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Paul Mason

Es, además de columnista de The Guardian, una de la figuras más relevantes en el periodismo de izquierdas a nivel mundial y una de las históricas caras más conocidas del canal británico Channel 4. 

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Gramsci, Corbyn y la larga batalla contra las élites

Para detener a Jeremy Corbyn, la élite británica está dispuesta a abandonar la versión dura del Brexit. O todo el proyecto, si hace falta. Esa será la lógica detrás de las maniobras, negativas y mea culpas que protagonizarán esta semana los principales políticos y periodistas.

La lógica tiene sustento. Se suponía que el resultado del referéndum por el Brexit iba a traer un thatcherismo 2.0: bajar los impuestos corporativos a los niveles de Irlanda, debilitar la protección a los derechos humanos y el interminable equivalente verbal a una guerra de Malvinas, solo que esta vez con Bruselas como adversario. Todos los detractores del Brexit duro serían catalogados como enemigos internos.

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Solo un Gobierno laborista puede acabar con el 'Juego de tronos' británico en Oriente Medio

Fantástico. Justo lo que necesitamos. Nuestro supuesto aliado en la llamada guerra contra el terrorismo, Arabia Saudí, acaba de cerrar su espacio aéreo, los puertos y las fronteras terrestres a otro aliado, Qatar, al que acusa de apoyar a ISIS. ¿Qué está pasando?

Como casi todo lo que sucede en la región, detrás de este movimiento se esconde la política de duplicidad de Occidente, que no ha hecho más que empeorar con el comportamiento estúpido e infantil del presidente de Estados Unidos. ¿Esto tiene implicaciones para los británicos, más allá de los que se puedan quedar atrapados en algún aeropuerto de la región o los expertos obsesionados con los conflictos de Oriente Medio? Sí las tiene.

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Las bambalinas de la alta política contadas por un forastero prodigioso: Yanis Varoufakis

Una vez, Yanis Varoufakis me compró un gin tónic. Y una vez su esposa me sirvió una taza de té. Y aunque evitó muchas de mis preguntas, como suelen hacer los ministros de Finanzas, nunca me mintió descaradamente. Y fui su presentador en dos eventos. Enumero estas transacciones por lo que estoy a punto de decir: Varoufakis ha escrito una de las mejores autobiografías políticas de todos los tiempos. Podría compararla a la de Alan Clark por su honestidad, a la de Denis Healey por sus ataques a antiguos aliados y, como manual para explorar los peligros del arte de gobernar, seguramente tiene la misma estatura que la biografía de Lyndon B. Johnson escrita por Robert Caro.

Sin embargo, el libro de Varoufakis sobre la crisis que ha marcado a Grecia desde 2010 hasta hoy se encuadra en una categoría propia: es la historia entre bastidores de la política de primer nivel contada por un forastero. Varoufakis comenzó como un outsider, tanto de la élite política como de la extrema izquierda griega, luego se metió dentro y acabó abandonándolo todo abruptamente después de que su antiguo aliado, el primer ministro griego Alexis Tsipras, le pidiera la dimisión en julio de 2015.

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La guerra nuclear vuelve a ser posible, por eso necesitamos recordar qué significa

Donald Trump lanzó la semana pasada la superbomba MOAB, "la madre de todas las bombas": diez toneladas de explosivos que detonaron antes de tocar tierra y que mataron, dicen, a 94 miembros de la milicia del Estado Islámico. Los medios de comunicación rusos nos recordaron inmediatamente que la versión rusa de una bomba termobárica ( "El padre de todas las bombas") era cuatro veces más poderosa.

El periódico oficial del Kremlin, Russia Today, tituló: "Niños, conozcan a papá". Pero estas bombas son solo juegos de niños en comparación con las armas nucleares. "El mundo está en vilo", titulaba esa semana el periódico británico The Daily Mail. Hay una generación que tal vez necesite un recordatorio de lo que implica hacer estallar una bomba nuclear.

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Las manifestaciones crean el tipo de poder que los políticos ignoran

La situación está cambiando y ya se siente en las calles de las capitales del mundo. la semana pasada hubo cientos de arrestos en Moscú y San Petersburgo después de las multitudinarias protestas pacíficas contra la corrupción, no autorizadas.

Lo mismo en Minsk, donde la gente salió a las calles por los impuestos disciplinarios aplicados a los desempleados. O en Rumanía, donde medio millón de rumanos tomaron las calles en febrero y forzaron al Gobierno a dar marcha atrás con una ley que absolvía a los funcionarios corruptos.

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No ganan los hechos sino los relatos, y solo la extrema derecha lo ha entendido

Donald Trump tuvo el sábado un ataque de verborrea en el ciberespacio cuando tuiteó, sin aportar ninguna prueba que lo demostrara,  que Barack Obama había "pinchado su teléfono" un mes antes de las elecciones. De hecho, su única evidencia era un artículo de Breitbart News que a su vez citaba otro, con "fuentes anónimas", de la página web Heat Street.

Antes de llegar a la verdad,  tenemos que analizar las mentiras porque son ellas las que están ganando la batalla. Después de analizar 1,3 millones de artículos publicados en Internet durante la campaña electoral de EEUU, una investigación reciente de la  Universidad de Columbia demuestra cómo está ocurriendo: no es la tecnología de  Internet lo que fragmentó la verdad promovió noticias falsas y mentiras descaradas. Lo que creó este efecto fue la existencia de medios de derecha que, con una clara motivación política, adoptaron abiertamente estrategias propagandísticas y de desinformación.

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Mis razones para el optimismo en 2017

Para todos aquellos cuyas ideas les ubican en el pensamiento político no mayoritario, este descanso de Navidad debería ser un momento de aceptación. El Brexit va a ocurrir. La globalización se va a derrumbar. La libertad de circulación va a dejar de ser un derecho incondicional dentro de la Unión Europea. La idea de que Occidente es el defensor y en ocasiones también el encargado de hacer cumplir los derechos humanos en el mundo está, en el mejor de los casos, en suspenso.

No escribo estas líneas con un espíritu pesimista sino optimista. El optimismo de creer que, si adaptamos nuestra forma de pensar a la nueva realidad lo suficientemente rápido, podremos seguir luchando por las políticas sociales y por los derechos humanos en nombre de esa generación que se pasa la cena de Navidad mirando apática su pantalla. Pero ese “si” es un condicionante difícil.

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La URSS desapareció de repente: no creas que la democracia occidental durará para siempre

Por debajo de la ciudadela medieval de Kazán, dos grandes ríos congelados pintan de blanco el paisaje. En una tarde de domingo, algunos de los habitantes más tenaces caminan lentamente por el hielo fangoso para sacarse selfies con la mezquita, las luces navideñas y las estatuas de la era soviética de fondo.

Hace 25 años que estuve por última vez en Rusia, intentando (sin éxito) revivir a la izquierda en los caóticos primeros días de las reformas económicas de Boris Yeltsin. Media vida después, he vuelto para dar una charla a una sala llena de gente que quiere hablar sobre cómo sustituir el capitalismo por algo mejor. De pronto, tenemos algo en común: ya todos sabemos lo que se siente al ver cómo se derrumba un sistema que alguna vez pareció inamovible.

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La élite europea labra su propia muerte

“Buenas noticias para Europa”, destaca el análisis en su primera línea. Si te digo que es un análisis de un banco de inversiones que defendió la austeridad de la eurozona hasta el final, puedes suponer cuál es la buena noticia. Sí,  François Fillon (el Thatcher francés) se consolida para una segunda vuelta contra Marine Le Pen (la Mussolini francesa) en las elecciones presidenciales del año que viene.

¿Qué noticia podría ser mejor para la comunidad bancaria inversora que tener obligados a todos los votantes no fascistas, de izquierda, centro y derecha, a votar por un político que quiere recortar el Estado de bienestar, despedir a los trabajadores y alargar la jornada laboral?

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¿Cómo podemos luchar contra la política bocazas del populismo autoritario?

Hablan con cinismo de los derechos humanos. No les gustan los inmigrantes; tampoco la Unión Europea. Quieren un Estado fuerte y que “se defienda”; lo cual suele querer decir “que ataque”. En resumen, son como ese abuelo racista que te amargará las navidades.

Son el tipo de persona que los encuestadores describen como  “populista autoritario” y según YouGov (un centro de encuestas), son multitud. Un informe que YouGov Centre Cambridge dio a conocer la semana pasada muestra que el 48% de los británicos encuestados tienen alguno de los rasgos indicados, o todos.

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