eldiario.es

Síguenos:

Boletines

Boletines

Menú

Miguel Ángel Chica

Nací en Jaén, en 1984. Un sábado, en verano, a las doce del mediodía. Hasta los dieciocho años viví en un pueblo con dos castillos y muchos olivos. Estudié Periodismo en Madrid, donde pasé unos años muy divertidos y, contra todo pronóstico, conseguí terminar la carrera. Desde entonces voy y vengo, cogiendo trenes y autobuses, del sur al norte y viceversa. Vivo en Santander, desde donde me dedico a desmentir tópicos sobre los andaluces por toda la cornisa cantábrica.

La Magdalena

A veces la marea bajaba tanto que el mar desaparecía del horizonte. Había un chiste recurrente: me voy hasta Inglaterra dando un paseo... Cuando subían visitas siempre terminábamos en La Magdalena. Todas las mañanas a las doce los pingüinos del zoo recibían su ración de sardinas. Los cuidadores arrojaban los peces al aire. Serios y trajeados, los pingüinos los atrapaban sin esfuerzo. La gente hacía fotos. Un poco más adelante las focas y los leones marinos se tumbaban al sol, si hacía sol...

Durante dos semanas, un verano, viví en una habitación de Caballerizas. Por la mañana temprano los cuervos, todavía soñolientos, plegaban las alas y se dejaban caer con pesadez en la campa. Picoteaban y paseaban entre la hierba antes de volver al cielo. Las aves, cuando pisan tierra, se convierten en criaturas absurdas. Los cuervos, sin embargo, siempre consiguen caminar con cierta elegancia. Puede que sea el negro...

Seguir leyendo »

La bahía

Durante las primeras semanas me costaba ubicarme. En algún sitio estaba la playa, en algún sitio estaba la bahía, nada parecía demasiado lejos, pero no era capaz de conectar los dos pedazos de ciudad. Hasta que descubrí que solo había que subir por Reina Victoria... Cuando uno llega desde unas montañas al sur de casi todo el mar puede resultar una experiencia paralizante. Uno sabe, de manera instintiva, que si está frente al mar está muy lejos de casa. Quizás por eso siempre me gustó más la bahía. 

La bahía es el corazón secreto de la ciudad. Me gustaba sentarme en los bancos del Paseo de Pereda que dan a Pedreña para verla latir. La bahía mete los vientos en Santander, organiza las estaciones y le marca a la ciudad una respiración tranquila, que se contagia. Por entonces el Centro Botín era solo el esqueleto hueco de una caja de zapatos. El ferry que va a Plymouth, tan enorme, parecía pasar de puntillas sobre el agua, empequeñecido por el mar y las montañas.

Seguir leyendo »

Lluvia

Durante el primer verano que viví en Santander llovía. Nadie se había planteado todavía construir el Centro Botín y llovía. El alcalde acababa de inaugurar el funicular del Río de la Pila y llovía. Me costaba ubicarme y llovía. Vivía a la salida del Túnel de Tetuán, un poco más arriba de la rotonda de los delfines y llovía. Diez minutos hasta la playa y llovía.

No pretendo elaborar una teoría sobre el clima oceánico ni contradecir el Instagram del presidente Revilla, pero la mayoría de mis recuerdos de Cantabria conservan trazos de aquella lluvia segura de sí misma que a veces caía de lado y resultaba siempre admirable en su persistencia. Para alguien habituado a 120 días de sol entre junio y octubre la experiencia resultaba extraña y perturbadora.

Seguir leyendo »

Jean Leon, nuestro hombre en Hollywood

Es un hombre con textura de fantasma. Todo resulta confuso. Cada historia acerca de su vida tiene tantas versiones como veces ha sido repetida en las sobremesas de La Scala. Hay verdades a medias, reescritura y mentiras. Es cierto que en Marsella se coló como polizón en la bodega de un barco hacia América -lo había intentado siete veces, lo consiguió a la octava- pero no llegó a Nueva York, como se contó después, porque el barco hizo escala en Puerto Rico. En San Juan consiguió una identidad nueva. Dejó atrás a Ceferino Carrión y vio por primera vez el mundo con los ojos de Jean Leon.

Nadie sabe exactamente cómo ocurrió. Una versión de la historia asegura que le robaron la documentación mientras dormía en el banco de un parque y que aprovechó la desgracia para empezar a vivir con un nombre nuevo. Hay otra versión, mucho más oscura, que incluye un accidente de tráfico y un muerto oportuno. Según el relato más verosímil, proporcionado por su hijo mucho tiempo después, sedujo a una muchacha puertorriqueña que tenía un hermano de su misma edad, y la familia no tuvo inconveniente en proporcionarle un duplicado de la partida de nacimiento de aquel hombre al que no conoció nunca. Los hechos son estos: cuando llegó a Nueva York se llamaba Justo Ramón León y no tuvo problemas para obtener un pasaporte estadounidense.

Seguir leyendo »

Gerardo Diego, un poeta y dos corazones

"Hoy lo he visto claro Todos mis poemas son solo epitafios". Gerardo Diego. 'Ajedrez'

Seguir leyendo »

Josefina Aldecoa, historia de una maestra

La vida se recuerda a saltos, a golpes. Lo dice Gabriela López Pardo, la protagonista de Historia de una maestra, la novela que Josefina Aldecoa escribió como regalo para su madre. También como homenaje a los maestros de la República que cruzaron montañas y secarrales de camino a pueblos perdidos donde esperaban niños perdidos a los que nadie, hasta entonces, se había preocupado de enseñar a leer y escribir.

La vida se recuerda a saltos, a golpes. Josefina Aldecoa nació en La Robla, León, en 1926. Hija de maestra, nieta de maestra. Conoció desde joven los principios del krausismo y la Institución Libre de Enseñanza que profesaban su madre y su abuela. Sobre ellos fundó el Colegio Estilo, en 1959, en la colonia del Viso, en Madrid. Lo explicaba así: "Quería algo muy humanista, dando mucha importancia a la literatura, las letras, el arte; un colegio que fuera muy refinado culturalmente, muy libre y que no se hablara de religión, cosas que entonces eran impensables en la mayor parte de los centros del país". 

Seguir leyendo »

Jesús de Monasterio, maestro de violinistas

En ocasiones es lícito empezar con una hipérbole: a los siete años, Jesús de Monasterio (Potes, 1836 - Casar de Periedo, 1903) era lo más parecido a Mozart que se había visto nunca en España. Por precocidad, por virtuosismo y por ciertos paralelismos biográficos, los periódicos de la época no tardaron en explotar la comparación. Monasterio, que a los ojos del público parecía incapaz de sostener un violín casi tan grande como él, realizaba giras por los principales teatros de España y los entendidos no daban crédito: el muchacho tocaba con una naturalidad impropia de su edad y una técnica que la mayoría de los profesionales tardaba años en dominar.

Seguir leyendo »

Ana María de Cagigal, una travesía hacia la igualdad

En Santander, en los años veinte, hay una mujer que juega al hockey y pretende cruzar la bahía a nado. Un hombre que acaba de leer la noticia en el periódico sonríe con desdén. ¿La bahía, entera? Las fichas de dominó caen con un ruido seco sobre la mesa. Alguien pide más café. Alguien, desde el fondo del local, da inicio a la discusión. ¿Y no se ahogará?

En Santander, en los años veinte, hay territorios vedados a las mujeres. No se trata ni mucho menos de un problema local. Con honrosas excepciones la humanidad del siglo XX considera que el espacio escénico de la mujer es el segundo plano. La sombra, que equivale a la indiferencia. Pero en Santander, en los años veinte, y en muchas otras partes del mundo, las mujeres, cansadas de vivir y morir en la sombra y para los hombres, empiezan a exigir los derechos negados.

Seguir leyendo »

Luciano Malumbres, un periodista contra el poder

Luciano Malumbres es un hombre de gafas redondas que ejerce su oficio las 24 horas del día. En Santander y en 1936 eso le coloca en una situación peligrosa. Malumbres dirige La Región, un periódico que él mismo define como una "barricada viva contra la reacción santanderina". A través de sus páginas ha conseguido dar voz al movimiento obrero cántabro, erosionando con firmeza la impunidad de las grandes fortunas, la burguesía y los terratenientes agrarios.

Los trabajadores reconocen a Malumbres como uno de los suyos. Practica un periodismo combativo, que señala y denuncia, sin escondites retóricos ni eufemismos. Su trabajo resulta cada vez más incómodo para unos poderes fácticos que no están acostumbrados a dar explicaciones. Hace tiempo que recibe amenazas de muerte.

Seguir leyendo »

Matilde Zapata, una voz por encima del silencio

Matilde Zapata nació en Sevilla, en 1906, y era una niña cuando su familia se instaló en Santander. Su padre encontró un trabajo como conserje en la Escuela Náutica y empaquetó vida y obligaciones en un tren camino del norte. Santander, a comienzos del siglo XX, era la ciudad del sanatorio del doctor Madrazo, de la Escuela Normal de Maestras donde se graduó Consuelo Berges; la playa de provincias que María Blanchard cambió por París, la ciudad aristocrática de Concha Espina, la ciudad obrera que esperaba a Luciano Malumbres, el paisaje urbano que miraba, desde Cueto, Matilde Camus cuando abría el cuaderno de sus primeros poemas.

En el centro de la vida de Matilde Zapata siempre hubo política. Cuando todavía era una niña se afilió al PSOE y llegó a ser presidenta del Grupo Infantil de la organización en Santander. De ahí pasó a las Juventudes Socialistas. A juzgar por todo lo que ocurrió después, nunca ignoró que tomar partido en un país que se encaminaba a la guerra tenía consecuencias. Por eso el destino siempre la encontró de pie.

Seguir leyendo »