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Miguel Ángel Chica

Nací en Jaén, en 1984. Un sábado, en verano, a las doce del mediodía. Hasta los dieciocho años viví en un pueblo con dos castillos y muchos olivos. Estudié Periodismo en Madrid, donde pasé unos años muy divertidos y, contra todo pronóstico, conseguí terminar la carrera. Desde entonces voy y vengo, cogiendo trenes y autobuses, del sur al norte y viceversa. Vivo en Santander, desde donde me dedico a desmentir tópicos sobre los andaluces por toda la cornisa cantábrica.

Jean Leon, nuestro hombre en Hollywood

Es un hombre con textura de fantasma. Todo resulta confuso. Cada historia acerca de su vida tiene tantas versiones como veces ha sido repetida en las sobremesas de La Scala. Hay verdades a medias, reescritura y mentiras. Es cierto que en Marsella se coló como polizón en la bodega de un barco hacia América -lo había intentado siete veces, lo consiguió a la octava- pero no llegó a Nueva York, como se contó después, porque el barco hizo escala en Puerto Rico. En San Juan consiguió una identidad nueva. Dejó atrás a Ceferino Carrión y vio por primera vez el mundo con los ojos de Jean Leon.

Nadie sabe exactamente cómo ocurrió. Una versión de la historia asegura que le robaron la documentación mientras dormía en el banco de un parque y que aprovechó la desgracia para empezar a vivir con un nombre nuevo. Hay otra versión, mucho más oscura, que incluye un accidente de tráfico y un muerto oportuno. Según el relato más verosímil, proporcionado por su hijo mucho tiempo después, sedujo a una muchacha puertorriqueña que tenía un hermano de su misma edad, y la familia no tuvo inconveniente en proporcionarle un duplicado de la partida de nacimiento de aquel hombre al que no conoció nunca. Los hechos son estos: cuando llegó a Nueva York se llamaba Justo Ramón León y no tuvo problemas para obtener un pasaporte estadounidense.

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Gerardo Diego, un poeta y dos corazones

"Hoy lo he visto claro Todos mis poemas son solo epitafios". Gerardo Diego. 'Ajedrez'

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Josefina Aldecoa, historia de una maestra

La vida se recuerda a saltos, a golpes. Lo dice Gabriela López Pardo, la protagonista de Historia de una maestra, la novela que Josefina Aldecoa escribió como regalo para su madre. También como homenaje a los maestros de la República que cruzaron montañas y secarrales de camino a pueblos perdidos donde esperaban niños perdidos a los que nadie, hasta entonces, se había preocupado de enseñar a leer y escribir.

La vida se recuerda a saltos, a golpes. Josefina Aldecoa nació en La Robla, León, en 1926. Hija de maestra, nieta de maestra. Conoció desde joven los principios del krausismo y la Institución Libre de Enseñanza que profesaban su madre y su abuela. Sobre ellos fundó el Colegio Estilo, en 1959, en la colonia del Viso, en Madrid. Lo explicaba así: "Quería algo muy humanista, dando mucha importancia a la literatura, las letras, el arte; un colegio que fuera muy refinado culturalmente, muy libre y que no se hablara de religión, cosas que entonces eran impensables en la mayor parte de los centros del país". 

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Jesús de Monasterio, maestro de violinistas

En ocasiones es lícito empezar con una hipérbole: a los siete años, Jesús de Monasterio (Potes, 1836 - Casar de Periedo, 1903) era lo más parecido a Mozart que se había visto nunca en España. Por precocidad, por virtuosismo y por ciertos paralelismos biográficos, los periódicos de la época no tardaron en explotar la comparación. Monasterio, que a los ojos del público parecía incapaz de sostener un violín casi tan grande como él, realizaba giras por los principales teatros de España y los entendidos no daban crédito: el muchacho tocaba con una naturalidad impropia de su edad y una técnica que la mayoría de los profesionales tardaba años en dominar.

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Ana María de Cagigal, una travesía hacia la igualdad

En Santander, en los años veinte, hay una mujer que juega al hockey y pretende cruzar la bahía a nado. Un hombre que acaba de leer la noticia en el periódico sonríe con desdén. ¿La bahía, entera? Las fichas de dominó caen con un ruido seco sobre la mesa. Alguien pide más café. Alguien, desde el fondo del local, da inicio a la discusión. ¿Y no se ahogará?

En Santander, en los años veinte, hay territorios vedados a las mujeres. No se trata ni mucho menos de un problema local. Con honrosas excepciones la humanidad del siglo XX considera que el espacio escénico de la mujer es el segundo plano. La sombra, que equivale a la indiferencia. Pero en Santander, en los años veinte, y en muchas otras partes del mundo, las mujeres, cansadas de vivir y morir en la sombra y para los hombres, empiezan a exigir los derechos negados.

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Luciano Malumbres, un periodista contra el poder

Luciano Malumbres es un hombre de gafas redondas que ejerce su oficio las 24 horas del día. En Santander y en 1936 eso le coloca en una situación peligrosa. Malumbres dirige La Región, un periódico que él mismo define como una "barricada viva contra la reacción santanderina". A través de sus páginas ha conseguido dar voz al movimiento obrero cántabro, erosionando con firmeza la impunidad de las grandes fortunas, la burguesía y los terratenientes agrarios.

Los trabajadores reconocen a Malumbres como uno de los suyos. Practica un periodismo combativo, que señala y denuncia, sin escondites retóricos ni eufemismos. Su trabajo resulta cada vez más incómodo para unos poderes fácticos que no están acostumbrados a dar explicaciones. Hace tiempo que recibe amenazas de muerte.

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Matilde Zapata, una voz por encima del silencio

Matilde Zapata nació en Sevilla, en 1906, y era una niña cuando su familia se instaló en Santander. Su padre encontró un trabajo como conserje en la Escuela Náutica y empaquetó vida y obligaciones en un tren camino del norte. Santander, a comienzos del siglo XX, era la ciudad del sanatorio del doctor Madrazo, de la Escuela Normal de Maestras donde se graduó Consuelo Berges; la playa de provincias que María Blanchard cambió por París, la ciudad aristocrática de Concha Espina, la ciudad obrera que esperaba a Luciano Malumbres, el paisaje urbano que miraba, desde Cueto, Matilde Camus cuando abría el cuaderno de sus primeros poemas.

En el centro de la vida de Matilde Zapata siempre hubo política. Cuando todavía era una niña se afilió al PSOE y llegó a ser presidenta del Grupo Infantil de la organización en Santander. De ahí pasó a las Juventudes Socialistas. A juzgar por todo lo que ocurrió después, nunca ignoró que tomar partido en un país que se encaminaba a la guerra tenía consecuencias. Por eso el destino siempre la encontró de pie.

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La ciencia libre de Augusto González de Linares

En 1872 Augusto González de Linares ganó la cátedra de Historia Natural en la Universidad de Compostela. En sus clases defendía la validez de una teoría entonces reciente, propuesta por el naturalista inglés Charles Darwin, según la cual todos los seres vivos proceden de un ancestro común y la selección natural actúa como motor de la evolución. González de Linares no tardó en recibir el siguiente anónimo, conservado en el Fondo Giner de la Real Academia de Historia:

Muy señor nuestro. El cuerpo escolar está escandalizado de tus esplicaciones (sic) heréticas, de tus quijotadas y de tus pedantescas elucubraciones. Galicia cuna de tantos sabios, tierra clásica de hidalguía, no necesita que un pasiego, un montañés salido de la nada venga a echárselas de Padre grave y de un Sócrates (...) Odiamos las doctrinas y las ideas de V. que son heréticas y condenadas por la doctrina de Jesucristo.

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Matilde Camus, una voz en el tiempo

Los primeros cincuenta años se escriben de manera lineal. A partir de entonces, el tiempo empieza a girar sobre sí mismo y se ensancha. Matilde Camus supo de su vocación poética cuando era una adolescente de camino a las clases de Gerardo Diego en el instituto Santa Clara de Santander, pero sus versos, multiplicados una y otra vez en la oscuridad durante medio siglo, no vieron la luz hasta 1969. Para titular aquel primer libro le bastó un sustantivo en plural, 'Voces'. Fue el inicio de una bibliografía extensa que cruzó los restos del siglo XX durante cuatro décadas de vida literaria. Casi un libro por año. Todos concebidos en las habitaciones de una vida familiar tranquila en una casa de Cueto.

Aurora Matilde Gómez Camus nació en Santander en 1919. Huérfana desde los 28 días de vida por las complicaciones de un parto que arrastró lejos del mundo a su madre. Criada en un hogar donde el sol brilló siempre velado por una nube de tristeza. Rodeada por unas montañas de laderas verdes que quiso atrapar una y otra vez en sus poemas. Porque ningún territorio pide más poesía que la infancia. A Matilde Camus la educó su ama de llaves mientras su padre hacía guardias nocturnas en una farmacia de la cuesta de la Atalaya.

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El doctor Madrazo, un visionario inconformista

Hay personas que pasan por el mundo para contradecir a su época. Llegan antes de tiempo y, en consecuencia, la época no sabe dónde ubicarlas. Desafían a sus contemporáneos, se rebelan contra la lentitud del presente, luchan contra la tozudez que les niega la razón. Pierden, por supuesto. Pero a través de su derrota abren nuevos caminos e iluminan zonas de sombra que hasta su llegada se habían mantenido en penumbra. El futuro, que es el lugar al que pertenecen, se encarga de rescatar su memoria del olvido y los declara imprescindibles.

Enrique Diego-Madrazo fue uno de esos hombres imprescindibles que nacen en la época equivocada. Al doctor Madrazo, como fue conocido y como le recuerda la historia, casi nunca le dieron la razón, pero eso no le impidió seguir argumentando en el desierto contra una sociedad que era incapaz de advertir la llegada de un tiempo nuevo que empezaba a dejarla atrás.

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