales mejor conservados de la provincia
En el extremo oriental de la provincia de Huesca, en la comarca de la Ribagorza, se alza la pequeña localidad de Montañana como un testimonio vivo del pasado medieval. Esta joya arquitectónica se sitúa estratégicamente entre los barrancos de San Miguel y de San Juan, muy cerca de la frontera con Catalunya y el río Noguera Ribagorzana. Debido a su aislamiento histórico y a la ausencia de un progreso moderno invasivo, la población ha logrado conservar casi intacta su fisonomía original de los siglos centrales del medievo. Entrar en sus calles es sumergirse en una atmósfera donde el silencio solo es roto por los sonidos de la naturaleza y el murmullo de las aguas.
La villa ha sido reconocida por su extraordinaria riqueza como Conjunto Histórico-Artístico y Bien de Interés Cultural, atrayendo a quienes buscan la autenticidad. Actualmente, apenas unas treinta personas residen en este núcleo que parece haberse detenido en el tiempo para el deleite de agradecidos visitantes. Es, sin duda alguna, uno de los destinos turísticos más auténticos y con mayor encanto dentro de toda la geografía de Aragón.
Los orígenes documentales de esta plaza fortificada se remontan a finales del siglo X, apareciendo citada en el Cartulario de Alaón como una fortaleza estratégica. Durante aquel periodo, Montañana formó parte esencial del cinturón de fortificaciones que defendían las tierras ribagorzanas más meridionales frente a la frontera musulmana. En el año 1017, la localidad sufrió los violentos embates de las huestes de Abdelmalik, quedando el núcleo habitado parcialmente destruido por el ataque. No obstante, la vida resurgió con fuerza, como demuestra la ceremonia de consagración de la iglesia de San Martín en el año 1026. Con el paso de los siglos, la villa pasó a manos de la Corona de Aragón en 1190 bajo el reinado de Alfonso II. Su relevancia fue tal que Jaime II le otorgó importantes privilegios en 1322, integrándola definitivamente en el recién restituido Condado de Ribagorza.
El declive de esta imponente plaza comenzó con la pérdida de su valor defensivo y la construcción de un nuevo puente sobre el río Noguera Ribagorzana. Este hecho facilitó el nacimiento de Puente de Montañana, un núcleo más accesible que atrajo paulatinamente a los habitantes de la vieja puebla. Durante la segunda mitad del siglo XX, el éxodo rural golpeó con dureza a la localidad, dejándola prácticamente deshabitada y sumida en el olvido. Sin embargo, lo que pareció una desgracia demográfica se convirtió en la salvación de su patrimonio, al evitar las alteraciones del urbanismo moderno.
A partir de 1999, un ambicioso plan de rehabilitación impulsado por el Gobierno de Aragón ha devuelto el esplendor a sus calles y monumentos. Gracias a este esfuerzo conjunto entre administraciones y vecinos, hoy es posible recorrer un casco urbano que es, en sí mismo, un museo al aire libre. La recuperación de sus viviendas y espacios públicos ha permitido que Montañana resurja como un referente del turismo cultural en Huesca. La bienvenida a este viaje temporal la ofrece el magnífico puente medieval situado sobre el barranco de San Juan, que actúa como puerta de entrada obligada. Aunque la estructura que hoy podemos contemplar data mayoritariamente del siglo XV, se asienta sobre los cimientos de un paso románico mucho más antiguo. Presenta el característico perfil de “lomo de asno”, con dos arcos apuntados de estilo gótico y un pavimento empedrado que conserva su esencia original.
En épocas pasadas, cruzar esta pasarela requería el pago de un peaje destinado al mantenimiento del propio viaducto y su amortización. Su calzada de piedra es lo suficientemente ancha para haber permitido históricamente el tránsito de pesados carros y grandes rebaños de ganado. Es considerado el emblema de la villa, integrándose incluso en la iconografía oficial que representa a este pequeño municipio oscense. Atravesar sus piedras supone dejar atrás el mundo moderno para adentrarse en un laberinto de callejuelas empedradas de autenticidad inigualable.
Coronando la parte más alta del cerro se erige la iglesia de Santa María de Baldós, la pieza más valiosa de este complejo monumental. Fue edificada entre finales del siglo XII y principios del XIII sobre los restos de la primitiva parroquia de San Martín consagrada en 1026. El templo consta de una nave única con bóveda de cañón apuntada y un ábside semicircular que define su planta de cruz latina. Sobre una de sus capillas laterales se alza una torre campanario de tres cuerpos superiores añadidos durante el periodo gótico. Esta torre destaca por sus elegantes arquillos trilobulados y huecos de campana ojivales, sustituyendo a una antigua torre de vigilancia militar. Su portada principal es una obra maestra del románico, protegida por un guardapolvo decorado con puntas de diamante y cinco arquivoltas. Los capiteles que sostienen el conjunto están profusamente historiados, mostrando una calidad técnica que sorprende al visitante por su nivel de detalle.
Muy cerca de la iglesia se hallan los restos de la “Abadía”, un misterioso edificio del siglo XV con estancias abovedadas. Este conjunto arquitectónico, situado en el punto defensivo más alto, ofrece las vistas más espectaculares de todo el entorno natural. Al otro lado del barranco, la iglesia de San Juan completa el trío de templos románicos que definieron la vida espiritual de la villa. Se cree que este templo fue construido a finales del siglo XII bajo el patrocinio de los Caballeros Hospitalarios de San Juan. Su estructura es de gran sencillez, con una nave única rematada en ábside de cuarto de esfera que servía como mirador hacia el núcleo principal. La portada occidental es su elemento más interesante, decorada con capiteles que narran episodios como el Bautismo de Cristo y su degollación.
Carácter inexpugnable
Por su parte, la tercera iglesia dedicada a San Miguel desapareció casi por completo, conservándose solo restos irreconocibles en la entrada del barranco. Muchos de sus sillares fueron reutilizados para levantar la antigua escuela, mientras que algunos capiteles están hoy empotrados en otras casas. Este conjunto de tres iglesias subraya la enorme importancia religiosa que Montañana tuvo durante sus siglos de mayor prosperidad.
El carácter inexpugnable de Montañana queda patente en los restos de sus dos castillos y su compleja red de torres defensivas. La Torre de la Mora, situada junto a Santa María, es un vestigio circular de tres pisos que todavía desafía la gravedad. Al otro lado, la Torre de las Eras controlaba el acceso enemigo desde una posición estratégica privilegiada sobre el barranco de San Juan. A media ladera sobresale la Torre de la Cárcel, una estructura bajomedieval del siglo XV cuya base sirvió antiguamente como mazmorra. Se conserva también una fotogénica puerta de la muralla con arco de medio punto dovelado que daba acceso al recinto fortificado. El trazado urbano, marcado por pasadizos abovedados, casonas fuertes y calles empedradas con guijarros auténticos, termina de configurar este museo viviente.