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ARAGÓN

De Podemos, Aragón y los nombres en los mapas

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Un bar, una esquina del barrio de Torrero de Zaragoza. Tres hombres, jubilados, pasando largamente los sesenta discuten acaloradamente en una tarde acalorada de septiembre. Uno levanta la voz: "Mariano Rajoy ha chupado de la borrega y se tiene que ir, es un cerdo para los españoles".

La discusión se hace más agria, uno de los tres hombres, presumiblemente el que vota al PP, se levanta mientras el que ha gritado insiste, "vete a tomar por culo de aquí".  Misma esquina, puerta del mismo bar, Torrero, Zaragoza, unos pocos meses antes. Dos parejas, hombre-mujer, hombre-mujer, en lo que antes fue madurez y ahora es juventud forzada -esto es, inestabilidad, esto es, los cuarenta- acaban su conversación antes de subir a cenar.

Repasan sus créditos, sus contratos temporales, sus hipotecas. Despedidas, apretones de manos y besos en las mejillas. En un momento de esa separación, una de las mujeres responde a un comentario inaudible, "claro ya veremos; nosotras somos las que debemos". Pongo dos ejemplos al azar de una tristeza que se ha extendido como una mancha, no porque hayan cambiado los efectos -crisis, precariedad, corrupción- que la causan.

Al contrario, son un síntoma de como chirría un tiempo al que se llamó "ventana de oportunidad" (por qué las oportunidades se abren como ventanas y no se extienden como grandes alamedas es una incógnita que no sabemos resolver), la tristeza y la resignación se habían convertido en indignación primero, lucha después para acabar estallando en la ilusión que llevó a Podemos y al resto de fuerzas del cambio a las instituciones sobre una marea ciudadana desconocida y que ha alterado de un modo irreversible el mapa político aragonés y estatal. 

Se puede creer que la política tiene un efecto catártico, y en el caso de la nueva política, que tiene un acelerado efecto rejuvenecedor. Sin embargo, como decía U2 hablando de algo menos prosaico que los gobiernos y los nombres de hombres poderosos, corre uno el riesgo de correr para acabar quieto. La llegada de Podemos ha significado un cambio y una esperanza en el campo de las posibilidades. Ha conllevado incluso, por lo que respecta a Aragón, ciertos cambios materiales. Pero en el campo de las realidades, Mariano Rajoy sigue ahí, y nosotras seguimos siendo las que debemos.  Es cierto, no puede ser más cierto, que la última vez que tuvimos un tiempo para pararnos sin estar quietos y así poder pensar, los resultados fueron brillantes.

Del poso -y del humus- de las plazas nacieron las estrategias que llevaron a Podemos a ser una fuerza determinante en las Cortes y a Zaragoza en Común a detentar la alcaldía. Se marcó entonces una hoja de ruta que hemos seguido y que ha llevado a una mejora real en las políticas que se hacen desde las instituciones. Sin embargo, ese camino que nos habíamos marcado se ha acabado y llega el momento de volver a escribir la bitácora.  Pero no hay un país ni una ruta que escriba Podemos. Decía un personaje de una célebre película de hace unos años, "nosotros somos los países auténticos, no las fronteras trazadas en los mapas con nombres de hombres poderosos". En todo este proceso hemos corrido el riesgo de convertirnos en hombres, mujeres, organizaciones poderosos, y trazar fronteras en la política con nuestros nombres. Si no nos equivocamos y hemos leído bien el momento, aún no somos esos hombres y mujeres poderosos, de ese poder entendido como el que te posee para que poseas, y no como el ser atravesado para que sigas sirviendo a la gente.

Si no nos equivocamos, es ahora cuando hay que parar para no estar quieto y dejar que hablen el país y los países auténticos para continuar trazando el camino. Hay decisiones urgentes. Hay decisiones importantes. Hay un hombre en la Moncloa que lo hace todo y que no hace nada. Hay un hombre en el Pignatelli que no sabe qué hacer, que es Mortadelo un día y San Jorge otro. Pero sobre todo, hay un mucha gente que sigue diciendo y sigue viviendo que nosotras somos las que debemos (y eso no nos deja llegar a fin de mes). Bien. Abramos ese debate. Dejemos que nos permee el país auténtico, que nos atraviese y que redacte la hoja de ruta.

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