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Antonio Pampliega

Periodista freelance español especializado en zonas de conflicto. Desde 2008 ha cubierto Irak, Líbano, Pakistán, Egipto, Afganistán, Haiti, Honduras, Siria, Somalia y Sudán del Sur. Sus trabajos han sido publicados por AFP, AP, CNN, BBC, The Times, El País, Tiempo de hoy, EFE o NEUPIC.

Los menores perdidos del Mediterráneo: "Si me deportan volveré a intentar llegar a Europa"

Amanece. Los primeros rayos de sol recortan las siluetas de las frágiles figuras. Los brazos de sal mecen con suavidad la balsa de goma que navega a la deriva. Un silencio lúgubre y siniestro embarga la atmósfera. Gestos de cansancio y hartazgo cincelan sus duras facciones. Rostros pétreos. Ojos penetrantes que apuñalan. En definitiva, miedo a lo desconocido.

Manos desesperadas se alzan en busca de un chaleco salvavidas. Tensión, angustia, nerviosismo, desesperación… En este popurrí de sentimientos, un rostro llama poderosamente la atención. Permanece sereno e imperturbable. El miedo atenaza los músculos de su cara aniñada. Bokar Sissoho tiene 14 años pero muestra una madurez impropia de su edad. Mira a su alrededor sin perder la calma. Espera pacientemente su turno para recibir uno de los chalecos que reparten los socorristas de la ONG española ProActiva Open Arms.

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"He visto a compañeros lanzarse al agua porque no querían ser devueltos a Libia"

Piel de ébano. Rostro serio. Mirada triste y vacía. Sus ojos almendrados miran al infinito. Permanece cabizbajo y en absoluto silencio. Se siente incómodo y fuera de lugar. Juguetea con sus dedos espigados mientras el reloj devora unos segundos que parecen eternos. Acaba de ser rescatado del mar Mediterráneo que ya se ha tragado 593 vidas este año, según Acnur.

Se llama Mamadee Kamara. Sólo tiene 18 años pero su mirada es la de un anciano; la de alguien que ha visto y vivido cosas que ningún ser humano debería de haber experimentado, la de una víctima pero también la de un superviviente. Su timidez, esconde una historia de torturas, violencia y humillaciones.

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De jefe de una pandilla a cocinero: "Ahora estaría en la cárcel o bajo tierra"

Tatuajes en los antebrazos. Pañoleta roja anudada en la cabeza. Pendientes que quieren imitar los brillantes que lucen los futbolistas. Un fino bigotito que enmarca sus gruesos labios. Más de metro noventa de altura. Corpulento. Andares desgarbados. Mirada dura y desafiante. Su aspecto intimida. De encontrarse con él por la calle muchos no dudarían en cambiarse de acerca para evitar posibles problemas.

"Si la cocina no hubiese aparecido en mi vida, estaría en la cárcel, cumpliendo 30 años de condena, o bajo tierra, como alguno de mis amigos", confiesa Rafita, antiguo jefe de Los Trinitarios y hoy reconvertido en cocinero.

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La radio que rompe tabús: "Frente al micrófono me olvido de mi enfermedad mental"

"Soy esquizofrénico", se sincera Ángel Antonio enmarcando una tímida mueca de pesar con los labios. "En mi familia, salvo mis padres, nadie sabe que sufro una enfermedad mental. Me da miedo hablar abiertamente sobre ella y me da miedo sentirme rechazado por los demás, por eso lo oculto", confiesa este hombre de 49 años de mirada afable y rasgos frágiles.  

Ángel Antonio se sienta al lado de sus cinco compañeros. Se pone los auriculares y se coloca el micrófono a un palmo de distancia. "Como hacen los locutores profesionales", afirma este antiguo estudiante de ingeniería industrial momentos antes de entrar en directo en el programa Conecta con nosotros.

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Querido Jim

Hay periodistas que tienen un halo especial, y Jim era uno de ellos. Su compromiso. Su profesionalidad. Su humanidad le hacían destacar por encima de muchos otros. En marzo de 2012 entró en Siria -ilegalmente y jugándose la vida, como tantas otras veces- para documentar lo que estaba ocurriendo en la revolución. Lo que allí vi le llevó a seguir entrando y entrando una vez tras otra para que el mundo no olvidase el drama que vivían los sirios.   Pero si algo marcó a Jim, eso fue lo que vi en la ciudad de Alepo. La guerra en toda su inmensidad. El drama de los civiles desamparados. El horror y la crudeza de la barbarie. Su compromiso le llevó a iniciar, en las redes sociales y entre compañeros periodistas, una campaña de mecenazgo para conseguir una ambulancia que diera servicio a los civiles heridos en la ciudad de Alepo. Hasta ese momento, no había casi ambulancias y los heridos tenían que ser trasladados en taxis o en coches particulares.

Jim tenía un compromiso con Siria y con los sirios. Jim nos demostró a todos que nuestro trabajo está, incluso, encima de nuestras propias vidas y de nuestros seres queridos. Ese compromiso es el que recordaremos aquellos que lo conocimos. Ese compromiso y su carácter afable y su sempiterna sonrisa.     Nos ha demostrado, incluso en el momento de su muerte, su infinita dignidad. Una dignidad que no demostraron sus cobardes asesinos. Yo me quedo con la imagen de mi amigo trabajando. Con su imagen descompuesta en el hospital Dar Al-Shifa mientras documentaba las miserias de la guerra. Me quedo con su humanidad y su compromiso.   Te vamos a echar mucho de menos Jim. Los que te conocimos, no te olvidaremos nunca.

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