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Al novelista Martin Amis

¿Hablamos de censura o de codicia?

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No he leído su última novela, The Zone of Interest, señor Amis. De hecho, admito que no he leído ninguna de sus novelas, aunque he empezado dos o tres y me he rendido antes de llegar a la mitad. Dinero, en particular, me pareció aburrida y trivial, y para entendernos, hecha de la misma materia que las series de la tele: dirigida a adolescentes consentidos de más de treinta años.

Me parece que Paula Corroto sitúa su obra en la perspectiva correcta: como parte de la “burbuja literaria” de los años ochenta y noventa, que estalló a partir de la quiebra de Lehman Brothers. Un fenómeno de mercado (no literario) que se caracterizó por la sobrevaloración de los activos (con la consiguiente inflamación de los anticipos) y por la comercialización de productos financieros que empaquetaban bonos basura mezclados con activos de algún valor, y los endosaban a otros mercados nacionales con la correspondiente etiqueta: una generación literaria que nadie se podía perder. El marketing y la cosmética eran la principal herramienta de persuasión: autores atractivos, con don de gentes y el guardarropa adecuado. Quizá esos escandalosos gastos que usted realizó en endodoncia se entiendan mejor en esta perspectiva, lo que le permitiría desgravarlos como “gastos para producir ingresos”.

Tras la crisis y el estallido de la burbuja, me da la impresión de que usted se encuentra en la misma tesitura que tantos propietarios de inmuebles muy sobrevalorados: no consigue vender al precio que usted cree que valen.

Sé que a su agente literario, Andrew Wylie, se le conoce como El Chacal. Un hombre capaz de conseguirle un anticipo de medio millón de libras por su novela La información. Eso fue en otro tiempo, cuando un cuchitril de veinte metros cuadrados se podía vender a precio de mansión. Por muy chacal que sea este individuo, ¿usted cree que es sensato pedir en Francia y Alemania 300.000 euros de anticipo por esta novela?

Por pedir que no quede, en efecto. El problema comienza cuando, ante la negativa, su Chacal contraataca con una torticera maniobra: la acusación de censura. Entre censurar un libro y no pagar por él lo que le dé la gana al Chacal, ¿no cree usted que hay una gran diferencia?

Esa es mi pregunta para usted: ¿es censura o codicia?

En cuanto al libro, ya le digo, no lo he leído. ¿Se pueden hacer bromas con el Holocausto? ¿No han sido capaces de entenderlo ni los editores franceses ni los alemanes?

En este sentido le recuerdo lo que decía Belén Gopegui en este diario: ”Si el humor va dirigido contra el más débil, es menos humor que prepotencia”.

Un buen ejemplo serían los libros de Camilo José Cela, llenos de bromas a costa de los tontos del pueblo, los lisiados y los mendigos. Para partirse de risa, ¿verdad? A Cela le habrán dado el Nobel, pero a mí no deja de parecerme una infamia. A pesar de lo cual ni yo ni nadie ha censurado nunca a Cela por ese motivo. Ni falta que ha hecho: las gracietas de Cela ya no consiguen ni un solo lector. No ha sido la censura lo que ha vaciado las librerías de obras de Cela: ha bastado su irrefrenable propensión a los chistes de gangosos.

He de decir que su predicamento, al igual que el de los inversores perjudicados por la burbuja inmobiliaria, me inspira una compasión muy limitada.

¿Hay ejemplos similares de la burbuja literaria española? ¿Alguien se anima a nombrar alguno?

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