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Hablemos

Damos inicio, juntos, a una nueva sección: DECIDIR. Un canto a la libertad. Una oda al amor y al respeto. Un espacio donde podemos conversar sobre todas aquellas cosas que nunca diríamos a nadie. Porque creemos que causan demasiado estridor y quizás los demás piensen que estamos locos. Pero sobre todo porque nunca las hemos conversado con nosotros mismos. Es hora de hacerlo. Hablemos, pues.

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La libertad es una idea escurridiza. Se podría decir que se trata de una “especie de realidad” a la que siempre se aspira pero que nunca se llega a alcanzar del todo. Es como cuando se camina en la montaña pensando que al alcanzar una cima se podrá divisar toda la cordillera. Cuando llega ese momento, la espectacular imagen que se esperaba no se obtiene. Será necesario seguir caminando, de abajo arriba, una y otra vez, para así poder hacer cima en el pico más alto de la cadena montañosa.

Aun así siempre habrá otra cordillera, en otro lugar del mundo, con un pico más alto o de otras características específicas, que nos ofrezca un paisaje más impactante para nuestros ojos. Así pues, la libertad también es un concepto que depende muy mucho del contexto en el que se piense. No es lo mismo una caminata desde el nivel del mar que desde un campo base situado a 3000 metros de altura, al igual que no es lo mismo una ruta a pié en cabo Cope que en la Pedriza, como la sensación que produce volar o navegar.

En este sentido, existe un gran componente de subjetividad. Para unas personas la máxima libertad posible (o ansiada) será poder comprarse un teléfono móvil de última generación mientras que para otras será poder saber qué enfermedad tienen y disponer de lo necesario para que ésta le permita mantener una vida que considere digna. El hecho, por ejemplo, de que personas del mismo sexo puedan casarse, para quienes estén sensibilizados será una gran apertura a la libertad mientras que para otras puede no significar nada.

Otra de las características definitorias de la libertad es que permite a las personas decidir. Sin elección no hay libertad. Y cuanto mayor abanico de posibilidades, más se acerca la idea de libertad a la gran e innegable diversidad humana (aunque esto haya conducido al hombre moderno a un estado de miedo crónico por vivir en una disyuntiva múltiple y constante, y estar ésta formada básicamente por opciones vaporosas, por humo).

Por último, y no menos indispensable, esa decisión por la que se ejerce el inherente derecho humano a la libertad (en demasiadas ocasiones bastante teórico, papel mojado) requiere de respeto. El respeto del resto de la sociedad, de personas cercanas y lejanas, de familiares y desconocidos, a la decisión adoptada por cada uno. Sin respeto no hay comprensión, sino presión e imposición.

Todo lo dicho tiene su más auténtico simbolismo en el cuerpo. El cuerpo es el primer y básico instrumento que desde el inicio de la vida ha tenido el ser humano.

Pero desde que el ser humano es ser social su cuerpo y su vida han estado sometidos al tira y afloja de las fuerzas culturales que pugnan por el poder en todos sus ámbitos: desde el sometimiento a la política (mediante los suplicios que infligía la inquisición para aleccionar a la población, pecadores de nacimiento), a la economía (mediante el comercio de esclavos y los trabajos forzados en las minas de minerales preciados, entre otros), a la religión (controlando las formas de sexualidad, de parentesco, o de vestir), e incluso a la ciencia (ensayando lobotomías u otras prácticas de Mengeles de todo tipo).

En este sentido, en nuestro contexto socio-cultural, el poder decidir sobre el devenir o sobre las actuaciones que se lleven a cabo sobre el propio cuerpo constituye una verdadera emancipación. Máximamente posible gracias al respeto, antes mencionado, a esas decisiones.

Una emancipación de todos los condicionantes encarnados a base de siglos y que han constreñido las vidas de nuestros antepasados y siguen, hoy, constriñendo las nuestras. Una auténtica liberación de toda índole.

Porque la vida es el bien más preciado que el ser humano puede tener, y ojalá sea así durante mucho tiempo, es de sabios, por ello, conocer los propios límites y, más aún, aceptarlos. No hace falta ser premio nobel para saber que la vida es finita y que, más tarde o más temprano, todos y cada uno de nosotros moriremos. Aceptarlo puede ayudar a vivirla mejor, con más intensidad.

Pero exiten personas a las que por desgracia vivirla les resulta un infierno contínuo (con enfermedades incurables y progresivas, con síntomas refractarios que provocan un intenso sufrimiento y no aliviables con los cuidados paliativos que hasta el momento dispone la ciencia). El no aliviar sus angustias, no permitiendo ni respetando sus decisiones (ya sean de mantener esta situación tal cual está o de poner un final definitivo a tanta amargura), constituye una tortura científica del mismo rango que las de Mengele en los campos de concentración nazis.

Así, por el contrario, el derecho a la disponibilidad de la propia vida y el respeto ajeno a ello, constituye un acto de amor a la dignidad humana, a la dignidad del prójimo: hermano, amigo, vecino, o completamente desconocido. Porque sólo el que en esas situaciones considera digna su vida puede vivirla. Disponer, decidir sobre el propio cuerpo y su vida, y ser respetado por ello, constituye simbólicamente la mayor libertad posible en la sociedad que vivimos.

Cuando esto sea una realidad, pasaremos de ser vasallos a ser ciudadanos libres y orgullosos. Porque no hay vida digna sin una muerte digna.

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