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Los socialismos español y catalán son históricamente distintos

Los últimos desencuentros entre el PSC y el PSOE dan cuenta de una difícil relación que no viene de ahora, sino que se remonta a la aparición del socialismo en España

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Rubalcaba y Navarro

Los últimos desencuentros entre el PSC y el PSOE dan cuenta de una difícil relación que no viene de ahora, sino que se remonta a la aparición del socialismo en España. Ambas organizaciones representan dos socialismos que en realidad siempre han sido distintos desde sus respectivos orígenes, y que también han tenido evoluciones ideológicas y orgánicas diversas.

El PSOE proviene del grupo marxista que en 1873 se organizó en torno al diario La Emancipación dentro de la sección española de la AIT, de mayoría anarquista. Fue el grupo embrionario del PSOE, constituido seis años después en Casa Labra. El origen del socialismo español es, pues, el marxismo internacionalista. En cambio, el socialismo catalán proviene del republicanismo federal que, de la mano de Valentí Almirall, rompe en 1881 con el Partido Federal de Pi y Margall. Almirall (“Lo catalanisme”, 1886) defendió entonces un federalismo particularista que daría lugar a la corriente liberal y republicana del nacionalismo catalán, como más tarde Prat de la Riba (“La nacionalitat catalana”, 1906) sería el inspirador del nacionalismo conservador.

Ya entre los años 1880 y 1882, los grupos socialistas de Madrid y de Barcelona intentaron acordar un programa conjunto, con la mediación de Fernando Mora. Sin embargo, Pablo Iglesias y José Pamias no se entendieron, lo que dio lugar a la marcha de éste y la formación de un efímero Partido Socialista Oportunista. El socialismo barcelonés era reformista y federalista, mientras que el madrileño mantenía una retórica revolucionaria y combinaba el internacionalismo obrero con la asunción unitaria de la nacionalidad española y el rechazo al federalismo.

Una generación posterior de socialistas catalanes se organizó, a partir de una conferencia pronunciada en 1910 por Gabriel Alomar, para defender la síntesis entre nacionalismo y socialismo. La polémica de 1914 entre Andreu Nin y Antonio Fabra Ribas en las páginas del periódico La Justicia Social marca el inicio de un enfrentamiento entre el socialismo español y el catalanista.

Esos socialistas catalanes (Nin, Alomar, Campalans, Serra i Moret, Martí Julià, los Xirau, Vidiella, Comorera) actuaron como una corriente del nacionalismo republicano y pretendieron copar la dirección de la Federación Catalana del PSOE apoyados por Recasens i Mercader, su presidente, que sin ser nacionalista sí era partidario de la autonomía y de la promoción de la lengua catalana. A través de ella, quisieron federalizar al PSOE, consiguiendo la aprobación, de la mano de Julián Besteiro, de una moción que reclamaba la Confederación Republicana de Nacionalidades Ibéricas en el XI Congreso de 1918. Sin embargo, esa resolución sería sustituida, en el congreso extraordinario de 1919, por otra más moderada que defendía la autonomía regional de tipo gradual y que marcaría la doctrina del PSOE hasta la Guerra Civil.

En consecuencia, esa hornada de socialistas catalanistas abandonaron el partido y fundaron, en 1923, la Unió Socialista de Catalunya, dirigida por Serra i Moret, Rafael Campalans y luego Joan Comorera. En ese mismo año tuvo lugar una nueva polémica entre Campalans y Fabra Ribas, apoyado esta vez por Indalecio Prieto, que marcaría la ruptura entre ambos socialismos y una difícil reconciliación futura.

Durante la Segunda República, Juan Simeón Vidarte, dirigente socialista y secretario primero de las Cortes, intentó integrar a los cuatro diputados de la USC en el grupo del PSOE, pero no lo consiguió porque, según dice en sus memorias (“Todos fuimos culpables”, 1973), fueron a dos reuniones pero no se entendieron. En los años 1933 y 1934 tuvo lugar un intento de fusión que estuvo cerca de llegar a buen puerto, pero Largo Caballero y Comorera, los máximos dirigentes de ambas organizaciones, no alcanzaron un acuerdo laboriosamente trabajado por Enrique de Francisco.

Básicamente, Largo Caballero no aceptaba la soberanía de la USC en la política catalana ni la disolución de la Federación de Barcelona, profundamente anticatalanista y perteneciente a su corriente interna en el PSOE. La unidad socialista en Cataluña se produciría poco antes de la Guerra Civil al integrarse ambas organizaciones en el PSUC, dirigido por Comorera.

Finalmente, el Congreso de Montjuïc de 1978 permitió la unidad de las tres organizaciones socialistas que actuaban en Cataluña: el PSC-Congrés de Joan Raventós, el PSC-Reagrupament de Josep Pallach y la Federación Catalana del PSOE de Josep Mª Triginer. Se trató más de una unidad orgánica que ideológica. Los dirigentes del PSC-Congrés consiguieron copar la dirección y el rumbo ideológico del socialismo catalán hacia el viejo nacionalismo en el que siempre estuvieron integrados. En realidad, más que una unidad entre las tres organizaciones territoriales, se trató de un pacto entre las direcciones del PSC-Congrés y del PSOE, por la que los socialistas catalanes recuperaban la soberanía en la política catalana que Largo Caballero negó a Comorera, a cambio de integrarse plenamente en la estrategia del PSOE en la política nacional.

Esta unidad orgánica no ha podido ocultar, con el paso de los años, la lealtad dividida tanto de la militancia como del electorado socialistas. A pesar del fuerte compromiso del PSC con el proyecto socialista español durante los años 80, desde las primeras elecciones autonómicas de 1980, en las que se daba por descontado el triunfo de Raventós, ha habido siempre un desfase cualitativo entre los resultados obtenidos en las elecciones autonómicas y generales, llegando al 50%. Si bien el PSC ha obtenido tradicionalmente unos magníficos resultados en las legislativas, llegando casi a doblar a CiU en votos y escaños, en cambio en las autonómicas ha sucedido normalmente al revés.

Eso indica que aproximadamente la mitad del electorado socialista que ha apoyado al PSC en las generales, por identificarse con el PSOE, ha dejado de votarle en las autonómicas, y no para ir a otros partidos sino para nutrir la abstención. Esto se puede comprobar comparando sus resultados y la participación entre ambos tipos de elección en las zonas en las que el PSC normalmente ha sido el partido más votado en las legislativas y en las municipales. No se trata del clásico desfase que puede sufrir un partido de ámbito estatal entre unas elecciones generales –más favorables– y unas autonómicas –más localistas–. Es un problema particular, pues ese desfase indica que una buena parte del electorado socialista de Cataluña siempre se ha identificado más con el PSOE que con el PSC, actuando cuando éste le aportaba a aquél sus votos y sus escaños. Este electorado ha acabado por abandonar al PSC tras su apoyo al Estatut, el pacto con ERC y la deriva nacionalista bajo la dirección de Pasqual Maragall.

El socialismo catalán nunca ha sido la versión catalana del socialismo español, sino la versión socialista del nacionalismo catalán. Su prioridad ha sido siempre la construcción nacional de Cataluña, para desde su soberanía pactar federalmente con España. El nuevo federalismo del PSOE, en cambio, pretende que España sea un Estado federal de tipo orgánico y cooperativo, lo que es muy distinto. Ambos defienden federalismos distintos.

Constatar esto nos permite entender las discrepancias actuales. Cuando el PSC defiende el Estatut de 2005, el carácter nacional de Cataluña y el derecho de autodeterminación, está siendo coherente con la historia del socialismo catalán. Y cuando el PSOE recorta el Estatut en las Cortes, defiende la soberanía nacional española y rechaza el derecho de autodeterminación, es también coherente con la historia del socialismo español en este aspecto. En el fondo se trata de dos socialismos que siempre han sido, y siguen siendo, distintos y difícilmente conciliables. Como lamentablemente lo son Cataluña y el resto de España.

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