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Miguel Ángel Chica

Nací en Jaén, en 1984. Un sábado, en verano, a las doce del mediodía. Hasta los dieciocho años viví en un pueblo con dos castillos y muchos olivos. Estudié Periodismo en Madrid, donde pasé unos años muy divertidos y, contra todo pronóstico, conseguí terminar la carrera. Desde entonces voy y vengo, cogiendo trenes y autobuses, del sur al norte y viceversa. Vivo en Santander, desde donde me dedico a desmentir tópicos sobre los andaluces por toda la cornisa cantábrica.

Eulalio Ferrer, vivir para recordarlo

1939. Eulalio Ferrer, a los 19 años, viste un uniforme de capitán del ejército de la República Española. Es el uniforme de un capitán derrotado. Un capitán imberbe y menudo. Su ciudad, Santander, ha sido tomada por las tropas franquistas. Madrid está a punto de caer. La República es un animal moribundo. Ferrer cruza la frontera. Atrás queda todo. Delante hay una carretera que se adentra en Francia. A través de ella marchan miles de republicanos españoles. La mayoría no volverá nunca.

1940. En México no hay guerra. En México no hay campos de prisioneros. En México los exiliados españoles recuperan el tiempo arrebatado, el pulso tranquilo de una tierra sin violencia. Eulalio Ferrer se instala en Oaxaca con sus padres y sus hermanas. Para ganarse la vida recita poemas de Machado y García Lorca. Le quedan los recuerdos de tres años de guerra, de un viaje en barco a través del océano intentando adivinar que hay detrás del futuro. En México no hay guerra, a partir de ahí se puede empezar a construir una vida.

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Vicente Trueba, la pulga contra la montaña

Cuando los hombres no cargan sobre sí el peso de las expectativas se permiten hacer cosas increíbles. El año que Vicente Trueba ganó el premio de la Montaña del Tour de Francia nadie esperaba gran cosa de aquel cántabro diminuto que iba a hacer historia por las carreteras sinuosas que suben a las cumbres de los Alpes y los Pirineos. El ciclismo era entonces un deporte artesanal que indagaba en los límites de la resistencia humana. El Tour detenía Francia durante tres semanas. El público quería hazañas. Gloria, sí, pero arrancada con sufrimiento. El año era 1933. Los buscadores de gestas que siguieron la carrera durante aquel verano nunca olvidarían el nombre de Vicente Trueba.

Era hijo de labradores y había aprendido a montar en bicicleta con sus hermanos mayores. El ciclismo en su casa era natural, casi un paisaje: en Cantabria, a finales de los años veinte, no se disputaba una carrera sin un Trueba en el pelotón. La afición pasaba de un hermano al siguiente. Vicente nació en Sierrapando en 1905. Si una vida puede descomponerse en momentos también puede descomponerse en objetos: una bicicleta que costó quince duros, maciza, sin marca, que los hermanos utilizaban por turnos para ganar carreras y que pronto pasó a ser propiedad común del vecindario hasta que se fue desgastando y un día desapareció para siempre. Fue la primera bicicleta de muchas, el punto de partida de tanto.

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Marcelino Menéndez Pelayo, contra la heterodoxia

Poseía una capacidad de trabajo inverosímil y una memoria extraordinaria. Cuando era niño los adultos le leían en voz alta las novelas por entregas del periódico y él repetía la lectura sin tropezar en una palabra. Con el tiempo llegó a poseer una biblioteca con más de 40.000 libros. Prefería a los poetas clásicos de Grecia y Roma y sufría porque aquellos hombres de la antigüedad habían muerto sin poder convertirse al cristianismo. Su padre lo sorprendió en una ocasión rezando por las almas de Horacio y Virgilio. Leía a todas horas.

Marcelino Menéndez Pelayo nació en la calle Alta de Santander en 1856 y fue tantas cosas que resulta temerario reducir su actividad a un único oficio. Fue historiador, traductor, filólogo, poeta, crítico literario, profesor, bibliotecario y político. Sus obras completas, publicadas en 1940, suman 65 volúmenes. Fue un hombre conservador. Un solitario con cierta inclinación a la misantropía que ocupó un lugar central en el pensamiento de su época y ejerció una profunda influencia en las posteriores.

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Concepción Arenal, una revolucionaria feminista nacida en 1820

Concepción Arenal tenía nueve años. Su padre acababa de morir en prisión. Cumplía condena por sus ideas liberales. Ángel del Arenal, miembro de una ilustre familia de Santander, fue un militar sobrevenido en la guerra contra los franceses. Como muchos de sus compañeros se opuso al absolutismo de Fernando VII y lo combatió con las armas. Fue derrotado. Sufrió la venganza del rey. Murió enfermo, solo, olvidado. Su familia abandonó Ferrol, donde Concepción había nacido en 1820, y se trasladó a Cantabria. María Concepción de Ponte era una viuda reciente, estricta, perteneciente a una influyente familia gallega. Se instaló con sus tres hijas en Armaño. Una aldea pequeña, en el valle de Liébana. Tierra de adolescencia para Concepción Arenal, que sufre otra pérdida: su hermana menor muere en 1830. Cinco años después la familia abandona la aldea y se traslada a Madrid.

Concepción Arenal no olvidará a su padre, no olvidará el valle de Liébana. Es una joven inquieta. La ciudad le asfixia. Vuelve la vista atrás. Quiere regresar. Pero ya ha aprendido que las pérdidas son permanentes. Tiene quince años. Una curiosidad interminable. Devoción por los libros. Aprende francés e italiano por su cuenta. Quiere estudiar. Su madre está de acuerdo. Pero sus ideas divergen. María Concepción de Ponte matricula a sus hijas como externas en el colegio de Tepa. El programa de estudios del centro es sencillo: consiste en enseñar a niñas de familias bien a comportarse en sociedad. Concepción Arenal, decepcionada, aprende filosofía y ciencias a solas en libros que rescata de bibliotecas familiares perdidas. La distancia que la separa de su madre es inmensa. No solo forman parte de generaciones distintas, están situadas en siglos opuestos.

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José Hierro, poeta del Cantábrico

Ramos frescos de espuma... Barcas

soñolientas y vagas... Niños

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Bruno Alonso, el sindicalista que proclamó la República

En 1942 el vapor Nyassa zarpó desde Orán con destino a México cargado de republicanos españoles. Entre los miles de hombres y mujeres derrotados en la guerra viajaba Bruno Alonso, obrero y sindicalista, miembro de la UGT y del PSOE, fundador de las Juventudes Socialistas de Cantabria, el hombre que en abril de 1931, desde un balcón del edificio del Gobierno Civil, había proclamado en Santander la II República.

Como todos los exiliados, cargaba con un pasado desgarrador y afrontaba un futuro incierto. Tenía 55 años cuando se instaló en Ciudad de México, donde encontró empleo como lavaplatos. Cuando el patrón conoció su verdadera identidad le ofreció un trabajo menos penoso y un aumento de sueldo, pero Alonso se negó alegando que no podía aceptar ningún privilegio que no hubiera ganado con su propio esfuerzo.

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Ataúlfo Argenta, una historia sobre el talento

Ataúlfo Argenta (Castro Urdiales, 1913 - Los Molinos, 1958) era uno de los directores de orquesta más respetados de Europa en 1958. Dirigía la Orquesta Nacional de España y estaba a punto de trasladarse a Suiza para dirigir la Orquesta Suisse Romande, cuyo director, Ernest Ansermet, había propuesto personalmente a Argenta como su sustituto. Argenta estaba dispuesto a aceptar, cansado del aire triste de España, donde su figura resultaba incómoda. Se le acusaba de socialista y no se le perdonaban unas declaraciones en las que había afirmado que después de Falla ningún músico español había compuesto nada de interés. El 21 de enero Argenta planeó una cita con una de sus alumnas, la pianista Sylvie Mercier, en su casa de Los Molinos, en la sierra de Madrid. Argenta estaba casado, tenía cinco hijos y vocación de mujeriego. El invierno, en la montaña, es frío. Argenta y Mercer encendieron la estufa de la casa y se refugiaron en el garaje, dentro de un Austin A90 propiedad del músico, a la espera de que el fuego caldeara la casa. Dejaron el motor del coche en marcha y no tardaron en quedarse dormidos.

Argenta nació en Castro Urdiales en 1913. Su padre era el jefe de la estación de tren del pueblo. Una familia humilde, unos tiempos convulsos. En el Círculo Católico de Castro Urdiales entendieron rápidamente que el niño Argenta tenía una facilidad especial para la música. Fue un alumno precoz y brillante. Recibió clases de solfeo, de violín y piano, y ofreció sus primeros conciertos en salones repletos de pescadores, para los que siguió tocando y dirigiendo durante toda su vida, cuando regresaba al pueblo de su infancia.

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Salvador Hedilla, una aventura en el cielo

En 1903 todavía no había añadido la hache a su apellido. Las fotografías de la época muestran a un hombre de ojos pequeños y bigote retorcido en las puntas que conduce coches que parecen animales prehistóricos. Se llamaba Salvador Edilla, vivía en Buenos Aires, trabajaba como mecánico en una compañía de ferrocarriles y acababa de abrir por su cuenta y riesgo uno de los primeros talleres de automóviles de Argentina.

En aquellos vehículos primitivos los neumáticos estallaban, los ejes crujían, los motores se detenían de repente y se negaban a arrancar de nuevo. Quienes se arriesgaban a subir a un coche a principios del siglo XX necesitaban paciencia, habilidad y muchas horas de mecánica. Salvador Edilla reunía todos los requisitos. En 1910, al volante de un Thames de seis cilindros y motor de ochenta caballos, recorrió en diez horas los 850 kilómetros que separan Buenos Aires de Mar del Plata. Las crónicas de la época aseguran que llegó a alcanzar los 150 kilómetros por hora.

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Las calles

No nacimos en Nueva York. No paseamos por la Quinta Avenida, no fuimos a comprar coriandro a las diminutas tiendas de Chinatown, no paseamos de la mano por Central Park, no lloramos nuestros fracasos junto al Hudson, no vimos partir a los barcos en el puerto, los barcos donde siempre viajaban otros. Las calles de nuestra infancia llevaban los nombres de almirantes muertos, de viejos sueños imperialistas rotos. Las avenidas de Nueva York aparecían en nuestra imaginación tamizadas con luz de celuloide; las calles de nuestra infancia, en el recuerdo, estaban veladas por la bruma que subía desde el mar.

Magallanes, Gravina, Cisneros y Cervantes. Los viernes de julio en la plaza de Cañadío, de madrugada, ignorando la lluvia. Nunca entrábamos en las cafeterías de Pombo. ¿Qué íbamos a hacer nosotros en las cafeterías de Pombo? Al otro lado de la ciudad tampoco había rascacielos, solo un palacio y un casino. La calle de la Reina Victoria era un envoltorio vacío en invierno. En la plaza de Italia los turistas despistados esperaban autobuses que nunca llegaban.

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La biblioteca

En los días de verano, de sol y aire pesado, la calle Castilla se parecía a las calles de antiguos veranos en Andalucía. La calle Castilla, con sus bares de vecinos de siempre y sus supermercados de emigrantes y su acera en sombra, conducía, rectilínea, hasta una intersección que giraba hacia el mar para encontrar la Biblioteca Central de Cantabria. Qué idiota y para nada sería el mundo sin bibliotecas...

No tenían a Fante, pero tenían a Maiakovski. No tenían a Dovlatov, pero tenían a Boris Vian. Y un surtido amplio de Stefan Zweig y Sherwood Anderson. Un techo altísimo y mucho espacio vacío. Unos baños que siempre estaban limpios y el internet de los pobres: conexión a través de explorer y una impresora láser atareada con billetes de avión, noches de hotel y súplicas a la administración.

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