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Repensando la ciencia a partir del caso de la agricultura ecológica

  • Tras un periodo de silencio activo y de cuestionar internamente aspectos centrales del procedimiento científico vuelve Ciencia Crítica
  • Iniciamos una reflexión sobre lo que se puede decir apoyados en la evidencia científica acerca de un tema complejo en el que abundan los prejuicios como es el caso de la agricultura ecológica
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Cultivos ¿Eco-logicos? - Kike Villar

Cultivos ¿Eco-logicos? - Kike Villar

Como el lector habrá podido comprobar, este blog de Ciencia Crítica ha estado muy silencioso durante los últimos meses. Eso no significa ni que la ciencia haya estado aburrida ni que los autores hayamos estado quietos durante este tiempo. Ha sido el resultado de un cúmulo de circunstancias que queríamos compartir abiertamente con quienes tengan a bien seguir leyéndonos. Por un lado nos envenenamos un poco tras escribir tantos posts sobre lo mal que va la ciencia en nuestro País, la falta de financiación, la burocratización y el nepotismo crecientes, el exilio de los jóvenes investigadores, el desconcierto o la ignorancia de nuestros gobernantes (porque son nuestros gobernantes, aunque no nos gusten). Por otro lado porque el verano impuso su ley de desconectar, en algunos casos para desarrollar nuestro trabajo de campo en lugares remotos, y descuidamos un poco la reconexión al regreso.

 

Pero también, y eso quizá pueda interesar más al lector, nuestro silencio se debe a que estuvimos enzarzados en discusiones sobre el método científico, sobre cómo funciona y como debería funcionar la ciencia, sobre la validez de las publicaciones científicas, sobre lo que se sabe y lo que no interesa que se sepa. Y en esas refriegas entre los autores que conformamos el equipo de Ciencia Crítica dimos un poco la espalda al lector y nos crujimos unos a otros con densos mensajes electrónicos. Hemos salido renovados de la experiencia, aunque con algunas heridas causadas por el cuestionamiento profundo de las cosas en las que uno vive, y no solo de las verdades en las que uno cree, como distinguía Ortega y Gasset. Y aquí es donde hemos pensado en compartir estas reflexiones con vosotros.

 

Es una especie de terapia de grupo o una catarsis en la que ponemos sobre la mesa lo que sabemos y lo que creemos que deberíamos saber sobre cómo funciona la ciencia. La experiencia duele un poco. Sabemos que el método científico existe, sobre todo, para protegernos de nuestras limitaciones a la hora de realizar observaciones objetivas. No es tan sólo la existencia de numerosos prejuicios y preconceptos, de los que ninguno estamos libres, es sobre todo la interferencia directa de estos prejuicios y de nuestras circunstancias personales en nuestra capacidad de observación – como ilustra de forma chocante el famoso experimento del gorila, en el que unas personas ocupadas en una tarea son incapaces de ver algo muy llamativo e inesperado precisamente por estar centradas en esa tarea. 

 

El método científico se caracteriza, precisamente, por introducir aspectos formales y funcionales que reducen la posibilidad de sesgos – incluyendo la obligación de considerar de forma justa y objetiva la evidencia contraria a nuestras propias conclusiones. Sin embargo, incluso en estos aspectos cabe cierta subjetividad y la puerta a los prejuicios que acaban por debilitar nuestros argumentos y nuestro entendimiento de la realidad queda siempre al menos entreabierta. Como pasos importantes para limitar estos sesgos, se introduce la necesidad de la repetitividad (repetición de las observaciones por otros observadores), del acúmulo de evidencia contrastada por diferentes investigadores y de la discusión entre pares. A largo plazo, el sistema asegura altas dosis de objetividad. Pero, cuando recopilamos la evidencia disponible y queremos establecer nuevas conclusiones sobre un determinado tema, nuestra capacidad de dar una opinión objetiva es sometida a una prueba muy dura.

 

Todo este lío existencial de los autores del blog comenzó cuando invitamos a un colega a que escribiera un post sobre agricultura ecológica. El documento inicial que produjo lo revisamos todos, como solemos hacer antes de publicar cualquier post en el blog, y en unos días se abrió la caja de Pandora. En su documento, nuestro colega reflejaba una revisión de artículos científicos que cuestionaban las bondades de la agricultura ecológica. Alguno de nosotros saltó rápidamente sobre su silla impulsado por una reacción del tipo “a mi querida y tan necesaria agricultura ecológica que no me la critique nadie.” A otros nos pareció un ejercicio muy saludable de cuestionar, desde la visión científica, leyendas urbanas, mitos y lugares comunes sobre los que no existe demostración científica convincente. Pero el asunto escocía.

 

En general a todos los que componemos Ciencia Crítica, como a buen seguro una amplia mayoría de nuestros lectores, nos gusta la filosofía que suele asociarse a la agricultura ecológica. Es decir, nos parece importante minimizar el uso de agroquímicos (como fertilizantes, herbicidas y pesticidas), favorecer el consumo de productos locales, potenciar alimentos más saludables y reducir la huella ecológica de nuestros cultivos. Para nuestra sorpresa, sin embargo, el escrito de nuestro colega evaluaba si muchas de estas atribuciones se corresponden con la realidad de las explotaciones “ecológicas” (sobre todo, las más intensivas para uso comercial) y se desprendían importantes dudas sobre algunas bondades de la agricultura ecológica que todos dábamos por ciertas.

 

Comenzamos a cuestionar internamente el escrito de nuestro colega, revisamos la evidencia o la falta de evidencia de las afirmaciones más severas y acabamos concluyendo que, como suele ser el caso, la cuestión es tan compleja como controvertida. También reconocimos dos cosas importantes. Una, que ninguno de nosotros somos expertos en agricultura ecológica, aunque si tenemos suficiente experiencia en temas afines para juzgar la evidencia publicada; y otra, que nuestra simpatía (o incluso adhesión incondicional) a la agricultura ecológica como ciudadanos y consumidores nos movía a evitar el cuestionamiento público de sus bondades.

Nos llegamos a bloquear mutuamente. Pero al releer nuestros correos electrónicos nos dimos cuenta de que debíamos sacar a la luz la enseñanza personal que conlleva el despojarse de preconceptos. Vimos que teníamos que ser capaces de retomar el debate científico y de mostrar al lector y a nosotros mismos, con toda la crudeza y honestidad que fuéramos capaces, que la ciencia demuestra cosas que no nos gustan, y que también con frecuencia nos deja desnudos ante nuevas verdades porque no nos da la solución final o mágica. Debíamos por tanto ser capaces de ilustrar cómo una revisión científica de un tema cuestiona y derrumba algunos mitos pero no facilita el sustituirlos por otros y en general abre más preguntas de las que contesta.

 

Por todo ello, estimados lectores, nos proponemos abrir con este post, y algunos más que le seguirán, un nuevo diálogo científico, en este caso centrado sobre cuál es la lógica de los alimentos ecológicos. Impulsados por nuestras mejores intenciones, nos atrevemos a abusar de vuestra paciencia para abordar un tema espinoso repleto de verdades incompletas. Nos animamos a presentar fragmentos de un conocimiento científico inconcluso con la intención no tanto de que miremos bien las etiquetas en la próxima compra de un tomate ecológico o que cuestionemos la explotación si lo compramos directamente o a través de un grupo de consumo), sino de que veamos hasta donde nos puede acompañar el conocimiento científico y a partir de qué momento volamos solos en nuestra toma de decisiones, apenas apoyados por nuestros sentimientos, nuestros anhelos o nuestras creencias. Quizá nos podamos apoyar también por ese intangible pero valioso sentido común que a buen seguro ha guiado siempre los pasos de nuestra especie, desde el día en el que se irguió sobre sus dos patas traseras para intentar ver un poco más allá de sus narices.

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