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Qué hacer con tanta rabia e impotencia

Siento rabia e impotencia por escuchar tanto espíritu de superioridad, de responder preguntas estúpidas por trabajar solo en Barcelona, y responder otra tanda de preguntas estúpidas por ser de Andalucía.

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Nubes en pleno vuelo

Nubes en pleno vuelo

De esto que llega el día y no quieres escribir. No quieres escribir porque ya está todo dicho, porque hay una saturación de mensajes, porque sientes en tu nuca una especie de caza según lo que digas, porque tus mismos sentimientos se convierten en una carrera de obstáculos, y porque de lo único que tienes ganas es de dar un golpe en la mesa donde soltar parte de la carga.

Siento rabia e impotencia de tener que dar explicaciones de forma continua por trabajar donde trabajo, por vivir donde vivo, por nacer donde he nacido, por lo que escribo, digo y pienso y, también, por ser mujer.

Rabia e impotencia por escuchar tanto espíritu de superioridad, de responder preguntas estúpidas por trabajar solo en Barcelona, y responder otra tanda de preguntas estúpidas por ser de Andalucía. Rabia e impotencia de quienes miran por encima del hombro, de creerse el centro del mundo, de escuchar todavía "con Franco se vivía mejor", de problemas políticos que terminan en un ataque a derechos civiles, de detenciones, registros y desfiles de poder, y de callar muchas veces, dentro de las familias y amigos, por tal de no provocar un mal mayor.

Rabia e impotencia porque se siguen riendo en nuestra cara con sus mentiras. Que tengamos que ver a una ministra en televisión comparándose con una mujer que cobra 700 euros de sueldo, que queden en silencio siempre los mismos, representados como víctimas fortuitas de un destino que "les ha tocado", sin asumir la responsabilidad de haberles llevado hasta allí. Como si no tener subsidio, comida, luz o calefacción este invierno y trabajar por dos euros la hora fuese por elección.

Rabia e impotencia de que el machismo saque pecho, de justificar lo que diga solo por ser mujer, de ser cuestionada o criticada, de que me hagan dudar de mi palabra, de tener que demostrar más, de ser etiquetada como exagerada, de recibir cada semana mensajes de compañeras agredidas o acosadas, de escuchar campañas donde solo nos responsabilizan si nos maltratan o agreden, de no tener los privilegios de ellos, de tener que dudar de los aliados, de pararme en la calle si un hombre se acerca demasiado, de ver cosificación normalizada a diario, de tener que soportar a tíos que solo buscan porno como si fuésemos objetos de barra libre, de que la sororidad a veces parece pura mitología, de ver cómo se protege al agresor, se ataca a la víctima o de hacer frente siempre a las mismas burdas e ignorantes preguntas machistas.

Rabia e impotencia porque mientras abrimos otros debates, la vida pasa y la gente muere. Ignoramos a los muertos sepultados en el mar o en la arena del desierto, a quienes viven en campos de refugiados, a quienes huyen de las bombas y del hambre, de las violaciones, de la venta de órganos, de la trata y de las desapariciones, a quienes saltan fronteras mientras elevamos otros nuevos muros por construir, de considerar sus vidas de segunda, tercera, cuarta o quinta porque nos creemos mejor que nadie, con un ego que supera nuestras limitaciones.

Rabia e impotencia porque siempre ganan los mismos, porque avisamos de que todo esto pasaría sin poder evitar que lo tacharan de locura y exageración. Avisamos de la precariedad, de la falta de valores, de la pobreza, de la desigualdad, del machismo y sus asesinatos, de las manipulaciones, del fascismo, del Daesh, de las guerras en el falso nombre de la libertad, de la deriva de Europa, de los recortes, de Catalunya y de blanquear al enemigo.  

Rabia e impotencia de quienes se tapan los ojos y se encogen de hombros, de aplaudir al mediocre y ridiculizar a quien propone, de quienes toman decisiones teniendo de referente a Bertín Osborne. Harta de postureos y de mirar de perfil, de quedar bien, de la justicia injusta, de empresarios que se salvan de todas y ofrecen puestos jugosos como recompensas, de políticos mediocres que solo miran su ombligo, echan leña al fuego y nos endosan hacer frente a nuevos enemigos solo porque son los suyos.

Rabia e impotencia de tanta incertidumbre y de que se salven los culpables. De que todos se laven las manos, señalen al de al lado y nadie asuma responsabilidades, mientras la gente se levanta cada mañana teniendo que trabajar, y comer y pelear y buscar algo que no machaque su dignidad. Nadie parece ver que nos vamos al carajo. Ya me gustaría equivocarme, pero intuyo que desde ahora nos dividiremos más, que nuestras vidas y condiciones empeorarán, que aumentará el fascismo, el miedo y los delitos de odio hasta que todo haga ¡booom! en nuestra cara. Y será cuando huiremos con lamentaciones, corriendo del espanto en un sálvese quien pueda al borde de un juicio final. Preferiría escribir algo menos desalentador pero entre los empresarios sin escrúpulos, el interés de los políticos, el capitalismo que nos aplasta, el fascismo haciéndose fuerte y el patriarcado que nos asfixia, no puedo decir que salga el arco iris.  Porque todo es una lucha de poder, más allá de toda la liturgia emocional que nos quieran vender.

Siento rabia e impotencia de escribir esto y de que no cambie nada. Voy en un avión y, desde arriba, veo lo pequeños que somos. Aún pareciendo hormigas a lo lejos, somos los que cambiamos el mundo. Y en esa pausa, por encima de las nubes, es el único momento donde el dolor se mitiga, porque desde arriba no veo las fronteras, y me siento en tierra de nadie y en tierra de todos. Hasta que regreso. Y pongo los pies en el suelo. Y no sé qué hacer con tanta rabia e impotencia, de nuevo.

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