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“Siria, la palabra del exilio”

Pie foto: “Manal, 63 años, durante una visita de una ONG local a la casa que comparte con otras familias de refugiados. Muchas familias se agrupan para poder hacer frente a los gastos de alquiler. En algunas casas viven más de 20 personas. Sabha, Jordania, Agosto de 2014” Autor foto: @David González Sanz @David_tgn86

El conflicto sirio acaba de entrar en su quinto año y ya son más de 12 millones de personas las que se han visto obligadas a huir de sus casas, dejando todo cuanto querían atrás. David González, a través de sus fotografías, da voz a estas personas, gente que jamás imaginó que su vida daría un giro de 306 grados. Nafla Muhammad Alabood, de 21 años, vivió en el campamento de refugiados de Zaatari, en Jordania, y es una de las protagonistas de “Siria, la palabra del exilio”. Nafla compatió su historia con David: “Puedo empezar por mi pasado de color de rosa, en el que viví los días más bonitos de mi vida, aquel pasado fantástico. O quizás puedo empezar por el presente amargo como la hiel, el presente agotador, que me hace sentir como una persona de cuarenta años. O mejor hablar de mi futuro desconocido; pero tengo miedo sólo de pronunciar la palabra futuro, temo que este futuro sólo lleve más miseria a este presente”.

 “Esta guerra, que ha destruido mi vida y mis sueños, que lo ha destruido todo... Como un tsunami, ha borrado todo rastro de vida del pasado en este sitio. Echo de menos el pasado”, apunta Nafla. Esta joven aún recuerda bien lo duro que fue dejar su país: “Todos estábamos muy tristes y no parábamos de llorar, dejar nuestra patria nos rompía el corazón. Subimos al coche con los corazones llenos de tristeza, y nos despedimos con los ojos llorosos y los corazones rotos por el hecho de tener que marchar a otro país, lejos de Siria...”

Al igual que Nafla, millones de sirios se han tenido que refugiar en otros países o esconderse dentro del suyo, viéndose obligados a olvidar sus sueños, a perder su pasado, a sus seres queridos y a no saber qué será de su futuro, ni siquiera si habrá un futuro.

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El Lago Chad, la salvación de muchos refugiados nigerianos

Refugiados nigerianos abandonan Ngouboua en las orillas del Lago Chad. Se dirigen a un lugar más seguro, lejos de la frontera

Una larga canoa se desliza entre los juncos de las tranquilas aguas del Lago Chad. Los rostros abordo están tensos, incluyendo el de Alhaji Haoudou, de 16 años, que está deseando saltar a las arenosas orillas de Baga Sola, en Chad. Es uno de los más de 80 pasajeros, que huyó de Nigeria semanas antes, tras la masacre ocurrida en su ciudad el 3 de enero, y se subió a un bote ya sobrecargado.

Ese día los combatientes arrasaron con fuego una docena de aldeas y la ciudad portuaria de Baga, en la costa occidental del cuarto mayor lago de África. Docenas de personas –quizás cientos, según algunas versiones– perecieron en solo unos días. Otros se ahogaron mientras cruzaban el lago.

Este es el último bote fletado por las autoridades chadianas y ACNUR. Recogerá a unos 7.000 supervivientes repartidos en incontables islotes , parches de arena que parecen haberse desprendido de la tierra firme, como icebergs separados de un glaciar. Allí las condiciones son precarias y muchos refugiados solo sobreviven con la ayuda de algunos residentes locales. Trasladarlos a Dar-es-Salam, un campo levantado en un árido descampado a 75 kilómetros de la frontera con Nigeria, es una prioridad humanitaria y un reto.

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La guerra civil siria entra en su cuarto año: los refugiados merecen tener un futuro

Rahaf y otros niños sirios que han huido de su país

Cuatro años de guerra y muchas víctimas inocentes. Casi 12 millones de personas están afectadas por este conflicto, de ellas, dos millones son niños, y 4 millones han tenido que salir de Siria y refugiarse en países limítrofes. “Esta es la peor crisis humanitaria de nuestra era y debería estar provocando un clamor mundial pidiendo apoyo”, ha apuntado António Guterres, Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados.

Durante estos cuatro años de conflicto, los niños sirios se han convertido en una de las principales poblaciones víctimas de este conflicto. Su familia, en muchos casos, se ha roto y han tenido que dejar de ir a la escuela. Algunos están en riesgo de sufrir explotación a través del trabajo infantil, el reclutamiento en grupos armados, el matrimonio precoz  u otros tipos de violencia de género.

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"El Poder de la Luz" ilumina los campos de refugiados

Niños refugiados en Jordania tienen luz dentro de sus tiendas gracias a “El Poder de la Luz”

El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y la Fundación IKEA ponen en marcha, por segundo año consecutivo, la iniciativa solidaria “El poder de la luz” para instalar iluminación sostenible en campos de refugiados, mejorando así la calidad de vida de los mismos.

Gracias a esta acción solidaria, en 2014 se recaudaron 500.000 euros -solo en España-, se ha suministrado luz y energía sostenible a más de 350.000 niños y sus familias en los campos de refugiados de Etiopía, Chad, Bangladesh y Jordania, proporcionándoles farolas solares, lámparas solares y otros sistemas de energía renovable, como cocinas de bajo consumo. La campaña también ha servido para formar a algunos refugiados en teoría e instalación de energía solar y ha ayudado a mejorar la calidad de la educación primaria. La campaña ha mejorado notablemente la seguridad en los campos además de alargar la vida de las personas que viven en ellos, pues sin luz se terminaba tras la puesta de sol.

"El acceso a la luz y la electricidad es relevante e importante para la vida de los refugiados en la misma forma que lo es para cualquiera. Si no tuviéramos acceso a la luz artificial, nuestras vidas se verían seriamente afectadas y muchas de las actividades que damos por sentadas no serían posibles", explica Samuel Perkins, experto en energía de ACNUR. "Esta es la situación a la que se enfrenta la mayoría de los refugiados en todo el mundo actualmente. Un suficiente nivel de iluminación puede mejorar la sensación de seguridad y protección, a la vez que mejora las oportunidades de negocios y la educación después del anochecer" añade Perkins. Para Paul Mccallion, experto también de ACNUR en energía, "la utilidad de la luz y la electricidad es brutal; las noches son largas y la luz ofrece a las personas una libertad y unas oportunidades de las que no disponen cuando se pone el sol".

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La nutrición: prioridad en los campos de refugiados de ACNUR

Foto: F. Noy

Actualmente casi 800.000 refugiados africanos sufren inseguridad alimentaria

450.000 refugiados en campos y asentamientos de la República Centroafricana, Chad y Sudán del Sur están viendo sus raciones diarias de alimentos reducidas en al menos 50%, en el caso concreto de Chad la reducción es de hasta el 60%. Otros 338.000 refugiados en Liberia, Burkina Faso, Mozambique, Ghana, Mauritania y Uganda han visto sus raciones reducidas entre un 5 y un 43%. Además, desde 2013 se han producido una serie de reducciones en las raciones con carácter temporal en campos de refugiados de varios países como Uganda, Kenia, Etiopía, la República del Congo, la República Democrática del Congo o Camerún. En ocasiones, estas reducciones han sido provocadas también por los problemas de inseguridad que afectan a la distribución de la ayuda humanitaria debido a las guerras y conflictos. 

Mapa África

Mapa África

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Un barco varado, millones de filipinos aún desplazados y muchas historias de supervivencia

Bartolomé y su familia en el barco

El gran barco encallado en Tacloban observa con cierta altivez el pequeño complejo de casas que se ubican a su lado. Los niños corren y juegan en el buque, aparentemente ajenos a la terrible tragedia que lo colocó allí y asoló sus comunidades el 8 de noviembre de 2013: el súper tifón Haiyan. Alguien quiso que se recordara y ha garabateado un mensaje en el casco de la embarcación: “Yolanda estúpida”. 

Texto que alguien garabateó sobre el barco
 

Este barco se convirtió en la casa de Bartolomé y su familia, junto con otras 37 familias más, durante las semanas posteriores al paso del Tifón Haiyan por la isla de Leyte, Filipinas. “En Filipinas, estos fenómenos atmosféricos son habituales y la población ya está preparada para actuar ante su llegada y adaptarse a ellos”, explica Marjanna Bergman, trabajadora de ACNUR, desde Tacloban. Sin embargo, Haiyan no fue un tifón cualquiera: afectó a 14 millones de personas. Desaparecieron comunidades enteras, la más afectada fue la isla de Leyte, en la que fallecieron a causa del mismo 6.000 personas. “Yolanda fue despiadada” se lamenta Bartolomé. “Nadie pensó que tendría tal fuerza”, apunta. 

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Más de 100 años, pero aún con fuerzas para volver a Siria

Fatoumeh, 103 años

Al igual que Fatoumeh, muchos supervivientes centenarios, que han sobrevivido a dos Guerras Mundiales, se encuentran tras tres años de conflicto en Siria refugiados en Líbano, sin saber qué pasará con el futuro de sus hijos y nietos y el de su país.

Dagha, 101 años

Dagha, 101 años

 

Dagha escucha el sonido de las bombas que caen en Siria desde la tienda en la que vive en Líbano. Sobre ella también cayó una bomba que la dejó parcialmente paralizada, ya solo puede apretar las manos de los familiares y amigos que se acercan a darle un beso. Cada semana, recibe nuevas noticias de personas que han muerto en su ciudad, a veces se trata incluso de sus propios parientes. Su familia cuenta cómo a menudo llora y grita en sueños. “Su mayor miedo es pensar que será enterrada en Líbano”,  explica Fátima,  la nieta de Dagha.

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Los chicos del carbón

Los chicos del carbón

A pesar de que los padres de Anas preferirían que volviera al colegio, como miles de niños refugiados sirios, creen que no tienen elección. “Mi padre no encuentra trabajo, y tampoco mi madre ni mi hermana”, explica el chico. Y con un alquiler de 200 dólares al mes y su hermana pequeña enferma, los 5 dólares que gana al día Anas son esenciales.

“Pierdo clase”, dice Anas, lavándose después de un polvoriento día de trabajo. “Y también el rato de jugar con mis amigos, persiguiéndonos al escondite, jugando a karate…”.

Con millones de refugiados sirios cruzando las fronteras para escapar de la guerra, el trabajo infantil es una preocupación creciente. ACNUR y sus socios están abordando el problema aconsejando a los padres y a los empleadores, facilitando ayuda económica a las familias con más necesidades y desarrollando programas en los que los niños pueden estudiar en su tiempo libre.

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De refugiados a emprendedores

El refugiado sirio Abdul fuera de su tienda en Zaatari.

Lo que empezó como unas pocas tiendas de ropa de segunda mano se ha convertido en un “centro comercial” de casi 3.000 tiendas diseminadas a lo largo del campo de Zaatari. Para los residentes del campo, pasear por sus “Campos Elíseos”, como así llaman a la avenida principal, es un entretenimiento, en la que se pueden encontrar negocios de lavandería, mascotas, pollos asados, ropa interior e incluso vestidos de novia, entre otros.

Un trabajador de ACNUR que frecuentemente visita el campo dice que todas las tiendas son ilegales pero toleradas, y que el comercio ha traído el beneficio de crear puestos de trabajo así como un campo más dinámico.

Los residentes gastan cerca de 12 millones de dólares en compras en el campo al mes. “Antes, era muy difícil, pero las cosas están avanzando y la gente está mejorando sus negocios”, dice Hamza, el co-propietario de la tienda de frutos secos Zoby. El fotógrafo Shawn Baldwin visitó el campo recientemente para capturar su floreciente espíritu empresarial.

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El reencuentro de una madre y sus hijos separados por la violencia

Ramatou con sus hijos

Durante el trauma y la confusión de la huida, muchas veces las familias se separan. Se enfrentan a muchos peligros en el camino para salvar sus vidas, y el viaje puede llevar varias semanas.

Ramatou, una madre de 45 años con 11 hijos, fue separada de 3 de ellos y de su marido cuando unos hombres armados atacaron su poblado en enero. Huyó con 8 de sus hijos y logró llegar a Camerún. Su marido y sus otros 3 hijos huyeron en una dirección diferente y vivieron experiencias muy duras mientras estaban escondidos en el bosque, llegando a separarse de nuevo.

A principios del mes pasado, Ramatou volvió a reunirse en el campo de refugiados de Mbile con sus dos hijos más pequeños. Ella estaba feliz, pero al mismo tiempo consternada porque estaban solos. Todavía tiene la esperanza de encontrar a su marido y a su hijo mayor.

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