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Daniel Guerra Sesma

Politólogo. Doctor en Ciencias Políticas y de la Administración (UNED). Profesor de Derecho Internacional Público de la Universidad de Sevilla. Autor de "Socialismo y cuestión nacional en España, 1873-1939" (Editorial Académica Española, Madrid-Berlín, 2012) y "Socialismo español y federalismo, 1873-1976" (KRK Ediciones y Fundación José Barreiro, Oviedo, 2013).

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"I don't want to choose!"

El pasado mes de marzo España tuve la suerte de escuchar directamente a Stéphane Dion en diversos actos, invitado por la asociación Federalistes d´Esquerres. Dion explicó en ellos su tesis sobre el federalismo como organización territorial del Estado y como integración de identidades colectivas. Una de esas actividades fue una interesante conversación con Francesc Trillas, profesor de Economía de la UAB y miembro de dicha asociación. De la misma querría destacar algunos aspectos que me parecen oportunos en el debate sobre la cuestión territorial en España.

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Dos federalismos

Del reciente debate entre Ramón Jáuregui (PSOE) y Joan Coscubiela (ICV), organizado por Federalistes d'Esquerres, caben apuntar algunas consideraciones con la pretensión de aportar algo al debate público sobre la cuestión catalana.

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Los socialismos español y catalán son históricamente distintos

Los últimos desencuentros entre el PSC y el PSOE dan cuenta de una difícil relación que no viene de ahora, sino que se remonta a la aparición del socialismo en España. Ambas organizaciones representan dos socialismos que en realidad siempre han sido distintos desde sus respectivos orígenes, y que también han tenido evoluciones ideológicas y orgánicas diversas.

El PSOE proviene del grupo marxista que en 1873 se organizó en torno al diario La Emancipación dentro de la sección española de la AIT, de mayoría anarquista. Fue el grupo embrionario del PSOE, constituido seis años después en Casa Labra. El origen del socialismo español es, pues, el marxismo internacionalista. En cambio, el socialismo catalán proviene del republicanismo federal que, de la mano de Valentí Almirall, rompe en 1881 con el Partido Federal de Pi y Margall. Almirall (“Lo catalanisme”, 1886) defendió entonces un federalismo particularista que daría lugar a la corriente liberal y republicana del nacionalismo catalán, como más tarde Prat de la Riba (“La nacionalitat catalana”, 1906) sería el inspirador del nacionalismo conservador.

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El PSOE y el federalismo

La propuesta federal aprobada por el PSOE en Granada no tendrá un camino fácil dada la polarización del debate entre los nacionalismos español y catalán que el desafío soberanista de Cataluña ha provocado. A la movilización social por la consulta ha respondido el PP con la Constitución, lo que puede conducir a un período de enfrentamiento soterrado entre dos opiniones públicas cada vez más alejadas: la catalana, a favor de la soberanía; la española, a favor de una mayor recentralización del Estado. En ese contexto, el PSOE propone una reforma constitucional para redefinir el Estado autonómico, reordenar su evolución de hecho federal e incorporar la doctrina destilada por el TC a lo largo de los últimos veinte años.

Pero la tradición federal española no cuajó decididamente ni en el liberalismo ni en la izquierda. Cuando el PSOE se empieza a constituir en 1879 asumió a España como su nación y como una realidad histórica y política asentada, por más que necesitara una transformación profunda. Ya en 1873, el precedente grupo marxista de la sección española de la AIT –de mayoría anarquista- rechazó el proyecto federal de la Primera República y los movimientos cantonalistas. El federalismo era para aquellos primeros socialistas una idea burguesa y disgregadora defendida por sus máximos rivales en el campo obrero: los republicanos y los anarquistas. Y comenzaron a vincular la unidad política de la nación con la unidad del proletariado español, lo que se mantendrá durante mucho tiempo como un axioma inquebrantable frente a nacionalistas y federalistas. Así, Pablo Iglesias escribe en 1899: “los obreros castellanos, los obreros de España, saben bien que en todas esas alharacas no hay una frase a favor de las clases oprimidas (…) sino miserables y egoístas intereses” (El Socialista, 20.10.1899).

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