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La crisálida

La autora, diputada de IU en el Parlamento de Andalucía, reflexiona sobre los augurios de desaparición de su formación por la confluencia con Podemos y otras fuerzas

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EFE

Hace unos años leí un artículo de opinión sobre la nostalgia. Un psicoanalista y psicólogo clínico hablaba sobre la perfección que rodea a nuestros recuerdos, a todo aquello que vivimos y que ha quedado suspendido en el pasado, envuelto en un halo idealizado e inmóvil que evocamos como un pasado feliz y tristemente perdido. Por eso en el artículo se hacía referencia a la nostalgia como eso, como una felicidad triste.

Creo que esa sensación es común a todas las personas. Todas dejamos cosas por el camino que recordamos con esa mezcla de sensaciones, a veces íntimas y otras muchas compartidas, aunque no siempre nos vienen a la memoria de la misma manera a quienes las vivieron juntas, y ahí iba yo para esta entrada de hoy.

Andan algunos compañeros y compañeras dentro de Izquierda Unida rememorando un tiempo pasado y a su criterio mejor. Un tiempo de gran visibilidad pública de nuestra organización, de gran influencia y fortaleza de nuestro proyecto político, de inequívoco conocimiento de nuestras propuestas y de las personas que las defendían en nuestro nombre. Lo hacen desde el hondo pesar que les provoca la pérdida de esas referencias a causa de la senda emprendida en pos  de “nuestra desaparición”.

Yo no recuerdo esa etapa, o al menos no tengo esas sensaciones cuando rememoro nuestro pasado remoto y reciente. IU es una organización que ha tenido pocas posibilidades reales de materializar políticas en favor de la mayoría social. Nos hemos adelantado con análisis certeros a la mayor parte de los de los acontecimientos indeseables que se han precipitado en nuestro país a consecuencia del desprecio bipartidista: el reparto del trabajo, la necesaria sostenibilidad ambiental, el peligro de la desindustrialización, el excesivo peso de la construcción y el sector servicios en el modelo productivo de nuestro país, la defensa de lo público como garantía de equidad, la resolución pacífica de los conflictos, el feminismo como garantía de igualdad…

Salvo nuestra red local, con una nutrida lista de ayuntamientos desde los que hemos intervenido y seguimos haciéndolo de manera muy positiva, o efímeros y aislados cogobiernos autonómicos de los que hemos formado parte desde una debilidad patente, nuestro gran proyecto de transformación social para este país está por implementar.

Las personas que en algún momento han coincidido con nuestras tesis conforman un electorado cuyo núcleo duro siempre ha sido tan fiel, como escaso. El resto de los apoyos electorales ha sido volátil: recuerdo “el voto útil” que hizo Presidente a Zapatero, recuerdo los estragos de “la pinza”, recuerdo nuestra impotencia ante la Ley D´Hont y su exigua traducción en escaños y posterior reparto de tiempos en las campañas. Lo recuerdo y no soy feliz cuando lo hago, no siento nostalgia.

Sin embargo, sí me emociono con la posibilidad de dar un vuelco en este país nuestro y en esta Andalucía nuestra. Me ilusiona el reto de formar parte de un sujeto político mestizo, vivo y capaz de traducir en votos la regeneración de nuestras instituciones, de alumbrar un cuerpo normativo que haga justas las reglas del juego, de gobernar para las personas que han visto saltar por los aires sus proyectos de vida y para todas aquellas que ni siquiera sueñan con aspirar a un futuro mejor.

Por eso lamento profundamente que compañeros y compañeras que han construido esta organización y han sido parte fundamental de ella, pongan su perdurabilidad por encima de las personas  cuyas penosas condiciones de vida y de trabajo dan sentido a nuestra existencia como proyecto político desde su nacimiento. Lamento sus poco meditadas afirmaciones, sus juicios de valor sobre el papel que están jugando las personas que más se han implicado en llevar a la práctica los cambios necesarios, y la tortura sistemática de unos recuerdos de nuestra historia que sólo retorcidos pueden resultar tan agradables cuando vienen a la mente. Lamento en definitiva, las palabras de algunos, utilizadas por nuestros adversarios para minar nuestras expectativas, y también los silencios de otros y otras, que debieran dar un paso al frente pero callan rehenes de  cálculos tacticistas con los que pretenden agradar a quienes piensan una cosa y la contraria.  

La equidistancia y el falso consenso no son recomendables, en estos tiempos menos. Si repasamos nuestro proceso asambleario federal creo sinceramente que la conformación de listas únicas en las provincias, fue una decisión equivocada. Lo hicimos para facilitar un proceso carente de tensiones estériles, dado que una mayoría abrumadora respaldaba las tesis políticas del documento que avalaba la candidatura de Alberto Garzón. Pero también es cierto que aquella unidad formal disimuló discrepancias importantes que no resolvimos convenientemente. Cuando en unos meses abordemos nuestro proceso asambleario andaluz, debiéramos cuidarnos de caer en el mismo error. Necesitamos debates honestos, sinceros y leales: debemos despejar cualquier duda acerca de hasta dónde estamos dispuestas a llegar para robustecer una verdadera alternativa de gobierno que desbanque la alternancia bipartidista del poder. Y ponernos a ello es urgente, junto con todas las organizaciones y colectivos que quieren su energía y su inteligencia colectiva a disposición de disputar en firme el poder a quienes lo han usado en beneficio propio o de intereses inconfesables.   

Somos una organización trabajadora y constante. La aportación de IU a la historia reciente de nuestro país es ineludible, pero para que lleguemos a cambios sustantivos, definitorios de nuevos asideros jurídicos, políticos y culturales con los que hacer carne los sueños y anhelos de millones de personas, tenemos que hacer más, con más organizaciones, y rememorar sesgadamente menos. IU no va a desaparecer, es y va a ser una parte fundamental e imprescindible para afrontar los retos pendientes. Nuestra contribución es fundamental especialmente en Andalucía, gobernada cada vez peor y cada vez con menos ganas por un PSOE abúlico.    

IU no puede momificarse como una  crisálida política cuyo potencial quede preservado a costa de ver a la mariposa volar. Somos un espacio de trabajo, un movimiento político, una fuerza rupturista, un agente precipitador de cambios… somos todo lo que hemos teorizado, aprobado por aplastante mayoría en nuestros documentos y en nuestras últimas asambleas federales. Ahora toca echar a volar. ¿Quién se apunta?

 

 

 

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