La pérdida de talento científico y el declive del programa Ramón y Cajal: “¡Santiago y cierra España!”
El afán por hacer noticias lleva a ver las cosas desde un ángulo único y a veces distorsionado. La noticia que se construyó sobre la coincidencia en el tiempo de un premio internacional concedido a un joven físico y la no concesión al mismo de un contrato en la última convocatoria Ramón y Cajal ha dado lugar no sólo al revuelo que se buscaba sino a desenfocar el tiro sobre la realidad de la I+D+i española. Algunos escritos han derivado en sensacionalismos superficiales y en críticas y sospechas que poco ayudan a entender la realidad de lo sucedido. Y menos aún ayudan a retratar con objetividad el mundo académico y sus vicisitudes actuales. Hagamos primero un breve repaso de los hechos.
El 6 de Mayo la Sociedad Europea de Física otorga al Dr. Diego Martínez Santos el Premio 2013 al mejor joven físico experimental en el campo de la física de partículas. Ese mismo día se le notifica que no ha quedado seleccionado dentro de los propuestos para un contrato postdoctoral en el programa Ramon y Cajal. La no concesión de un contrato Ramón y Cajal al Dr. Martínez Santos tiene al menos dos lecturas. Puede concluirse de este hecho que la asignación de contratos no se realiza de forma adecuada, o que hay tan pocos contratos que incluso investigadores de la valía del Dr. Martínez Santos quedan por debajo de la línea de corte y no alcanzan a asegurarse un contrato.
Los trabajadores de la ciencia
Uno de los objetivos de Ciencia Crítica es mostrar a la sociedad cómo hacemos nuestro trabajo los investigadores. La falta de conocimiento sobre nuestro trabajo puede llevar a que la sociedad se cuestione si está justificada la inversión de dinero público en esta tarea. ¿Somos unos privilegiados que malgastamos recursos públicos, y por lo tanto un lujo para la sociedad, como parece pensar el gobierno actual al considerar las partidas dedicadas a investigación como prescindibles? ¿O somos trabajadores especializados que producimos un bien necesario: el conocimiento? En un país de seis millones doscientos mil parados, en el que más de una de cada cuatro personas en disposición de trabajar no puede hacerlo, esta no es una cuestión banal. El coste y los beneficios que aporta la ciencia –pública y privada– a España será un tema recurrente de este blog. Pero aprovechando el Día Internacional de los Trabajadores hoy nos queremos centrar en quién y cómo hace ciencia.
Un sistema científico bien estructurado debe apoyarse en tres grupos de profesionales – investigadores, profesores de universidad y técnicos de investigación. Además de estos tres grupos, otros tres son fundamentales para maximizar la eficiencia del sistema y el retorno obtenido por la sociedad: un cuerpo de tecnólogos que aplique los descubrimientos más recientes para desarrollar máquinas, instrumentos o sistemas con aplicación directa para la sociedad, otro de divulgadores de la ciencia que se encarguen de acercar los nuevos avances a la sociedad –y de ayudar a los investigadores a hacerlo, y un tercero de gestores y administradores especializados que se encargue de la gestión práctica y económica de todo el sistema, incluyendo la obtención de fondos. Aunque en este post no nos ocuparemos de estos tres últimos grupos, queremos resaltar su importancia. Un ejemplo excelente, aunque ficticio, de la importancia que un buen gestor puede tener sobre el impacto de la ciencia es el de Harry Carmichael, protagonista de la novela de ciencia ficción El texto de Hércules, de Jack McDevitt, que se implica con los astrónomos de su centro para gestionar los telescopios, conseguir fondos con los que profundizar en unos datos poco claros pero potencialmente interesantes, y finalmente maximizar el impacto social de la noticia que ese descubrimiento genera: el mensaje de origen inteligente que logran descodificar.
Los tres grupos de científicos tienen diferentes grados de implicación en el diseño y ejecución práctica de la investigación y la interpretación de los resultados, así como en la formación de profesionales especializados. Las funciones de los investigadores no sólo abarcan investigar, sino también planificar y dirigir la investigación, captar recursos económicos externos tanto nacionales como internacionales para llevarla a cabo (una tarea para la que, en otros países, cuentan con la inestimable ayuda de gestores especializados), diseminar sus resultados tanto en ambientes académicos (mediante publicaciones, conferencias y cursos) como al público general, realizar transferencia de conocimientos a empresas o tecnólogos que puedan desarrollar productos o mejorar la eficiencia de su trabajo gracias a ellos, colaborar con la docencia terciaria (universidades,másteres) y formar otros investigadores. Los profesores de universidad son investigadores que, además, desempeñan tareas docentes, con lo que realizan las tareas antes referidas más las clases y actividades de tutoría correspondientes. Y, finalmente, los técnicos ejecutan y dan apoyo a la investigación diseñada por otros, contribuyendo a menudo a dicho diseño, y además pueden –y en muchos casos deben– apoyar tareas docentes en las universidades.
El viajante
“No tenía que haber dicho que sí”, pensó por enésima vez al ver el precio del billete. En otros tiempos, era un orgullo y una alegría ser invitado a representar a España en una reunión internacional organizada por la Comisión Europea. Incluso ahora, la posibilidad de contribuir a rescatar la investigación en biodiversidad del cementerio al que ha sido relegada en el programa Horizonte 2020 (el próximo Programa Marco de investigación de la Unión Europea, centrado en “crear nuevo crecimiento y trabajos en Europa”) era una posibilidad a la que resultaba difícil renunciar. Lo que temía no era la mala comunicación entre el sur y el centro de Europa, que le obligaría a perder casi ocho horas tanto en la ida como en la vuelta; ni la conmiseración visible en los ojos de sus colegas cuando le preguntaban por la situación de la investigación en España; ni tan siquiera la posibilidad de contribuir con su presencia a legitimar un programa de investigación insensato que, llenándose la boca de sostenibilidad y grandes retos, solo contribuye en la práctica a acelerar la velocidad a la que los lemmings europeos nos acercamos a los acantilados (una expresión que, aunque biológicamente incorrecta, proporciona una poderosa metáfora de la tendencia del ser humano a negar sus problemas más acuciantes).
Lo que le importaban eran los pequeños detalles.
Recurrió a la vieja táctica de “patear el balón hacia delante”, como le enseñó un amigo argentino en los tiempos de la hiperinflación – cuando le sorprendió que ningún investigador de ese país pudiera llegar a fin de mes sin combinar dos o tres trabajos. Últimamente, recordaba esta impresión a menudo, cada vez que leía las noticias: quemarse la salud a diario, eso sí que es vivir por encima de nuestras posibilidades. Así que reservó los billetes a través de la agencia de viajes de su instituto, para evitar pagarlo con tanta antelación – y por si los organizadores decidían no cumplir su promesa de hacerlo, que en estos tiempos nunca se sabe. Ojalá no ocurriera esto último, porque el Organismo Público de Investigación para el que trabaja no tiene ningún mecanismo para cubrir la asistencia a reuniones asociadas al Programa Marco Europeo – a pesar de ser estas esenciales para mejorar el retorno económico, o para ser tenido en cuenta en futuras solicitudes de proyectos. Antes, los investigadores se atrevían a utilizar fondos de proyectos existentes para cubrir las reuniones de preparación de futuros proyectos, o incluso las de representación de un ministerio que a menudo se olvidaba de invertir en ser representado. Pero la saña con que las recientes auditorías de proyectos examinan las declaraciones de gastos para “rescatar”, con cualquier excusa, el dinero gastado durante los últimos 5 años por los investigadores ha eliminado cualquier flexibilidad. Gracias al “buen hacer” del Ministerio de Hacienda en su lucha por cumplir los objetivos de déficit a costa del buen funcionamiento de la administración pública, quien quiera un español en una reunión internacional, que pague los gastos. Por mucho que el principal interesado sea el propio estado español.
La fortaleza de no esconder las debilidades
Llega por casualidad a nuestras manos un obituario en memoria de Charles Darwin, publicado en los Annals and Magazine of Natural History. Se trata probablemente, aunque no hemos conseguido confirmarlo, de una traducción del obituario escrito para los Comptes rendus de l’Académie de Sciences por Jean Louis Armand de Quatrefages. Poco importan los detalles bibliográficos. Lo que llama la atención es el siguiente párrafo: “Del carácter de sus escritos no hace falta que hablemos. Aquellos que son capaces de apreciarlos saben bien… cómo cada hecho que parece contradecir la opinión del autor es expuesto con candidez y detalle, con frecuencia con mucha más fuerza de la que podrían haber utilizado sus oponentes…”
¿Qué tiene esta afirmación de particular? Es tentador ver el conocimiento como un enorme rompecabezas, y la investigación como el proceso de añadir pieza tras pieza para desvelar la imagen del conocimiento. La metáfora, sin embargo, es poco afortunada. Porque en un rompecabezas cada pieza tiene su sitio, y una vez que llega a su lugar no hay que volver a moverla. Los trabajos de investigación no son como las piezas de un rompecabezas, ya que algunas veces nos engañan. Nos hacen creer en espejismos que, con frecuencia, se desmoronan tras años de esfuerzo.
Recordemos, por ejemplo, el famoso éter. Una sustancia que debía rellenar el vacío para que las ondas electromagnéticas pudieran transmitirse. Su existencia se postuló para explicar los resultados de Maxwell y obstaculizó el avance de la física durante un siglo, hasta que el experimento de Michelson y Morley refutó su existencia. Es un poco como si, en la caja del rompecabezas, además de las mil piezas necesarias para formar la imagen, hubiera otras tantas para despistar. Piezas que encajan en un momento dado pero que, una vez colocadas, nos obligan a colocar nuevas piezas que, finalmente, nos conducen a un callejón sin salida. La investigación es un rompecabezas mucho más insidioso que el de la novela de Georges Perec.
Infinitas utopías
“El Elegido” debía tratarse de un ser humano capaz de descifrar el código computacional de las máquinas y así poder entrar y modificar el mundo virtual en el que estaban viviendo esclavizados la inmensa mayoría de los seres humanos. Este fragmento a modo de sinopsis de The Matrix nos sirve para introducir una herramienta científica en auge, que tiene importantes repercusiones sociales y políticas: la simulación de mundos virtuales. El continuo incremento de la capacidad de los ordenadores, y sobre todo de los super-ordenadores y la capacidad de super-computación de alto rendimiento ha llevado al filósofo Nick Bostrom a plantearse la posibilidad de que estemos viviendo realmente en un mundo simulado. Su hipótesis se basa en tres premisas enlazadas: la primera es que la probabilidad de que la humanidad evolucione en una especie post-humana es bajísima pero quizás no nula y que por tanto sería posible llegar a ese estado; la segunda es que si dicho estado es alcanzado, la capacidad tecnológica de esa sociedad post-humana sería elevadísima, permitiendo simular nuestras propias vidas (o mejor dicho las de nuestros ancestros), aunque esto no fuese muy probable; finalmente, la tercera dice que llegado a ese estado existiría una alta probabilidad de que estuviésemos viviendo en una simulación. Lo contrario sería aceptar que la extinción de los humanos ocurrirá sin lugar a dudas antes de que seamos capaces de ejecutar dichas simulaciones.
Lejos de plantearnos en este blog si Bostrom puede o no tener razón, lo que sí queremos hacer es una reflexión sobre cómo las máquinas podrían ayudarnos a pensar en mundos alternativos, o más bien, en sistemas alternativos de funcionamiento de la especie humana en su conjunto, así como de su relación con el único planeta que habita. Ello podría contribuir, por ejemplo, a que la palabra sostenibilidad pasase de ser una hipocresía política a una realidad palpable.
El Planeta Tierra es lo que conocemos como un sistema complejo, o más bien un conjunto jerárquico de sistemas complejos anidados, pues cada una de las células que componen cada uno de los organismos multicelulares que la pueblan es en sí mismo un sistema complejo. Los organismos vivos a su vez son sistemas complejos que interactúan unos con otros intercambiando materia y energía en los llamados ecosistemas, transformando a su vez las propiedades físicas y químicas del gran sistema complejo que es La Tierra. Por intereses obvios, de todos los sistemas complejos presentes en La Tierra, los más simulados hasta la fecha han sido seguramente el tiempo atmosférico y la economía humana. Sin embargo, la viabilidad futura de nuestro planeta no depende de estos sistemas de forma aislada, por muy bien que éstos se estudien, si no de cómo estos sistemas interaccionan con el resto, y en particular con la biosfera; es decir, la parte viva del Planeta. Los primeros intentos de combinar la simulación para estudiar como la polución y el crecimiento de la población pueden arrojar diferentes escenarios de futuro dependiendo de las políticas de los gobiernos se iniciaron hace más de una década.
¿Por qué publicamos en revistas científicas?
Una de las funciones de Ciencia Crítica es ser una ventana abierta al mundo de los científicos. Esta ventana quiere mostrar cómo interaccionamos con la sociedad o los gobiernos, y también cómo hacemos ciencia, como deberíamos hacerla y qué cosas podríamos mejorar. Es decir, en qué consiste nuestra profesión. Algo que quizá no sea plenamente comprendido por la sociedad es que la comunidad científica está inmersa en un proceso constante de intercambio de información y de crítica al propio trabajo y al de otros. Dicha crítica es la base de nuestro trabajo y resulta constructiva la mayor parte de las veces. E incluso cuando no lo es (o sobre todo cuando no lo es), constituye una parte fundamental de nuestro trabajo. De hecho, el filósofo Karl Popper opinaba que ésta es la principal característica del conocimiento científico. A diferencia del conocimiento religioso o espiritual, que se basa en proteger ciertas ideas preestablecidas (o dogmas) del contraste con la realidad mediante la introspección o la fe, todo conocimiento científico es y debe ser criticable y falsable o refutable. Esta falsabilidad implica que en ciencia la teoría se acepta condicionalmente a partir de la evidencia conocida, hasta que las predicciones de dicha teoría se demuestren falsas o incapaces de dar cuenta de algunos fenómenos que se encuentran dentro de su ámbito de aplicación. Ese es el momento de replantearse dicha teoría, modificándola o limitando su ámbito de aplicación.
La herramienta principal del proceso de refutación son las hipótesis, base del método científico clásico y que deben poder ser contrastadas mediante experimentación u observación. Un buen ejemplo lo constituyen los experimentos con los que Francesco Redi o Louis Pasteur refutaron la teoría de la generación espontánea enunciada por Aristóteles. Dicha teoría predecía que a partir de materia orgánica en degradación se generaban formas de vida como gusanos o microbios; tanto Redi como Pasteur aislaron pedazos de carne mediante vidrios estancos, y los compararon con pedazos expuestos, bajo la hipótesis de que si existía generación espontánea, nuevas formas de vida deberían aparecer tanto en la carne aislada como en la expuesta. Mientras que la carne aislada no sufría cambios (especialmente en el caso de Pasteur, que la había hervido), la expuesta se pudría y se llenaba de larvas de mosca, permitiendo rechazar la hipótesis. Sólo más tarde se pudo demostrar la puesta de huevos por moscas y la llegada de microorganismos, pero por aquel entonces la teoría de la generación espontánea ya era agua pasada. No todas las hipótesis son falsables, y la imposibilidad de refutar sus dogmas básicos es precisamente lo que distingue al conocimiento científico de las explicaciones míticas o religiosas – aunque algunas se vistan con el ropaje de la ciencia, como ocurre con la “teoría” del Diseño Inteligente, que Jerry Coyne ha caracterizado sarcásticamente como “ Jesús con bata de laboratorio”. Para poner en evidencia esta diferencia, Bertrand Russell formuló la hipótesis de que hay una tetera cósmica (sí, una tetera, Bertrand Russell era inglés) orbitando alrededor del Sol entre la Tierra y Marte. Aunque es imposible ofrecer pruebas de que la tetera cósmica no existe, nadie en su sano juicio tomaría la ausencia de dichas pruebas como prueba de su existencia.
Dado que todas las teorías e hipótesis científicas deben ser expuestas públicamente para poder ser refutadas, a nadie se le debe escapar que una parte fundamental del trabajo científico es la comunicación de resultados e ideas entre los propios científicos. Aunque en áreas de importancia económica como la biomedicina los resultados preliminares se suelen ocultar hasta que los productos finales han sido patentados, al final es siempre necesario comunicarlos para someterlos al debido proceso de crítica y, eventualmente, ratificación científica (que no es sino su supervivencia a la falsación, y es por tanto mayor cuantos más intentos ha habido de refutarla). La comunicación se puede realizar en eventos públicos como congresos o reuniones de trabajo más restringidas, que permiten hacer llegar las ideas rápidamente a diferentes grupos de investigación, y permiten la discusión y mejora de las ideas. Esta opción tiene un alcance limitado, por lo que la vía más habitual y sólida para someter dichas ideas al análisis, la crítica y eventual ratificación de toda la comunidad científica es la publicación de los resultados en libros, revistas especializadas y, en forma creciente, blogs. La ética científica exige que los trabajos publicados contengan información detallada y objetiva sobre los motivos de la investigación, los métodos utilizados, sus resultados, y la interpretación que los autores hacen de ellos, incluyendo sus implicaciones, y mencione claramente cualquier evidencia contradictoria que haya sido publicada previamente. En resumen, el nivel de detalle proporcionado por las publicaciones científicas debe permitir tanto profundizar en la investigación realizada hasta encontrar los errores, debilidades o fortalezas de la misma, como repetirla, mejorarla, extenderla a diferentes ámbitos (por ejemplo, de modelos animales a humanos) o descartarla por incompleta o errónea.
La universidad española esquiva Shangai… ¿a quién sorprende?
En los tiempos que nos toca vivir no es raro escuchar a cualquier "experto" un diagnóstico en relación con nuestra situación como país que hace referencia al hecho "innegable" de que ninguna de las universidades españolas se sitúa entre las 150 primeras en el ranking de Shangai (http://www.shanghairanking.com/ARWU2012.html). Este ranking ordena a las universidades del mundo por su prestigio, de acuerdo a criterios como publicaciones, proyectos, estudiantes, número de premios nobel impartiendo clase, etc. Esto, que tomado aislado podría guardarse en el mismo cajón que nuestras habilidades en el marco de los deportes de invierno, es utilizado como argumento para descalificar el desempeño de nuestros profesores e investigadores. Como en el caso de nuestras habilidades para manejarnos con la nieve podría tratarse de una combinación de una predisposición genética para la holganza y el placer con un marco ambiental poco adecuado. Es decir, que nuestras universidades son malas porque reflejan lo que somos. Aunque la hipótesis parece sólida y muy conectada con nuestra visión cosmogónica, es simplemente inconsistente cuando manejamos indicadores de actividad científica de otro tipo. Cualquiera de las herramientas de evaluación de la actividad investigadora disponibles nos sitúan en torno al puesto 8 o 9 y, si vemos la posición en relación con la inversión de país llevada a cabo (posición 22 en el nivel mundial), los científicos españoles resultamos sencillamente de los más eficientes del planeta. No cabe duda de que los colegas del CSIC y de algunas OPIs son muy capaces haciendo su trabajo científico, pero una buena fracción de la investigación de nuestro telar se lleva a cabo en universidades. O sea, universidades a la cola e investigación de primera. ¡Vaya paradoja!
Desde la perspectiva de los que hacemos ciencia desde las universidades se pueden poner encima de la mesa algunas claves que pueden ayudar a entender esta aparente paradoja. En realidad la razón por la que no estamos ahí, en la lista Shangai de marras, es simple y llanamente porque nada de eso se puso jamás sobre la mesa. A nadie le pareció nunca importante. Escaso consuelo, no obstante, que más parece una respuesta de macarra de barrio: "No estamos ahí porque no hemos querido, que si no...". Dejadnos ir hasta el fondo en el primer empeño: en la universidad española nunca se realizó una verdadera transición a la modernidad. La universidad tardo-franquista era una simple mueca de lo que eran estas instituciones en los países de más al norte. Un diagnóstico optimista diría que había escasa conexión internacional, un gran desconocimiento de la profesión de científico, unas estructuras verticales y de férreo control centralizado de todo el tejido académico-científico, y una ausencia casi total de sistemas de evaluación e incentivación de la investigación. Un diagnóstico menos políticamente correcto diría que era el dominio de catedráticos, en su mayoría hombres, que disponían de los recursos, incluidos los humanos, a su antojo y donde el valor más importante era la lealtad al líder. Claro que había algunas luces, pero desgraciadamente pocas y de escaso efecto general sobre el sistema.
Como en otros aspectos, la reconversión a la que se sometió lo público en materia de educación e investigación durante la llamada transición fue más cosmética que radical. Si, en el caso de la investigación, a partir del primer gobierno socialista se comenzó una andadura que transformó radicalmente el tejido científico introduciendo ideas tan revolucionarias en la época como la evaluación por pares, la competitividad, la necesidad de completar la formación fuera de nuestras fronteras, etc., en el caso de la universidad no ocurrió así. La institución universitaria se democratizó y descentralizó con la LRU pero, a diferencia del nuevo marco investigador, se levantó el nuevo edificio universitario sin cambiar lo obtenido en herencia. La autonomía universitaria se convirtió así en el marco para consolidar la endogamia y los valores heredados. Nadie metió la excavadora allí. Nadie consideró que tener las mejores universidades fuera prioritario. El control desde Madrid se trasladó a cada universidad y comunidad autónoma, se atomizaron las áreas de conocimiento para que cada "líder" tuviera su espacio de poder, las plazas pasaron a ser controladas y cubiertas desde las universidades. El activo individual más valioso de aquella universidad de cafetín se puso en valor de nuevo: la lealtad al catedrático, una oportunidad para hacer carrera se traduce en una plaza salvo que te hayas portado mal. Aparecen decenas de universidades para cubrir expectativas electorales espurias en las que, pese a la oportunidad para soltar amarras del pasado, la encomienda cae en manos de gente con poco interés por la ciencia que reproduce el mismo esquema que ellos conocieron. En definitiva, los buenos investigadores van fuera y tienen, casi siempre, enormes dificultades para reinsertarse en el tejido universitario español.
El número de la bestia: sexenios y productividad científica
6-6-6 (six-six-six, en inglés) nos recuerda a uno de los temas de cabecera de un famoso grupo británico de Heavy Metal, en el que aluden al “número de la bestia” del Libro del Apocalipsis. El origen bíblico del seiscientos sesenta y seis (la bestia) se atribuye al emperador romano Nerón, feroz perseguidor de los cristianos, dado que la transliteración de Nerón César del griego al hebreo resulta en 7 letras que equivalen a 7 números cuya suma es exactamente 666. Curiosamente, el número sí tiene algo de “mágico”, pues es lo que se denomina un número triangular que coincide con la suma de los 36 primeros números naturales (1+2+3+...+36=666).
Pues bien, las cifras 6-6-6 se han convertido recientemente en “mágicas” dentro del (a menudo demoníaco) sistema español de evaluación de la calidad científica. Debido a las estrecheces presupuestarias, que obligan a recortar en las evaluaciones por pares, dicho número se está utilizando cada vez más como rasero para determinar qué es y qué no es la ciencia de excelencia. Su origen no es, sin embargo, una persecución política o religiosa, sino la necesidad de incentivar la productividad científica del personal investigador y el profesorado universitario. Así, un Real Decreto de 1989, que supuso sin duda un gran empuje para la ciencia española del momento, premiaba con un aumento de sueldo (entre unos 50 y 80 € netos al /mes, según la categoría profesional, en nómina - no en sobre) a aquellos científicos cuya productividad durante el último período de 6 años (sexenio) destacase respecto a un umbral mínimo ( al menos cinco publicaciones internacionales con revisión por pares en algunas áreas, aunque en otras puedan ser sustituidas por otro tipo de méritos).
El éxito de los primeros 20 años de existencia de dicha iniciativa quedó reflejado en un exhaustivo informe de resultados de la CENAI en 2009, en el que se evaluó el desempeño del personal docente universitario y los investigadores del CSIC en la obtención de estos tramos de investigación (esto es, la proporción de sexenios obtenidos de aquellos que podían solicitarse) desde 1989. En la Universidad, destacan tanto el mejor desempeño de los catedráticos de universidad respecto a otros cuerpos docentes como la ausencia de sesgos de género importantes en la obtención de sexenios (particularmente, teniendo en cuenta las dificultades que afrontan las mujeres para ser promovidas en la escala científica y universitaria). Aunque también hay un amplio campo para la mejora: por ejemplo, casi el 25% del personal universitario no tiene ningún sexenio, y la mitad de ellos han obtenido menos de la mitad de los sexenios a los que su antigüedad les daba acceso. De igual forma, menos del 35% de los catedráticos han obtenido todos los sexenios a los que tenían acceso. También es significativa la gran heterogeneidad entre diferentes universidades: mientras que algunas (como la UAB, UAM y UV) superan el 50% de sexenios posibles, otras (como la UPM) apenas llegan al 30%. Si tenemos en cuenta que los sexenios representaban (al menos hasta 2012) un umbral mínimo, estas cifras sugieren que la Universidad española puede ir mucho más lejos tanto en el fomento de la investigación entre sus docentes, como en el apoyo y recompensa a aquellos que sobrepasan holgadamente estos mínimos. El hecho de que las universidades con mejor desempeño en este indicador coincidan con las pocas universidades españolas que aparecen entre las 300 primeras del ranking mundial no es, probablemente, anecdótico.
Los científicos ante la ética
En España existe un órgano colegiado, el comité de bioética, independiente y de carácter consultivo sobre materias relacionadas con las implicaciones éticas y sociales de la Biomedicina y Ciencias de la Salud. La UNESCO no establece una definición oficial de “ Comité Nacional de Bioética” debido a que los Estados Miembros de la UNESCO siguen modelos y enfoques diferentes. Estos enfoques varían entre países y están influidos por la manera según la cual cada gobierno educa y dictamina sobre cuestiones de bioética. Aunque no es vinculante sino consultivo, el comité sirve de referencia para analizar el marco legal en el que establecer la investigación y las prácticas biomédicas. El comité de bioética recientemente constituido en España (el anterior no fue renovado parcialmente como estaba estipulado sino destituido al completo) no es equilibrado en sus tendencias ideológicas. El comité cuenta con doce miembros y más de la mitad de ellos son doctores, profesores de universidad o miembros del mundo académico que pueden asignarse al colectivo general de científicos. Sin embargo, los miembros que lo integran representan un estrecho abanico de pensamientos dentro del ámbito más conservador, lo cual no es frecuente entre los científicos, no representa la pluralidad de la sociedad y no permite abordar con neutralidad numerosas cuestiones complejas que tienen profundas implicaciones éticas.
La ética se ocupa del estudio racional de la moral, la virtud, el deber, la felicidad y el buen vivir. Difícilmente un comité ultraconservador podrá elaborar un documento equilibrado o hacer una recomendación objetiva no ya sobre lo que es el “buen vivir” sino sobre cuestiones tan concretas y sobre las que existen tantos estudios médicos y biológicos como el aborto o la homosexualidad. Pero de las cosas más delicadas y que más importante nos parece abordar aquí es el uso de la ciencia para apoyar creencias. Un comité de bioética debería promover la adaptación de las creencias a la evidencia científica y no al contrario. Afirmaciones vertidas por varios de los miembros de este renovado comité tales como “el aborto cambia el cerebro de la mujer”, “la ciencia está a favor de la vida desde el mismo momento de su concepción”, “la homosexualidad es un modo de vida desordenado” o “la píldora poscoital tiene un efecto abortizante” se alejan de lo que establece el conocimiento estrictamente científico. Otras afirmaciones como que “las empresas productoras de refrescos investigan con fetos abortados para desarrollar edulcorantes” mantenida en una entrevista por el catedrático de genética de la Universidad de Alcalá de Henares el Dr. Nicolas Jouve, carecen de fundamento y son inapropiadas por ello de un científico y más aún de un científico situado en un comité de ética.
Razones para la confianza
En tiempos de crisis, sean crisis de valores, crisis económicas o crisis existenciales, aumentan los contrastes entre lo que inspira confianza y lo que no. En una reciente encuesta, la sociedad española volvió a otorgar a los científicos el máximo grado de confianza, siendo la clase política y las entidades financieras el polo radicalmente opuesto. En un análisis de esta encuesta se presentan estos resultados como una confirmación de una tendencia a largo plazo, de forma que la crisis ha acentuado el contraste, pero los niveles de confianza en la comunidad científica siempre han sido muy altos.
¿Por qué esta confianza en los científicos a pesar del modesto nivel científico de la sociedad española que revelan otras encuestas y estudios? Posiblemente, el método científico y la forma de proceder de los científicos estén en la base de esta confianza, aunque la sociedad no siempre conozca los detalles de cómo funciona la ciencia y de los resultados y conclusiones que alcanza. El hecho de que los científicos en lugar de disimular su ignorancia, la declaren abiertamente para poder trabajar sobre ella, sumado a la actitud crítica y a la búsqueda del debate fértil para plantear siempre alternativas y mejoras, no sólo no despierta desconfianza del tipo “esta gente no sabe” sino que más bien al contrario, genera apoyos y una buena percepción según se desprende de estas encuestas.
En este mundo de contrastes y paradojas, el colectivo mejor valorado en nuestro país no encuentra un apoyo económico proporcional. Ante el escenario actual de crisis económica y parálisis ante el gasto público, el presupuesto asignado a la investigación decrece año a año, no se abren plazas o contratos ni para cubrir las bajas (sean temporales o permanentes), se cierran centros y se somete a una dura prueba de inanición a las universidades y al principal organismo científico de nuestro país (el CSIC, Consejo Superior de Investigaciones Científicas) que es, dicho sea de paso, ni más ni menos que la novena institución mundial en producción científica.





